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Referencia: Revista de Filosofía Factótum 2014 .
"El pragmatismo", por Sara Barrena
Universidad de Navarra (España)
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El Pragmatismo (1ª parte - 2ª parte)
Este artículo ofrece una síntesis del pragmatismo. Primero analizamos tanto sus orígenes históricos como sus características más generales, destacando la máxima de Peirce por la cual concebir un objeto es concebir sus consecuencias prácticas. En segundo lugar centramos nuestra atención en la teoría de la verdad del pragmatismo. Finalmente exponemos las filosofías de los primeros pragmatistas (Peirce, James, Dewey, Schiller) y valoramos el pragmatismo en la actualidad.

Pragmatismo: James, Dewey, Peirce, Schiller
1. Introducción

Se llama pragmatismo a la corriente filosófica iniciada a finales del siglo XIX a raíz de la denominada «máxima pragmática», propuesta por el lógico y científico norteamericano Charles S. Peirce. Lejos de acepciones coloquiales y de interpretaciones erróneas, que ponen el énfasis en lo útil o en lo práctico, el pragmatismo original propugna que la validez de cualquier concepto debe basarse en los efectos experimentales del mismo, en sus consecuencias para la conducta.

La máxima pragmática original no es una teoría del significado o de la verdad, como a veces se piensa, sino un método filosófico para clarificar conceptos a través de sus consecuencias. No busca tampoco un beneficio inmediato e individual, sino un acercamiento progresivo a una representación exacta y verdadera de la realidad.

El pragmatismo llegó a convertirse en la corriente filosófica más importante en Norteamérica durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX, y llegó a incluir diversas formulaciones del significado y de la verdad. Aunque, como el mismo William James afirmaba, el pragmatismo puede ser un “nuevo nombre para viejas maneras de pensar”, y pueden encontrarse algunas de sus principales ideas en autores como Aristóteles o Mill, es también una corriente que responde a circunstancias intelectuales concretas de su época. Constituye además la primera contribución original de Estados Unidos a la filosofía occidental.

El pragmatismo fue desarrollado y difundido por muchos autores, entre los que destacan (además de Peirce) William James, John Dewey y el británico Ferdinand C. S. Schiller. Comprende una pluralidad de doctrinas que, aunque encierran características comunes, tienen también una gran diversidad: desde una forma más metafísica (sostenida por autores como James o Schiller) hasta una forma más metodológica (sostenida por Peirce, Mead y Dewey entre otros). Como decía Lovejoy, la palabra “pragmatismo” se usa para doctrinas diferentes, a veces incluso en conflicto. Es necesario por tanto aclarar qué se entiende por pragmatismo, y acudir a sus orígenes para caracterizar de la forma más exacta posible una corriente filosófica que ha estado sujeta a controversias en distintos ámbitos.

2. Crítica al formalismo y al racionalismo

2.1 El club metafísico de Cambridge

El origen del pragmatismo puede situarse en las reuniones del Cambridge Metaphysical Club, que Charles Sanders Peirce (1839-1914) había creado junto a otros intelectuales en Harvard entre 1871 y 1872. Además de Peirce, en esas reuniones participaba William James, junto con otros estudiosos como Joseph Warner, Nicholas St. John Green, Chauncey Wright y Oliver Wendell Holmes Jr. En gran medida, la idea común en torno a la que se desarrollaban las discusiones del Metaphysical Club, como ellos mismos lo denominaban, era la definición de creencia del filósofo y psicólogo escocés Alexander Bain como “aquello a partir de lo cual un hombre está dispuesto a actuar”. De esta definición, diría posteriormente Peirce, se deduce el pragmatismo casi como un corolario. A pesar de ese origen oral del pragmatismo, los primeros textos escritos sobre él no fueron publicados por Peirce hasta 1878, bajo el título genérico de Illustrations of the Logic of Science. Los seis artículos que componen esa serie se consideran como los primeros textos escritos sobre el pragmatismo, aunque en ellos no se menciona ni una sola vez el término “pragmatismo”, ni fue usado por Peirce hasta mucho después, lo que ha sido considerado como un cierto enigma.

2.2 Fuentes del pragmatismo

Sus primeros defensores no pensaban que el pragmatismo fuera una doctrina o un sistema filosófico cerrado, sino más bien el método filosófico por excelencia practicado desde la antigüedad. Quizá por eso William James puso “Un nombre nuevo para viejas maneras de pensar” como subtítulo de su libro Pragmatismo (1907), y el propio Peirce explicó de manera sencilla la máxima pragmática como una versión actualizada del dicho evangélico “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16). Ese nombre nuevo, tal como lo denomina James, procede de la palabra griega pragma (acción), de la misma palabra griega, explicaba James, de la que viene “práctico”. Parece sin embargo que Peirce no tenía en mente el griego al hablar de pragmatismo, sino más bien el término alemán kantiano pragmatisch y su distinción con praktisch . El primer término, pragmatisch, se refiere a lo experimental, a lo empírico, al pensamiento que se basa en la experiencia y se aplica a ella. Ese énfasis en la experiencia será una de las características comunes a todos los pragmatistas. En cambio, praktisch, lo práctico, aludiría a la tendencia a hacer de la acción un fin en sí mismo y, en consecuencia, haría referencia a ese ámbito del pensamiento en el que ninguna mente de índole experimental –dice Peirce– puede estar segura de pisar terreno firme. Frente a lo práctico, pragmático enfatiza para Peirce la necesaria relación de la conducta humana con los fines como paso necesario para la clarificación del pensamiento racional.

Evidentemente, como afirmaba William James, el pragmatismo no es del todo nuevo; la novedad de una idea filosófica, afirma Peirce, es precisamente uno de los signos más seguros de que es falsa. Y pueden encontrarse diversas influencias en la aparición del pragmatismo. Peirce afirma tener una deuda con Chauncey Wright (1830-1875), filósofo y matemático americano de espíritu empirista, inspirado a su vez por el examen crítico de Mill del intuicionismo escocés de Hamilton. En general podrían citarse como influencias del pragmatismo dos fuentes principales:

1. El empirismo británico (John Stuart Mill, Alexander Bain, John Venn), y en concreto la noción de experiencia de Bain como regla o hábito de acción. El empirismo ponía el énfasis en el papel de la experiencia en el conocimiento y en el análisis de la creencia como íntimamente unida a la acción. O sostenía, como en el caso de Berkeley, una teoría de la naturaleza práctica e inferencial del conocimiento. 

2. La filosofía alemana moderna: Kant, con sus ideas regulativas que guían el entendimiento; Hegel, con su concepción de desarrollo; y los idealistas románticos, que sostenían que toda razón es práctica al expandir y enriquecer la experiencia humana.

2.3 La “filosofía americana”

Respecto al origen del pragmatismo, conviene también aclarar que, evidentemente, esta corriente fue influida por las circunstancias históricas y locales, por la experiencia social de la América del siglo XIX, que incluía la rápida expansión de la industria y el comercio, la aparición de las agrupaciones obreras y un trasfondo religioso de que el trabajo duro y virtuoso sería recompensado. Charles Morris señala en su libro The Pragmatic Movement in American Philosophy (1970) cuatro factores históricos que influyeron en el surgimiento del pragmatismo: el auge del método científico, la fuerza del empirismo en la filosofía, la aceptación de la evolución biológica y la aceptación de los ideales de la América democrática.

El pragmatismo fue una filosofía dominante en América y tuvo una amplia influencia en derecho, teoría política y social, arte y religión. Sin embargo, es preciso señalar que el pragmatismo va mucho más allá de ser una mera filosofía nacional, esto es, la expresión filosófica del carácter nacional de los Estados Unidos, entendiendo por tal una glorificación de la acción por la acción y del individualismo. A veces, como decía el propio James, se piensa que el pragmatismo es un movimiento característicamente americano para el hombre de la calle que odia de forma natural la teoría y quiere beneficios inmediatamente. Pero el pragmatismo no es eso, concluye el mismo James. Es cierto que en determinadas ocasiones el tono popular y literario que James adoptó para la divulgación del pragmatismo ante grandes audiencias, así como algunas afirmaciones particulares, quizá en exceso apasionadas, por parte de algunos pragmatistas, contribuyeron a fortalecer ese prejuicio. No obstante, ni el pragmatismo es una manifestación exclusivamente local de una manera de pensar alejada de la discusión filosófica tradicional, ni las acusaciones hacen justicia al propósito consciente y de-liberado de los pragmatistas de ofrecer una filosofía más humana, capaz de combatir la visión corta de miras –«barbárica», la llamó Peirce– dominante después de la guerra de Secesión americana.

Los pragmatistas aceptaban algunos logros americanos, pero criticaban otros aspectos negativos del espíritu nacional, aplicables también en gran medida a la Europa de la época. Por ejemplo, Peirce criticaba lo que denominaba el “evangelio de la avaricia”, esto es, el utilitarismo que se regía por el bien propio, por el egoísmo. Critica la convicción del siglo XIX de que el progreso tiene lugar en virtud de que cada individuo luche por sí mismo con todas sus fuerzas y pise a su vecino cuando tenga oportunidad de hacerlo. Frente a ello, proclama el evangelio del Amor, que afirma que el progreso viene de que la individualidad de cada individuo se funda en simpatía con su prójimo. James, por su parte, criticaba también el imperialismo político de su tiempo. Ni el poder, ni el placer ni las riquezas pueden constituir un fin último para los pragmatistas.

Lejos de ser un pensamiento local, con limitaciones culturales o nacionalistas, el pragmatismo tiene en su mismo centro una vocación universal, tal como muestran las nociones de comunidad, de continuidad y de relación con otros que se encuentran en el mismo centro del pensamiento de muchos pragmatistas. La investigación que propugna el pragmatismo es por supuesto una investigación contextualizada, realizada en un tiempo y lugar, desde un determinado punto de partida. Sin embargo, intenta siempre trascender las limitaciones de ese contexto. El pragmatismo es mucho más que la expresión de unas circunstancias históricas, e incluye preguntas universales por la esencia y el fin del hombre, por su modo de conocer y por su forma de relacionarse con lo que le rodea.

2.4 Definición y características comunes

No hay criterios estrictos para identificar unas características comunes tras la multiplicidad de enfoques pragmatistas. Es difícil decir qué características comparten los que han sido considerados fundadores del pragmatismo, Peirce y James, y no digamos ya otros representantes.

Schiller decía que hay tantos pragmatismos como pragmatistas. De hecho, la relación de los pragmatistas entre sí se parece más a la diversidad propia de una familia que a un cuerpo homogéneo de doctrinas y vocabularios compartidos. Podría decirse que no hay una esencia pragmatista, sino una serie de características de las que unos toman unas y otros toman otras. Los pragmatistas no son un grupo de discípulos centrados en un maestro, sino un grupo de pensadores creativos interactuando y desarrollando distintas facetas de una misma empresa común.

William James describió gráficamente esa variedad de características con una metáfora del italiano Giovanni Papini. El pragmatismo, dice, viene a ser:

[C]omo un pasillo en un hotel al que dan innumerables habitaciones. En una puede encontrarse a un hombre escribiendo un libro ateo; en la siguiente, alguien de rodillas pidiendo fe y fortaleza; en la tercera, un químico investigando las propiedades de un cuerpo. En la cuarta se está elaborando un sistema de metafísica idealista; en la quinta se demuestra la imposibilidad de la metafísica. Pero el pasillo pertenece a todos, y todos deben pasar por él si quieren encontrar una vía práctica de entrar o salir de sus respectivas habitaciones. (William James, G. Papini y el movimiento pragmatista en Italia, 1906)

Podría decirse que el pasillo del hotel, es decir, el foco común del pragmatismo, estaría en el hombre considerado como un ser activo que busca inteligentemente controlar su futuro en la dirección de sus valores, pero en torno a ese foco unos dan más importancia a unos aspectos que a otros, de modo que de alguna manera podría considerarse como complementario el trabajo de los primeros pragmatistas.

Considérese qué efectos, que pudieran tener concebiblemente repercusiones prácticas, concebimos que tiene el objeto de nuestra concepción. Entonces nuestra concepción de esos efectos es la totalidad de nuestra concepción del objeto. [How to Make our Ideas Clear, 1878]

Para Peirce nuestra idea de algo es nuestra idea de sus efectos sensibles, y el significado de una concepción viene determinado por las consecuencias prácticas de esa concepción. El reconocer un concepto bajo sus distintos disfraces o el mero análisis lógico no es suficiente para su comprensión, sino que es necesario alcanzar un tercer grado de claridad que sólo puede obtenerse a través de los efectos prácticos del concepto. Basado en esa primera máxima, el pragmatismo se convertirá después en una corriente filosófica, o más bien en un estilo de pensamiento con numerosas ramificaciones, a veces bastante alejadas de la idea inicial y que no se limitan a un estudio de la realidad en sentido formal. El pragmatismo no presta atención sólo a los aspectos ideales, sino que aspira a conocer la realidad en sí misma.

¿Bajo qué definición puede encajarse entonces el pragmatismo en general? Podemos tomar una primera definición de la Encyclopedia Britannica. El pragmatismo, nos dice, es una “Escuela de filosofía dominante en Estados Unidos basada en el principio de que la utilidad, la practicidad y el buen funcionamiento de las ideas son los criterios para aceptarlas.” Otra definición, en este caso del diccionario on-line Merriam-Webster, dice: “Movimiento americano de filosofía fundado por Charles Sanders Peirce y William James caracterizado por las doctrinas de que el significado de las concepciones se debe buscar en las repercusiones prácticas, de que la función del pensamiento es guiar la acción y de que la verdad se debe examinar preeminentemente por medio de las consecuencias prácticas de la creencia.”

Según las definiciones, el significado de una noción reside en las consecuencias prácticas o experimentales que resultan de la aplicación de esa noción, y una diferencia en el significado consistirá en una posible diferencia práctica. Serán verdaderas aquellas ideas que sean fortalecidas por las consecuencias en la práctica.

El pragmatismo por tanto sí tiene que ver con lo práctico, pero no se puede equiparar con ello sin más, o al menos hay que hacerlo recordando siempre que lo práctico no es lo útil, lo exitoso o lo que nos permite ejercer un poder con vistas a un objetivo. El pragmatismo no es utilitarista en el sentido común de la palabra; por el contrario, puede decirse que sus principales representantes apelaron a algo que no tiene que ver con el interés ni con lo material: James trató de restaurar la fe religiosa en una época materialista y cientista; Peirce hizo observaciones similares cuando se refirió al materialismo como el evangelio de la avaricia; Dewey prestó mucha atención a la estética.

El pragmatismo tiene que ver con lo práctico en el sentido de lo que es experimental o capaz de ser probado en la acción, de aquello que puede afectar a la conducta, a la acción voluntaria autocontrolada, esto es, controlada por la deliberación adecuada; el pragmatismo tiene que ver con la conducta imbuida de razón; tiene que ver con el modo en que el conocimiento se relaciona con el propósito. Los pragmatistas ven la vida en términos de acción dirigida a fines. El pragmatismo es práctico en el sentido de que da prioridad a la acción sobre la doctrina y a la experiencia sobre los primeros principios prefijados. Tiene el propósito de guiar el pensamiento, un pensamiento que está orientado siempre a la acción y que encuentra en ella su prueba más fiable. Para el pragmatismo el significado y la verdad pueden ser efectivamente definidos en términos relacionados con la acción: La inteligencia no consiste en sentir de una determinada manera, sino en actuar de una determinada manera, afirma Peirce.

Se sostiene así una conexión intrínseca entre significado y acción, pero es una conexión general, que lleva a afirmar que si se producen tales circunstancias sucederá tal cosa. Las ideas toman su significado de las posibles consecuencias y se convierten en planes de acción. La legitimidad de las ideas no se derivará del lugar de donde vienen, sino de lo que podemos llegar a hacer con ellas, y por lo tanto el pragmatista tomará decisiones sopesando las consecuencias y no deduciendo qué hacer a partir de algo precedente.

Sin embargo, esa prioridad de la acción no conlleva una supremacía absoluta de la acción sobre el pensamiento, pues no se trata de la acción por la acción. Los pragmatistas no afirman que el fin sea la acción, sino más bien al revés, que la acción debe tener un fin. Se trata de una idea de la acción, y quizá aquí radica la verdadera revolución pragmatista, que no sólo se refiere a lo actual sino que incluye la manera en que puede desarrollarse la razón. Refiriéndose a su máxima pragmática original:

Todavía puede obtenerse un grado mayor de claridad de pensamiento recordando que el único fin último para el que los hechos prácticos a los que dirige la atención pueden ser útiles es para proseguir el desarrollo de la razonabilidad concreta; de manera que el significado del concepto no reside en absoluto en ninguna reacción individual, sino en la manera en que esas reacciones contribuyen a ese desarrollo (Peirce, CP 5.4, 1902)

Se trata por tanto de la acción no por sí misma sino orientada a un fin superior. En ese sentido no le basta al pragmatista con la claridad del concepto, con aplicar la máxima pragmática, sino que hace falta también ver el concepto en una perspectiva más amplia, ver en qué contribuye a la verdad y al significado que perseguimos en cuanto especie y, en definitiva, al desarrollo de la razonabilidad.

2.5 Anti-racionalismo

El fundador del pragmatismo, Charles S. Peirce, manifestó abiertamente sus diferencias hacia otros pragmatistas. En numerosas ocasiones expresó su desaprobación del carácter nominalista que estaban adquiriendo las posiciones de algunos de sus colegas, a los que reprochaba su escaso conocimiento de lógica. Era, según Peirce, en ese ámbito restringido donde debía probarse la utilidad y el provecho de la máxima pragmática. Aunque la idea central del pragmatismo peirceano quedaba establecida en 1878, sin embargo, a lo largo de la vida de Peirce el pragmatismo fue sufriendo una serie de transformaciones y necesitaba, según él, una definición más exacta para enfrentarse a ciertas objeciones y evitar algunas aplicaciones erróneas. Peirce se desmarcó explícitamente del camino que el pragmatismo había tomado en manos de James, de Ferdinand Schiller y de otros que habían popularizado esa doctrina, y en sus últimos años de vida hizo un enorme esfuerzo por clarificar el significado de la máxima original. Por ese motivo, en 1905 se sintió obligado a cambiar el nombre de “pragmatismo” por el de “pragmaticismo”, una palabra “suficientemente fea como para estar a salvo de secuestradores”.

En su esfuerzo por perfilar correctamente el pragmatismo, Peirce explica los tres puntos que según él caracterizan al pragmaticismo. En su texto 'Qué es el pragmatismo' (1905) afirma Peirce que se caracteriza por retener sólo los problemas capaces de investigación mediante métodos de observación, por aceptar nuestras creencias instintivas, esto es, que no debemos abandonar lo que ya sabemos, y por no rechazar la metafísica. Precisamente son esos tres puntos los que, a pesar de las diferencias evidentes entre sus representantes, pueden señalarse como puntos comunes a diversas vertientes de la teoría pragmatista: el rechazo sólo a una peculiar metafísica —al racionalismo representado principalmente por el cartesianismo— y no a toda ella, la importancia de la experiencia, es decir, la continuidad entre nuestro saber instintivo, lo que percibimos a través de los sentidos y la teoría, y el énfasis en la ciencia y su método.

En primer lugar, para comprender de forma acertada el contexto en el que aparece el pragmatismo, es preciso señalar que surge frente al trasfondo de la filosofía cartesiana, y como reacción a cerrados sistemas idealistas que interpretaban la realidad en categorías fijas y abstractas. Los pragmatistas tienen en común la idea de liberar a la filosofía de excesos metafísicos, y en concreto de los límites artificiales de la teoría cartesiana. La ciencia en auge en el siglo XIX y la teoría de la evolución, recién formulada, demandaban una nueva interpretación de la naturaleza y de la razón que, más allá de las pretensiones absolutistas de Descartes, admitiera el hecho del crecimiento y del cambio.

Hay evidentes diferencias y oposiciones entre Descartes y el pragmatismo, aunque paradójicamente los dos parten de un deseo común, el de encontrar un método adecuado de investigación que supere el método de autoridad que caracteriza a mucha de la filosofía medieval. Existen también puntos de contacto en el origen de ese método. Algunos pragmatistas, como Peirce, afirman al igual que Descartes que el punto de partida del método científico y adecuado de investigación es la duda, pero a diferencia de Descartes no puede ser una duda fingida y metódica. Peirce afirma en “Algunas consecuencias de cuatro incapacidades” que no podemos dudar en filosofía de aquello que no dudamos en nuestros corazones. La mente sólo puede partir del estado en el que se encuentra realmente en el momento en el que parte, un estado en el que ya hay una gran cantidad de conocimiento de la que uno no puede desprenderse a voluntad. Dice Peirce: “¿Llama usted dudar a escribir en un pedazo de papel que duda?” (Peirce, CP 5.416, 1905).

La duda universal de Descartes no es experiencialmente posible —no se puede dudar de todo—, y por lo tanto no es aceptable para los pragmatistas. La duda auténtica, en cambio, surge en un contexto específico, aunque a veces sea también buscada, pues forma parte de la actividad del investigador el cuestionarse lo que hace y el buscar anomalías. Sin embargo, la duda real es involuntaria e incómoda, y no autoimpuesta por sistema. Cuando se produce esa duda genuina, el organismo trata de volver a su equilibrio mediante un proceso de búsqueda que se detiene cuando se forma un hábito, una creencia verdadera y revisada. Para que el conocimiento avance hace falta dudar y reconocer que no se sabe, sin que eso signifique caer en una duda absoluta y paralizante.

Por otra parte, en el pragmatismo hay un constante cuestionamiento de la filosofía moderna y de su pretensión de unos fundamentos necesarios para el conocimiento. Los pragmatistas no buscan un sistema total y completo, un sistema que contenga en sí sus propios fundamentos. Van contra los absolutos y las verdades eternas, y buscan una concepción del conocimiento más acorde a lo que somos. Para los pragmatistas no es necesario que las ideas descansen sobre fundamentos seguros. La investigación desde el punto de vista pragmático no requiere un fundamento último, sin que por ello conduzca a un relativismo. Lo que el pragmatismo afirma es más bien el carácter falible, pluralista y finito de toda investigación, pues sin un fundamento necesario toda investigación puede ser errónea, y sólo nos conducirá a la verdad entre errores y aciertos. Se abandona todo propósito de razón infalible, aunque no la aspiración a una razonabilidad que pueda ser articulada y públicamente discutida. Se trata de aprender a vivir y a pensar con la contingencia y el error.

A diferencia de Descartes, los pragmatistas no admiten la intuición, un conocimiento infalible e interno al individuo, separado de las consecuencias en el mundo real. Para ellos tampoco hay introspección, autoconocimiento intuitivo. La intuición cartesiana no se corresponde con las prácticas científicas reales que propugna el pragmatismo, ni con la idea de investigación como tarea en comunidad que sostienen algunos de sus representantes. El investigador pragmatista no puede ser el pensador aislado de Descartes, separado del mundo y de los demás individuos.

El rechazo de la intuición y de la certeza supone también el rechazo pragmatista del dualismo cartesiano, de esa separación entre mente y mundo, entre cuerpo y espíritu, derivada del aislamiento al que el yo se ve sometido en su búsqueda de un fundamento cierto. Frente a las tendencias dualistas de la filosofía moderna, Peirce proclamó su sinejismo, una tendencia a considerar todo como un continuo. El sinejismo no significa uniformidad ni unicidad, sigue habiendo varios, sigue habiendo pluralidad, sigue habiendo diferencias; sin embargo, entre los diversos elementos hay siempre continuidades subyacentes. La naturaleza y el hombre no están aislados. El hombre puede acceder al entorno que le rodea. La experiencia le permite a la mente, como afirma Dewey, penetrar en la naturaleza:

Naturaleza y experiencia no son [...] enemigos. La experiencia no es un velo que aísle al hombre de la naturaleza. Es un medio de llegar continuamente más lejos en el corazón de la naturaleza. (Dewey, The Later Works 1: 5)

Por último, el ser humano puede también comunicarse con otras personas. Puede —y de hecho necesita, como se ve en el caso de la ciencia para Peirce— formar comunidades que son algo más que agregados de individuos aislados. Dice Peirce: “En primer lugar, tus vecinos son, en cierta manera, tú mismo, podemos estar en omunicación con ellos” (Peirce, CP 7.571, 1893). Otros pragmatistas, como Mead, han señalado también que el yo se constituye sólo en interacción con otros individuos, llegando a ser autoconsciente a través de la interacción, tomando las perspectivas de otros. Habría así intereses comunes, a la vez que se preserva la identidad de cada uno.

Por lo tanto, puede concluirse que el pragmatismo desarrolla el hábito de pensar en términos de continuidad y ofrece una alternativa a los dualismos. Desde el punto de vista cartesiano, el hombre sería una cosa pensante a la que se le añade un cuerpo. Sin embargo, la persona es para los pragmatistas una continuidad, una coordinación de ideas. El cuerpo es una parte natural del yo, que no llega al mundo terminado sino que crece y se desarrolla, y está sujeto a una auto-realización.

Para los pragmatistas, por lo tanto, no son aceptables los dualismos tradicionales sujeto-objeto, mente-mundo, teoría-práctica, sino que los conceptos tienen una continuidad con la experiencia, constituyendo ésta como se verá a continuación otro de los pilares básicos de esta forma de pensamiento.

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-- El Pragmatismo (1ª parte - 2ª parte)
- Factótum 12, 2014, pp. 1-18, 21-05-2014. Licencia CC BY-NC-SA 3.0 ES (2014)
- Reconocimientos: Artículo basado en “Tema 75: El pragmatismo”, que iba a publicarse en Julio Ostalé (dir.). Temario de Oposiciones para Secundaria. Rama de Filosofía (Temarios de 2011), Centro de Estudios Académicos S.A., Madrid, 2012. El libro no llegó a publicarse. El temario que desarrollaba, aprobado en BOE 278 (Orden EDU/3138/2011, de 15 de noviembre), se anuló en BOE 32 (Orden ECD/191/2012, de 6 de febrero).
- Fuentes: (al final de la segunda parte)

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