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» » » » » Más allá de la libertad y la dignidad, de B. F. Skinner (5)

Burrhus Frederic Skinner
Más allá de la libertad y la dignidad
(1971)
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- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el Castigo
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5 — Alternativas para el castigo

Los campeones de la libertad y la dignidad no se limitan, por supuesto, a la adopción de medidas punitivas, sino que recurren a otras alternativas de forma apocada y tímida. Su polarizada atención por el hombre autónomo les aboca solamente a medidas ineficaces, algunas de las cuales vamos a examinar a continuación.

Tolerancia absoluta

Una permisibilidad total ha sido propuesta como una de las posibles alternativas del castigo. No se debe ejercer control de ninguna clase, y la autonomía del individuo, por consiguiente, permanecerá incuestionada. Si una persona se comporta bien, se debe a una de dos: o es buena por naturaleza o se domina. Quedan garantizadas la libertad y la dignidad. Un hombre libre y virtuoso no necesita gobierno alguno (el gobierno no hace sino corromper), y aun bajo la anarquía será naturalmente bueno y se le admirará por ello. No necesita ninguna ortodoxia religiosa; es piadoso, y se comporta piadosamente sin necesidad de seguir reglas de ninguna clase, quizá con la ayuda directa de la experiencia mística. No necesita incentivos económicos establecidos; es naturalmente industrioso y cambiará parte de lo que gana con otros, en términos correctos, bajo las condiciones naturales de la oferta y la demanda. No necesita de maestros; aprende porque le gusta aprender, y su curiosidad natural es la que le dicta lo que necesita saber.

Si la vida se complica con exceso, o si su estatus natural queda alterado por accidente o por la intrusión de posibles controladores, puede que entonces tenga problemas personales, pero encontrará por sí mismo sus propias soluciones sin la dirección de ningún psiquiatra.

Es posible que ciertas prácticas tolerantes tengan muchas ventajas. Por lo pronto, ahorran el trabajo de supervisión y la imposición de sanciones. No provocan contraataques. No exponen a quienes las practican a ser acusados de restringir la libertad o destruir la dignidad. Le exoneran cuando las cosas no van bien. Si los hombres se comportan mal entre sí, en un mundo de excesiva tolerancia, ello se debe a que la naturaleza humana nunca es perfecta. Si luchan unos con otros cuando no hay gobierno, para preservar el orden, es porque tienen instintos agresivos. Si un niño se convierte en delincuente cuando sus padres no han hecho esfuerzo alguno para controlarle, éste es el resultado de las malas compañías o de sus tendencias criminales.

La tolerancia absoluta, con todo, no es una norma de conducta; es más bien la falta de toda norma de conducta, y sus aparentes ventajas son sólo ilusorias. Rehusar todo tipo de control es abandonar ese control no a la misma persona interesada, sino a otros sectores de los ambientes social y no-social.

El controlador como comadrona

Un método para modificar la conducta sin parecer hacerlo, sin ejercer control aparentemente, queda representado por la metáfora socrática de la comadrona: una persona ayuda a otra para que ésta dé a luz una conducta determinada. Puesto que la comadrona no juega papel alguno en la concepción, y muy escaso en el parto, la persona " que da a luz esa conducta será la que reciba los elogios por ella. Sócrates demostró en la educación el arte del alumbramiento, su mayéutica.

Pretendía demostrar cómo a un niño esclavo, iletrado, se le podía conducir a demostrar el teorema de Pitágoras para doblar el cuadrado. El niño asentía a los pasos sucesivos de la prueba, y Sócrates aseguraba que así lo hacía sin que de antemano se le hubiera dicho nada. En otras palabras, que el muchacho "sabía" el teorema en cierto sentido por completo. Sócrates afirmaba entonces que aun el conocimiento ordinario podía deducirse de la misma forma, puesto que el alma conocía la verdad y tan sólo necesitaba que se le demostrara que la sabía. El episodio se cita muy frecuentemente como si fuera pertinente a la práctica educativa moderna.

La metáfora aparece también en las teorías de la psicoterapia. Al paciente no hay que decirle cómo comportarse más eficazmente, ni darle instrucciones para solucionar sus problemas. La solución la lleva él mismo dentro, y lo único que tiene que hacer es alumbrarla con la ayuda del terapeuta-comadrona. Como un autor ha dicho, "Freud compartía con Sócrates tres principios: conócete a ti mismo; virtud es conocimiento; y el método mayéutico, o el arte de ser comadrona, que es, por supuesto, el proceso (psico-) analítico". En el terreno religioso, prácticas semejantes quedan asociadas al misticismo: una persona no tiene necesidad de seguir regla alguna, como lo exigiría la ortodoxia. La conducta adecuada surgirá espontáneamente de las fuentes interiores.

La partería intelectual, terapéutica o moral, no es más fácil que el control punitivo, porque exige sutil habilidad y atención concentrada, pero tiene sus ventajas. Parece conferir un poder extraño a quien la practica. Como el uso cabalístico de alusiones e insinuaciones, alcanza resultados aparentemente desproporcionados con las medidas empleadas. Sin embargo, la aparente contribución del individuo no se reduce. Se le elogia sin reservas por conocer antes de aprender, por tener en su interior las semillas de una buena salud mental, y por ser capaz de entrar en comunicación directa con Dios. Una ventaja importante estriba en el hecho de que quien la practica elude toda la responsabilidad. Del mismo modo que la comadrona no tiene la culpa si el niño nace muerto o deformado, de igual modo el maestro queda a salvo aunque el alumno fracase, el psicoterapeuta cuando el paciente no soluciona su problema, y el líder místico religioso cuando sus discípulos acaban descarriados.

Las prácticas mayéuticas tienen su sentido. Una cuestión delicada que se plantea en ellas es conocer cuánta ayuda debe proporcionar el maestro al discípulo, conforme éste va adquiriendo formas nuevas de conducta. El maestro debería esperar la respuesta del estudiante más bien que apresurarse a decirle lo que debe hacer o decir. Como dijo Comenius, cuanto más enseña el maestro, menos aprende el discípulo. El estudiante avanza de otra forma. En general se puede decir que no nos gusta que se nos enseñe lo que ya sabemos, ni aquello que en cualquier caso no hemos de llegar a dominar o que maldita la falta que nos hará. No solemos leer libros, ni cuando dominamos la materia a la que se refieren, ni cuando resulta que tratan temas tan absolutamente desconocidos que, libro más, libro menos, nos quedaremos igual. Leemos los libros que nos enseñan a decir aquello que de cualquier forma estamos a punto de decir, pero que no podríamos llegar a formular sin esa ayuda. Entendemos al autor, por más que no podríamos haber llegado a formular lo que entendemos antes de haberlo visto expresado por ese concreto autor.

El paciente de la psicoterapia experimenta ventajas similares. Las prácticas mayéuticas también son útiles porque ejercen más control del que habitualmente es observado, y en parte esto puede ser valioso. Estas ventajas, sin embargo, son mucho menores de lo que se dice. El pequeño esclavo de Sócrates no aprendió nada; no existió evidencia alguna de que el muchacho hubiera podido, más tarde, adentrarse en el teorema por sí mismo. Y tan cierto es con respecto a la mayéutica como con respecto a la tolerancia absoluta: sus resultados positivos pueden ser atribuidos sin duda, a controles desconocidos de otra clase. Si un paciente encuentra una solución sin la ayuda de su terapeuta quizá se deba, sencillamente, a que ha quedado expuesto a un ambiente propicio en algún otro sitio.

Dirección

Otra metáfora que se suele vincular a prácticas débiles está tomada de la horticultura. La conducta que una persona da a luz, crece, y se puede guiar o dirigir, como se guía el crecimiento de una planta. La conducta puede "cultivarse". La metáfora es particularmente popular en el terreno educativo. Una escuela para niños pequeños es denominada "jardín" de infantes o kindergarten. La conducta de la criatura "se desarrolla" hasta que alcanza su "madurez". Un maestro puede acelerar el proceso o dirigirlo hacia metas ligeramente diversas, pero —según la frase clásica— él no puede enseñar, se limita solamente a ayudar al niño a que aprenda por sí mismo. También es frecuente en psicoterapia la metáfora de la dirección. Freud sostenía que una persona debe atravesar diversas etapas de desarrollo, y que si el paciente llega a "fijarse" en una determinada etapa, el psicoterapeuta deberá entonces ayudarle a que se libere de esa "fijación" y continúe avanzando. Los gobiernos utilizan este género de guía o dirección, por ejemplo, cuando estimulan el "desarrollo" de la industria mediante exenciones fiscales o proporcionan un "clima" que resulte favorable para la mejora de las relaciones raciales.

Esta dirección o guía no resulta tan fácil de aplicar como la tolerancia absoluta, pero normalmente es más fácil que el recurso al procedimiento de la comadrona, y tiene algunas de sus mismas ventajas. Quien meramente guía o dirige un desarrollo natural difícilmente podrá ser acusado de intentar controlarlo. El crecimiento permanece siendo una conquista del individuo, atestiguando su libertad y su valor, sus "ocultas inclinaciones", y así como el jardinero no es responsable en última instancia del desarrollo posterior imprevisible de lo que ha plantado y hecho crecer, quien meramente guía una conducta determinada es exonerado cuando las cosas terminan mal.

La dirección, sin embargo, sólo es efectiva en la medida en que ejercita el control. Dirigir significa, bien abrir nuevas oportunidades, bien cerrar el paso al crecimiento en determinadas direcciones. Preparar una oportunidad no suele ser particularmente positivo, pero es, con todo, una forma de control cuando aumenta la posibilidad de que la conducta se produzca en esa determinada dirección apetecida. El maestro que simplemente selecciona el material que el estudiante habrá de estudiar, o el psicoterapeuta que meramente sugiere un cambio de trabajo o de ambiente, ejercen control, por muy difícil de detectar que éste sea.

El control es más obvio cuando el crecimiento o el desarrollo son impedidos. La censura cierra el paso, e impide llegar a ciertos materiales necesarios para el desarrollo en una determinada dirección. De Tocqueville observó esta realidad en la América de su tiempo: "La voluntad del hombre no se espolea, sino que se suaviza, se doblega y se dirige. Rara vez se fuerza a las personas... a actuar, pero constantemente están siendo constreñidas para no actuar". Como expresó Ralph Barton Perry, "cualquiera que decida qué alternativas se le darán a conocer al hombre, controla la materia prima de entre la cual ese hombre elegirá. Se le priva de la libertad en la medida en que se le niega el acceso a cualquier idea, o se le confina a cualquier gama determinada de ideas que no abarquen la totalidad de posibilidades relevantes". Por "se le priva de libertad" léase "se le controla".

Es sin duda alguna valioso el crear un ambiente tal en el que la persona adquiera rápidamente conducta efectiva y continúe comportándose eficazmente. En la construcción de un tal ambiente podemos eliminar distracciones y abrir nuevas oportunidades, y estos son puntos clave en la metáfora de la dirección o crecimiento o desarrollo. Pero las responsables de los cambios observables son en realidad las contingencias por nosotros previamente preparadas, y no la manifestación o el descubrimiento progresivo de un modelo predeterminado.

Crear dependencia de las cosas

Juan Jacobo Rousseau estuvo alerta a los peligros del control social y pensó que sería posible evitarlo convirtiendo a la persona en un ser dependiente no de otras personas, sino de las cosas. En el Emilio expuso cómo un niño podía aprender acerca de las cosas a partir de las mismas cosas, no a través de los libros. Las prácticas que él describió son todavía frecuentes, principalmente a causa del énfasis que John Dewey puso en la vida real dentro de las aulas.

Una de las ventajas de depender de las cosas, y no de otras personas, estriba en el hecho de que de esta forma se ahorran tiempoy energía de esas otras personas. El niño, a quien hay que advertirle constantemente que ya es hora de ir al colegio, depende de sus padres; pero aquel que ha aprendido a responder a relojes o a otras propiedades temporales del mundo que le rodea (aunque no a un "sentido del tiempo"), depende ya de cosas, y exige menos de sus padres, La persona que aprende a conducir un coche sigue dependiendo del instructor mientras necesita que se le diga cuándo utilizar los frenos, cuándo darle al intermitente, cuándo cambiar de velocidad, etc.; pero cuando su conducta cae ya bajo el control natural de las consecuencias de conducir un automóvil, puede prescindir del instructor. Entre esas "cosas", de las cuales la persona podría depender, hay que contar a otras personas, siempre que éstas no actúen específicamente para cambiar su conducta. El niño a quien se le debe enseñar lo que debe decir y cómo comportarse con respecto a otras personas, depende de aquellos que le enseñan; pero el niño que ya ha aprendido a comportarse con los demás puede entonces prescindir de los consejos.

Otra ventaja importante de depender de cosas consiste en que las contingencias que rodean a las cosas son más precisas y modelan una conducta más útil que aquellas contingencias provocadas por otras personas. Las propiedades temporales del ambiente resultan más penetrantes y sutiles que cualquier otro género de recordatorios. Una persona cuya conducta al conducir un coche queda determinada por la respuesta mecánica del coche mismo, conducirá mucho más hábilmente que aquel que sigue instrucciones, sean éstas orales o mentales. Y aquellos que se llevan bien con la gente, como consecuencia de su contacto directo con las contingencias sociales, lo hacen mucho mejor que los que meramente siguen un poco formalmente las instrucciones que se les han dado sobre qué decir y qué hacer.

Estas son ventajas importantes, y resulta atractiva la posibilidad de un mundo en el que toda conducta dependa de las cosas. En un mundo tal todos se comportarían bien con respecto a sus semejantes al haber aprendido a hacerlo mediante el contacto directo con la aprobación o desaprobación de cuantos les rodean. Esa persona, en ese mundo, trabajaría provechosamente y cuidadosamente, e intercambiaría cosas con otros a causa de sus valores naturales. Y aprendería lo que naturalmente le interesara y lo que le sería naturalmente útil. Todo esto sería mejor que obedecer las leyes bajo la amenaza constante de la policía, que trabajar provechosamente por causa de los reforzadores artificiales denominados "dinero", o estudiar para conseguir notas y calificaciones.

Pero las cosas no consiguen el control con facilidad. Los procedimientos que Rousseau describió no eran simples, y con frecuencia fracasan. Las complejas contingencias que rodean a las cosas (incluidas las personas que se comportan "inintencionadamente") sólo pueden tener, por sí solas, muy poco efecto en el individuo a lo largo de su vida —un hecho éste de gran importancia por las razones que más tarde expondremos—. También hay que recordar que el control ejercido por las cosas puede ser destructivo. El mundo de las cosas puede llegar a ser tiránico. Las contingencias naturales inducen a las personas a comportarse de forma supersticiosa, a exponerse a peligros cada vez mayores, a trabajar inútilmente hasta quedar exhaustos, etc. Sólo el contra-control ejercido por un ambiente social puede llegar a paliar en cierta medida estas consecuencias.

La dependencia de las cosas no significa independencia. El niño que no necesita que se le advierta que es hora de ir al colegio es porque está ya bajo el control de otros estímulos más sutiles y más útiles. El niño que ya ha aprendido cómo llevarse bien con otras personas es porque está bajo el control de contingencias sociales. Y las personas que se llevan bien entre sí, bajo las contingencias suaves de la aprobación y la desaprobación, resultan estar tan controladas, tan eficazmente controladas hay que decir, como los ciudadanos de un Estado policíaco (y, en muchos aspectos, más eficazmente). La ortodoxia controla mediante el establecimiento de reglas, pero el místico no es más libre porque las contingencias que han modelado su conducta sean más personales o idiosincráticas. Aquellos que trabajan productivamente por causa del valor reforzador de lo que producen, quedan bajo el sensible y poderoso control de los productos. Aquellos que aprenden en un ambiente natural están bajo una forma de control tan poderoso como cualquier posible control ejercido por un maestro.

Una persona jamás llega a ser verdaderamente autosuficiente. Aunque se las arregle eficazmente con las cosas, necesariamente depende de aquellos que le han enseñado a hacerlo. Y quienes le han enseñado, han seleccionado las cosas de las cuales depende esa persona, y han determinado también las clases y los grados de esa dependencia. (Y no pueden, por consiguiente, declinar la responsabilidad por los resultados.)

Cambios de mentalidad

 Resulta sorprendente comprobar que, aquellos que más violentamente se oponen a la manipulación de la conducta, llevan a cabo sin embargo los más vigorosos esfuerzos para manipular mentalidades. Evidentemente, la libertad y la dignidad quedan amenazadas solamente cuando cambia la conducta por medio del cambio físico del ambiente. Pero no parece que se produzca esa amenaza cuando se modifica la mentalidad, o estado de la mente, a pesar de que esa mentalidad se asegura que es la responsable de la conducta. Seguramente sea esto así porque el hombre autónomo posee poderes milagrosos que le capacitan para ceder o para resistir.

Afortunadamente, quienes se oponen a la manipulación de la conducta, manipulan mentalidades con absoluta libertad: y decimos que afortunadamente porque, de lo contrario, deberían permanecer en silencio. Pero nadie cambia una mentalidad directamente. Por medio de la manipulación de las contingencias ambientales, se consiguen ciertos cambios que —se asegura— son indicativos de cambios de mentalidad, aunque en realidad, si existe algún efecto, se nota en la conducta. El control no es obvio ni muy efectivo, y un cierto control, por consiguiente, parece que siempre lo conserva la persona cuya mentalidad cambia. Examinemos algunas formas características de cómo se lleva a cabo este cambio de mentalidad.

A veces tratamos de inducir a un hombre hacia una conducta determinada por medio de sugerencias (por ejemplo, cuando no es capaz de solucionar por sí mismo un determinado problema); o recomendándole una línea concreta de conducta (por ejemplo, cuando está desconcertado sin saber qué hacer). Las sugerencias, recomendaciones y consejos son estímulos todos ellos, generalmente verbales —aunque no siempre lo sean—, y tienen la propiedad importante de ejercer un control sólo parcial. Nadie responde o reacciona ante una sugerencia, recomendación o consejo a menos que ya tenga alguna tendencia a comportarse de forma determinada. Cuando las contingencias que explican la tendencia previa no son identificadas, entonces la conducta, hasta cierto punto, se atribuye a la mente. El control interno resulta particularmente convincente cuando el externo no queda explícito, como, por ejemplo, cuando se cuenta una historia aparentemente irrelevante, pero que, sin embargo, actúa como sugerencia, recomendación o consejo. El presentar un ejemplo ejerce un género de control muy similar, aprovechando y explotando una tendencia general a conducirse miméticamente. La técnica publicitaria "controla la mente" de esta manera.

También se diría que actuamos sobre la mente cuando urgimos a una persona a actuar, o le persuadimos a que actúe. Etimológicamente, urgir quiere decir presionar o empujar hacia; urgir significa convertir en más urgente una situación aversiva. Urgimos a una persona a que actúe como podríamos empujarle suavemente a la acción. Los estímulos son generalmente suaves, pero son eficaces si en el pasado han quedado asociados a consecuencias aversivas más acusadas. Así, por ejemplo, urgimos a un perezoso diciéndole simplemente: "Fíjate qué hora es": y le inducimos con éxito a que se dé prisa, si en ocasiones anteriores sus retrasos han sido castigados. Urgimos a una persona a que no gaste dinero recordándole lo escaso de su cuenta bancada, y conseguimos la eficacia en el aviso si, de hecho, esa persona, en ocasiones anteriores, lo ha pasado mal por quedarse sin dinero. Persuadimos a la gente, sin embargo, aludiendo a estímulos asociados, por el contrario, con consecuencias positivas. Etimológicamente, esta palabra está relacionada con endulzar o suavizar. Persuadimos a alguien dorándole la píldora, convirtiendo una situación concreta en más favorable para la acción, describiéndole, por ejemplo, consecuencias probablemente reforzadoras. También ahora se produce una aparente desproporción entre la fuerza de los estímulos que utilizamos y la magnitud del efecto conseguido. Urgir y persuadir resultan eficaces tan sólo si se da alguna tendencia previa para actuar en esa línea de conducta, y esa conducta se puede atribuir al hombre interior sólo en la medida en que la tal tendencia no esté explicada.

Creencias, preferencias, percepciones, necesidades, propósitos y opiniones son también algunas otras de las características peculiares del hombre autónomo. También se suele decir que estas peculiaridades cambian cuando conseguimos cambiar la mentalidad de la persona. La creencia de una persona de que el piso por el que camina no se derrumbará bajo sus pies depende de su experiencia pasada. Si lo ha atravesado muchas veces sin contratiempos, así lo hará de nuevo una y otra vez, y su conducta no le proporcionará ninguno de los estímulos aversivos que conocemos con el nombre de ansiedad. Puede que diga que tiene "fe" en la seguridad del piso, o "confianza" de que le sostenga, pero el tipo de cosas experimentadas como fe o confianza no son, en realidad, estados de mente; en el mejor de los casos, son tan sólo concomitantes de la conducta en su relación con hechos anteriores, y no explican por qué una persona camina o pisa como lo hace.

Creamos la "creencia" cuando aumentamos la probabilidad de acción mediante el refuerzo de la conducta. Cuando creamos en una persona la confianza de que el piso le sostendrá, induciéndole a que camine sobre él, quizá no pudiéramos asegurar propiamente que estamos cambiando una creencia, pero sí lo hacemos así en el sentido tradicional cuando le damos garantías verbales de que el piso es sólido, o demostramos su solidez paseando nosotros mismos por él, o describimos su estructura y naturaleza, o las características de su construcción. La única diferencia estriba en la diversa obviedad, o claridad, de las medidas adoptadas en uno y otro casos. El cambio experimentado por una persona que "aprende a fiarse del piso" caminando sobre él resulta ser el efecto característico del reforzamiento; el cambio experimentado cuando se le dice que el piso es seguro, cuando ve que alguna otra persona lo atraviesa sin riesgo, o cuando es "convencido" con razones de que el piso le sostendrá sin problema alguno, entonces, en este segundo caso, el cambio depende ya de experiencias pasadas cuya contribución en conseguir ese convencimiento ya no es obvia o manifiesta. Por ejemplo, una persona que camina sobre superficies probablemente de solidez variable (un lago helado, pongamos por caso) muy rápidamente discrimina conscientemente entre las superficies sobre las que otras personas están caminando, y aquellas otras sobre las que no se ve caminar a nadie, o entre superficies llamadas seguras u otras calificadas de peligrosas. Aprende a caminar confiadamente sobre las primeras, y con precauciones sobre las segundas. Ver a alguien que camina sobre una superficie, o el que se le asegure que no encierra peligro alguno, cambia la situación de la persona con respecto a dicha superficie; de aquella segunda clase de seguridad de que hemos hablado se pasa a la primera. El proceso histórico durante el cual se formó aquella discriminación, o en el cual se efectuó, puede que se haya olvidado. Y entonces el efecto parece implicar aquel suceso interior llamado cambio de mentalidad.

Cambios en preferencias, percepciones, necesidades, opiniones y otros atributos de la mente, pueden ser analizados de la misma forma. Cambiamos la forma en que una persona se fija en algo, tanto como lo que ve cuando se fija, cambiando las contingencias; no cambiamos algo llamado percepción. Cambiamos la fuerza relativa de las respuestas por medio del reforzamiento diferencial de distintas posibilidades de acción; pero lo que cambiamos no es algo llamado una "preferencia". Cambiamos la probabilidad de un acto cambiando una condición de privación o estimulación aversiva; no cambiamos una necesidad. Reforzamos la conducta en las direcciones en que nos interesa hacerlo: pero no proporcionamos a nadie un propósito o una intención. En resumen, cambiamos la conducta hacia algo, no una actitud hacia ello. Seleccionamos e intercambiamos conducta verbal, no opiniones.

Otro procedimiento de cambio de mentalidad consiste en señalar y resaltar las razones por las cuales una persona debería comportarse de un modo determinado. Y estas razones casi siempre son consecuencias que muy probablemente son contingentes sobre la conducta. Digamos, por ejemplo, que un niño anda jugando de forma peligrosa con un cuchillo. Podemos evitar problemas convirtiendo el ambiente en algo más seguro —quitándole el cuchillo o dándole otro inofensivo, con el que no pueda hacerse daño —. Pero semejante solución no preparará al niño para un mundo en el que los cuchillos normalmente serán peligrosos. Abandonado a su suerte, puede que el niño aprenda adecuadamente el uso del cuchillo, precisamente cortándose cada vez que lo utiliza inadecuadamente. Podemos ayudarle sustituyendo esta forma de castigo por otra menos peligrosa —dándole un cachete, por ejemplo, o quizá simplemente amonestándole cuando observamos que utiliza el cuchillo de modo peligroso—. Podemos decirle que ciertos usos del cuchillo son buenos y otros malos, siempre que los vocablos "¡Bueno!" y "¡Malo!" hayan sido ya condicionados previamente como reforzadores positivo y negativo respectivamente.

Supongamos, sin embargo, que todos estos métodos produzcan subproductos indeseados tales como un cambio en las relaciones del niño con nosotros, y que entonces, en vista de ello, decidamos apelar a la "razón". (Por supuesto, esto es posible solamente si el niño ha alcanzado ya "el uso de razón".) Le explicamos las contingencias, demostrándole lo que sucede cuando uno usa un cuchillo de una forma o de otra. Podemos enseñarle cómo las reglas han sido deducidas de las contingencias ("Nunca deberías cortar con el filo hacia ti"). Como consecuencia de ello podemos inducir al niño a que use el cuchillo adecuadamente, y con probabilidad diremos que le hemos comunicado a ese niño el conocimiento para usarlo adecuadamente. Pero la verdad es que hemos tenido que aprovecharnos de gran cantidad de condicionamiento anterior con respecto a instrucciones, directrices y otros estímulos verbales, que fácilmente pasamos por alto al analizar la situación, y, así, la contribución de estos factores puede atribuirse al hombre autónomo. Una forma de argumentación todavía más compleja consiste en derivar nuevas razones de las viejas, proceso de deducción que depende de un proceso verbal histórico mucho más antiguo y prolongado, y que con toda probabilidad también será denominado cambio de mentalidad.

Los métodos de cambio de conducta mediante el cambio de mentalidad rara vez se perdonan cuando resultan claramente eficaces, aun cuando todavía siga siendo la mente la que parezca haber sido cambiada. No justificamos el cambio de mentalidad cuando los interesados, es decir, el agente activo y el pasivo, tienen fuerzas muy desequilibradas: en este caso hablamos de "abuso de influencia". Como tampoco perdonamos los cambios de mentalidad llevados a cabo subrepticiamente. Si la persona no puede ver lo que el hipotético reformador de mentalidades está haciendo, ni puede escapar ni contraatacar, está siendo víctima de la "propaganda". El "lavado de cerebro" queda proscrito por aquellos que justifican, en cambio, los cambios de mentalidad, por la simple razón de que el control es obvio. Una técnica frecuente consiste en crear una condición aversiva muy pronunciada, tales como hambre o falta de sueño, y, aliviándola paulatinamente, reforzar cualquier conducta que muestre "una actitud positiva" hacia un sistema político o religioso. Se construye una "opinión" favorable simplemente mediante el reforzamiento de aseveraciones favorables. El procedimiento puede que no resulte obvio para las presuntas víctimas, pero es obvio en exceso para otras personas, tan obvio que no puede ser aceptado como forma permitida de cambiar mentalidades.

La ilusión de que la libertad y la dignidad quedan a salvo cuando el control parece ser incompleto, procede en parte de la naturaleza probabilística de la conducta operante. Muy rara vez, cualquier condición ambiental "provoca" conducta de la forma todo- o-nada de un reflejo; consigue simplemente que una pequeña porción de conducta ocurra con mayor probabilidad. Una pista, o una sugerencia velada, difícilmente provocará por sí misma una respuesta, pero indudablemente conferirá fuerza a una respuesta débil que pueda entonces aparecer. La sugerencia es visible, pero los restantes aspectos o hechos responsables de la aparición de la respuesta ya no lo son.

Como en el caso de la tolerancia absoluta, la mayéutica, la dirección y la dependencia de las cosas, el cambio de mentalidad lo justifican los defensores de la libertad y la dignidad porque es una forma ineficaz para el cambio de conducta, y, así, quien manipula ese cambio de mentalidades puede, por tanto, eludir la acusación de que controla a las personas. También queda exonerado cuando los resultados son malos. Y el hombre autónomo queda incólume para ser elogiado por sus logros y condenado por sus errores.

La aparente libertad, que unas medidas débiles respetan, equivale meramente a un control no manifiesto. Cuando aparentemente cambiamos el control y se lo dejamos a la persona misma, estamos simplemente cambiando un modo de control por otro. Un seminario que discutía el control legal del aborto defendía que "la forma correcta de encararse al problema estribaba en el hecho de permitir al individuo, guiado por su propia conciencia y su inteligencia, tomar una decisión al margen de conceptos y reglamentaciones arcaicas e hipócritas". Lo que aquí se recomienda, en el fondo, no es el paso del control legal a la "elección" personal, sino más bien al control previamente ejercido por organizaciones de tipo religioso, ético, gubernativo o educacional. Al individuo se le "permite" decidir el asunto por sí mismo simplemente en el sentido de que actuará en lo sucesivo debido a unas consecuencias a las cuales ya no habrá que añadir por más tiempo el castigo legal.

Un gobierno permisivo es aquel que abandona el control en otras manos distintas de las suyas. Si la gente se comporta bien bajo ese gobierno, ello se debe a que esas personas han sido conducidas bajo un control ético eficaz, o que se encuentran bajo el control de las cosas, o que se les ha inducido por procedimientos educacionales, u otros semejantes, a comportarse de forma leal, patriótica o respetuosa de la ley. Sólo en casos en los que se dan esas otras formas de control resulta cierto el axioma de que el mejor gobierno es el que menos gobierna. En la medida en que el gobierno se define como el poder de castigar, la literatura de la libertad ha sido valiosa al promover un cambio hacia otras medidas de control, pero en ningún otro sentido esa literatura puede decirse que haya liberado a los ciudadanos del control gubernamental.

Una economía libre no quiere decir ausencia de control económico, porque ninguna economía es libre, en tanto que los bienes de consumo y el dinero mismo sigan siendo reforzadores. Cuando rehusamos controlar los precios, los salarios y el uso de los recursos naturales, con el fin de no entorpecer la iniciativa privada o individual, abandonamos al individuo al control de contingencias económicas imprevistas. Como tampoco ninguna escuela es "libre". Si el profesor no enseña, los estudiantes sólo aprenderán en la medida en que prevalezcan otras contingencias, quizá menos explícitas pero no menos eficaces. La psicoterapia no-directiva puede liberar al paciente de algunas contingencias dañinas en su vida diaria, pero el paciente "encontrará su propia solución" solamente si le inducen a hacerlo contingencias de tipo ético, gubernamental, religioso, educativo o de cualquier otra naturaleza.

(El contacto entre el terapeuta y el paciente es asunto delicado. El terapeuta, no importa en qué grado sea "no-directivo", ve a su paciente, habla con él y le escucha. Está interesado profesionalmente por su bienestar. Es comprensivo, se preocupa por él. Todo resulta reforzador. Se ha sugerido, sin embargo, que el terapeuta puede evitar el cambio de conducta de su paciente si convierte estos reforzadores en no-contingentes —es decir, si no les permite que sigan a alguna forma determinada de conducta—. Como un autor ha expresado, "la reacción del terapeuta es la de una persona congruente, con comprensión delicada y solicitud incondicional que, en términos de teoría del aprendizaje, premia al cliente tanto por una conducta como por cualquier otra". Esto resulta probablemente un cometido inalcanzable, y en todo caso nunca llegaría a tener los efectos que se le adjudican. Los reforzadores no-contingentes no son ineficaces; un reforzador siempre refuerza algo. Cuando un terapeuta manifiesta su preocupación, está reforzando por ese mismo hecho la conducta que el paciente acaba de realizar. Un refuerzo, por muy accidental que éste pueda resultar, fortalece conducta, la cual es entonces más probable que vuelva a ocurrir y sea reforzada de nuevo. La "superstición" resultante puede demostrarse en palomas, y resulta improbable que los seres humanos sean menos sensibles a este tipo de reforzador ocasional. Ser bueno con otro sin razón alguna para ello, tratar afectuosamente a toda persona, sea ésta buena o mala, tiene antecedentes bíblicos que lo justifican: la gracia no debe depender de las obras, pues, de lo contrario, deja de ser gracia. Pero existen procesos conductuales que se deben tener en cuenta.)

El error fundamental de cuantos adoptan métodos débiles de control consiste en suponer que el balance del control queda en manos del individuo, cuando en realidad queda, por el contrario, en manos de otras condiciones. Esas otras condiciones resultan con frecuencia difíciles de detectar, pero continuar descuidándolas para atribuir sus efectos al hombre autónomo es mantenerse al borde del desastre. Cuando las prácticas de control quedan ocultas o camufladas, es más difícil el contra-control. No queda claro de quién debe uno escapar o a quién se debe atacar. Las literaturas de la libertad y la dignidad constituyeron en su momento brillantes ejercicios de contra-control, pero las medidas que proponían ya no son apropiadas por más tiempo. Por el contrario, pueden tener muy serias consecuencias a las que debemos ahora prestar atención.

La libertad y la dignidad del hombre autónomo parecen quedar a salvo cuando se aplican solamente formas débiles de control no aversivo. Aquellos que las utilizan se diría que tratan de defenderse a sí mismos contra la acusación de que intentan controlar la conducta, y quedan exonerados de toda responsabilidad cuando las cosas salen mal. La tolerancia absoluta es la ausencia de control, y por más que parezca conducir a resultados deseables, éstos se producen por causa de otras contingencias. La mayéutica, o el arte de la partería, parece dejar el mérito de la conducta a aquellos que la dan a luz, y la dirección del desarrollo a quienes se desarrollan.

La intervención humana parece que se minimiza cuando a una persona se le hace depender de las cosas y no de otras personas. Los defensores de la libertad y la dignidad no sólo justifican, sino que practican intensamente diversas formas de cambiar la conducta cambiando la mentalidad. Mucho se puede decir en favor de una disminución del control mental ejercido por otras personas, pero aun así continúan operando otros factores. Una persona que reacciona de modo aceptable ante formas débiles de control puede haber cambiado su conducta por contingencias que ya han dejado de operar. Al negarse a reconocer esas contingencias antiguas, los defensores de la libertad y la dignidad fomentan el abuso de prácticas de control y bloquean el progreso hacia una tecnología de la conducta más eficaz.

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- Ver capítulo 1 — Una tecnología de la conducta .
- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el Castigo .

- Autor: Burrhus Frederic Skinner (1904-1990) psicólogo, filósofo social estadounidense, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard desde 1948. A través de su trabajo pionero en psicología experimental descubrió el condicionamiento operante. Un impresionante rigor en sus métodos de observación y experimentación le llevo a considerar la conducta como la base para un análisis científico del comportamiento humano. Sin duda, Skinner es uno de los grandes de la Psicología científica moderna.

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