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Burrhus Frederic Skinner
Más allá de la libertad y la dignidad
(1971)
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- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el castigo .
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4 — Castigo

La libertad suele a veces definirse como la falta de limitaciones o impedimentos. Una rueda decimos que funciona libremente cuando se da muy poca fricción en los cojinetes; un caballo se libera del poste al que ha sido atado; un hombre, igualmente se libera de la rama en que ha quedado atrapado al trepar a un árbol. Las limitaciones físicas son una condición obvia y parecen de particular utilidad al tratar de definir la libertad, pero con respecto a ciertos problemas importantes no pasan de ser una metáfora, y no muy buena por cierto. Evidentemente, a las personas se las puede controlar mediante grilletes y cadenas, esposas, camisas de fuerza y muros carcelarios o de campos de concentración. Pero el control de la conducta, al que aquí nos referimos, es algo muy diferente: la limitación impuesta por contingencias de refuerzo.

Excepto cuando queda limitada físicamente, la persona se siente menos libre o dignificada cuando se comporta bajo amenaza de castigo, y desgraciadamente así se encuentran la mayoría de las personas. El castigo es algo muy común en la naturaleza misma, y de esta realidad es mucho lo que aprendemos. Un niño corre torpemente, se cae y se hace daño; coge una abeja y ésta le pica; le quita un hueso a un perro y el perro le muerde: como resultado de todas estas experiencias aprende que no debe repetirlas. Las personas han construido un mundo más cómodo y menos peligroso a partir, principalmente, de este hecho: evitar las formas diversas de castigo natural.

La palabra castigo queda limitada normalmente a contingencias preparadas intencionadamente por otras personas, las cuales actúan de esta forma porque los resultados les son reforzadores. (Las contingencias punitivas no deben ser confundidas con el control aversivo por cuyo medio se induce a las personas a que se comporten de un modo determinado. El castigo, por el contrario, se suele usar con él fin de que la gente no se comporte de según qué forma.) Una persona recurre al castigo cuando critica, ridiculiza, condena o físicamente ataca a otra persona, con el fin de que termine de comportarse de una forma indebida. El Gobierno con frecuencia queda definido en términos del poder de castigar, y algunas religiones enseñan que a una conducta pecadora le seguirán castigos eternos horribles.

Se podría esperar de las literaturas de la libertad y de la dignidad que se opusieran a medidas de esta clase y que lucharan por un mundo distinto en el que el castigo fuera menos frecuente o incluso desapareciera por completo. Hasta cierto punto así lo han propugnado. Pero las sanciones punitivas todavía son muy frecuentes. Las personas se controlan unas a otras, aun ahora, más frecuentemente por medio de censuras o reproches que por exhortaciones o elogios, el ejército y la policía siguen siendo las  armas de gobierno más poderosas, a los fieles todavía se les recuerdan ocasionalmente las llamas del infierno, y los maestros han desterrado el uso de la palmeta sólo para sustituirla por formas de castigo mucho más definidas. Y lo curioso del caso, con respecto a cuantos defienden la libertad y la dignidad, es que no solamente no se oponen a este tipo de medidas, sino que ellos son en gran parte los últimos responsables de que todavía no hayan desaparecido. Esta extraña situación sólo puede ser entendida fijándonos en la forma en que los organismos reaccionan ante las contingencias punitivas.

El castigo tiene por finalidad hacer desaparecer la conducta torpe, peligrosa, o indeseable de cualquier forma, que una persona lleva a cabo. Y así se parte del presupuesto de que una persona que ha sido castigada por algo concreto, muy probablemente ya no lo repetirá de la misma forma. Desgraciadamente, el asunto no es tan simple como todo eso. El premio y el castigo no varían simplemente en la dirección que se pretende imprimir a una conducta determinada. Un niño que ha sido severamente castigado por ciertas prácticas sexuales, no necesariamente dejará de inclinarse menos a las mismas. Y un hombre que haya sido encarcelado por haber llevado a cabo un asalto violento, no por ello necesariamente deja de experimentar inclinación a la violencia. La conducta por la que la persona ha recibido el castigo reaparecerá muy probablemente una vez que concluyan esas contingencias punitivas.

Con mucha frecuencia podrían llegar a explicarse de manera muy distinta los que, a primera vista, podríamos creer efectos pretendidos del castigo. Por ejemplo, el castigo puede provocar emociones incompatibles. Un chico que haya sido severamente castigado por llevar a cabo cierta actividad sexual puede que en adelante no se sienta demasiado inclinado a repetirla, y hay que hacer notar que tratar de escapar de un castigador es incompatible con atacarlo. Las ocasiones futuras para llevar a cabo esa actividad sexual, o aquel asalto violento, pueden llegar a evocar conducta incompatible similar a través de un proceso de condicionamiento. El que el efecto se manifieste como vergüenza, culpabilidad o remordimiento depende de que el castigo lo administre el padre o tutor, un gobierno o una Iglesia, respectivamente.

La condición aversiva fomentada por el castigo (y experimentada de estas diversas formas o maneras) tiene un efecto mucho más importante. En el sentido más literal, puede que una persona consiguientemente se comporte de una forma determinada "para evitar el castigo". Puede evitarlo dejando de comportarse de manera punible, pero existen también otras posibilidades. Algunas de ellas desequilibran, o producen inadaptados o neuróticos, y, por tanto, han sido detenidamente estudiadas. Los así llamados "dinamismos" de Freud se asegura que son procedimientos por medio de los cuales los deseos reprimidos eluden al censor y encuentran la forma de expresarse, pero también es cierto que pueden ser simplemente interpretados como procedimientos con que las personas evitan ser castigadas. Y de esta manera quizá la persona se comporte de tal forma que no pueda ser castigada porque esa conducta no se puede ver, por ejemplo fantaseando o soñando. También puede sublimar su conducta comportándose de tal modo que eso que hace tenga efectos reforzadores más bien similares, pero no sea, por el contrario, razón de castigo.

Puede desplazar la conducta punible dirigiéndola hacia objetos que no pueden castigar —por ejemplo, puede comportarse de modo agresivo contra objetos físicos, niños o animalitos—. Puede también ver o leer acerca de otros que se comportan de modo punible, identificándose con ellos; o interpretando la conducta de otros como punible, proyectando sus propias tendencias. Puede también racionalizar su conducta encontrando razones, bien para sí mismo, bien para otros, que la convierten en no punible —como quien asegura, por ejemplo, que castiga a un niño "por el propio bien de la criatura"—. Hay formas más eficaces de evitar el castigo. Una persona puede evitar ciertas ocasiones de las cuales probablemente podría deducirse una conducta punible. Quien ha sido castigado por borrachera, por ejemplo, puede "evitar la tentación" manteniéndose alejado de según qué lugares en los cuales él sabe que puede beber demasiado; un estudiante, al que se ha castigado por su falta de estudio, puede evitar las situaciones que le distraigan de su trabajo. Otra posibilidad, todavía, sería la de cambiar de ambiente, de tal forma que en ese nuevo contexto su misma conducta anterior ya no resulte punible. Reducimos las contingencias naturales de castigo cuando reparamos una escalera en mal estado: de esta forma es menos probable que nos caigamos de ella. Y debilitamos las contingencias punitivas de tipo social frecuentando, por ejemplo, amigos más tolerantes.

Otra estrategia podría ser la de modificar la probabilidad de que cierta conducta punible tenga lugar. Una persona a la que se le castiga frecuentemente por causa de su carácter fácilmente irascible, hará bien en contar hasta diez antes de actuar; y evita el castigo si, mientras está contando, su inclinación a actuar de modo agresivo amaina hasta un nivel ya más razonable. O puede también probablemente hacerse menos acreedor al castigo por medio de innovaciones en su condición fisiológica, controlando su agresividad, pongamos por caso, al tomar un tranquilizante. El hombre ha recurrido incluso a procedimientos quirúrgicos — castrándose, por ejemplo, o siguiendo al pie de la letra el consejo bíblico de cortarse la mano que es ocasión de pecado—.

Las contingencias punitivas pueden inducir también al hombre a crear o construir ambientes en los cuales puede llegar a comportarse en formas que hagan desaparecer las ocasiones punibles; se evita problemas manteniéndose Ocupado con cosas que no se castigan, como "haciendo alguna otra cosa" tenazmente. (Gran parte de la conducta que a primera vista pudiera parecer irracional, en el sentido de que no parece tener consecuencias reforzadoras positivas, puede en cambio tener el efecto de evitar otra conducta sujeta, ésta sí, a castigo.) La persona puede incluso llegar a tomar medidas que fortalecen ciertas contingencias que, en su experiencia, resultan de gran eficacia para dejar de comportarse de modo punible: puede, por ejemplo, tomar alguna droga bajo cuya influencia el tabaco o la bebida tengan fuertes consecuencias aversivas, tales como náusea; o puede someterse a sí mismo a posibles sanciones más fuertes, de tipo ético, religioso o cívico.

Todas éstas son las cosas que la persona puede hacer para reducir las posibilidades de ser castigada por su conducta. Pero también pueden ser hechas, en su lugar, por otra persona. La tecnología física ha reducido sensiblemente las ocasiones por causa de las cuales las personas son castigadas por vías naturales, y los ambientes sociales han cambiado lo suficiente como para reducir igualmente de modo sensible las ocasiones de castigo por parte de otros. Podemos indicar algunos recursos familiares en los que se ponen de manifiesto estos procesos.

El peligro de conducta punible puede ser disminuido creando circunstancias en las cuales difícilmente dicha conducta pueda ocurrir. El modelo arquetípico es el claustro. En un mundo en el que no hay a mano sino alimentos frugales, y en cantidad moderada, nadie queda sujeto al castigo natural de la indigestión, o al castigo social de ser despreciado por glotón, o al castigo religioso de la gula, pecado venial. Una conducta heterosexual resulta imposible cuando existe la segregación sexual, y la conducta sexual por sustitución, evocada por la pornografía, resulta imposible por la absoluta ausencia de material pornográfico. La "Ley seca" o la "Prohibición" fue un intento de controlar el consumo de alcohol retirándolo del medio ambiente. Aun ahora se practica en ciertos estados de la Unión, y parcialmente en casi todos ellos, hasta el punto de que en casi ningún sitio se le vende a menores de dieciocho años, o a nadie en absoluto a según qué horas del día o en según qué días del año. El cuidado del alcohólico, bajo tratamiento en una institución, normalmente implica el control de abastecimiento. Y el uso de otras drogas que crean hábito todavía está controlado de la misma forma. Cuando la conducta agresiva no tiene otro remedio posible, se imposibilita mediante la reclusión incomunicada de la persona interesada: en ese caso ya no tiene a nadie cerca al que poder agredir. El robo se controla poniendo bajo llave, a buen recaudo, cuanto pueda ser robado.

Otra posibilidad es la de destruir las contingencias bajo las cuales la conducta objeto de castigo resulta reforzada. Un carácter irascible va suavizándose cuando no se le hace ningún caso; la conducta agresiva queda atenuada cuando el que la padece se convence de que con ello no consigue nada, y el exceso de comida puede remediarse no haciendo los alimentos tan apetitosos. Otro recurso consiste en arreglárselas para que las circunstancias permitan que la conducta no resulte motivo de castigo. San Pablo recomendaba el matrimonio como medio de reducir formas objetables de conducta sexual, y hasta la pornografía ha sido recomendada por las mismas razones. La literatura y el arte permiten "sublimar" otras clases de conducta de algún modo problemática. La conducta punible se puede también suprimir mediante el refuerzo vigoroso de alguna otra conducta que la desplace.

Los deportes organizados son, con frecuencia, promovidos bajo el presupuesto de que pueden proporcionar un ambiente adecuado, en el cual la juventud esté tan ocupada que pueda olvidarse de ciertos problemas que les pueden causar complicaciones. Si todo esto fracasa, quizá la conducta punible pueda evitarse con más garantías de éxito mediante el cambio de las condiciones fisiológicas. Se puede hacer uso de las hormonas para cambiar determinadas conductas sexuales, operaciones quirúrgicas (como la lobotomía) para controlar la violencia, tranquilizantes para controlar la agresividad, y algunas drogas que quitan el apetito para controlar el exceso de alimentación.

Algunas de estas medidas resultan con frecuencia incompatibles unas con otras, y pueden tener consecuencias imprevisibles. Los hechos demostraron que era imposible controlar el suministro de alcohol durante la "Ley Seca", y la radical separación de sexos puede derivar en homosexualismo. La supresión excesiva de conductas, que de lo contrario serían reforzadas vigorosamente, puede que conduzca a la defección y al alejamiento del castigado del grupo que castiga. Estos problemas son en esencia solubles, con todo; y debería ser posible la organización de un mundo en el cual rara vez se produzca una conducta acreedora de castigo, o incluso no se produzca nunca. Nosotros intentamos organizar este posible mundo para aquellos que no pueden solucionar por sí mismos el problema del castigo, como en el caso de los niños, los retardados de cualquier tipo, o los psicópatas, y si esto pudiera conseguirse para toda persona, nos ahorraríamos mucho tiempo y energía.

Los defensores de la libertad y la dignidad se oponen a la solución de este problema del castigo con estos procedimientos. Un mundo tal engendraría tan sólo bondad automática. T. H. Huxley no vio nada malo en este intento: "Si algún gran poder estuviera de  acuerdo en hacerme siempre pensar lo que es verdad y hacer lo que es correcto, con la condición de convertirme en algo así como un reloj y se me diera cuerda cada mañana antes de saltar de la cama, cerraría el trato instantáneamente". Pero Joseph Wood Krutch se refiere a este hecho como a una apenas creíble posición de un "protomoderno", y comparte la despectiva actitud de T. S. Eliot por "sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno".

El problema está en que cuando castigamos a una persona por su mala conducta, dejamos que sea ella misma la que descubra cómo comportarse bien, y así pueda ser elogiada por comportarse de modo adecuado. Pero si se comporta bien por las razones que acabamos de examinar antes, será más bien el ambiente el que deba ser elogiado. Queda en juego uno de los atributos del hombre autónomo. Los hombres deben comportarse bien solamente porque son buenos. Bajo un sistema "perfecto" nadie necesita la bondad.

Por supuesto, existen razones válidas para minusvalorar a una persona que es buena sólo automáticamente, pues en ese caso sería menos persona. En un mundo en el que el hombre no necesita trabajar arduamente, no aprenderá a conservar el trabajo arduo. En un mundo en el que la ciencia médica ha aliviado el dolor, el hombre no aprenderá a encajar bien los estímulos dolorosos que se produzcan. En un mundo que fomenta la bondad automática, nadie aprenderá a aceptar el castigo asociado con la mala conducta.

Preparar a las personas para un mundo en el cual no puedan comportarse bien automáticamente, exige que esas personas sean instruidas de forma adecuada, pero esto no significa un ambiente permanentemente punitivo, y no hay razón alguna por la que deba impedirse el progreso en busca de un mundo en el cual la gente pueda comportarse bien automáticamente. El problema no es inducir a la gente a ser buena, sino a que se comporte bien.

La cuestión estriba de nuevo en la visibilidad del control. Conforme es más difícil ver las contingencias del ambiente, la bondad del hombre autónomo llega a ser más aparente, y existen diversas razones por las cuales el control punitivo se convierte en algo menos visible. Un procedimiento simple para evitar los castigos es eludir a los que los administran. Ciertas actividades sexuales se transforman en subrepticias, y un hombre violento solamente ataca cuando la policía no está cerca. Pero quien castiga puede compensar esto escondiéndose. Los padres con frecuencia espían a sus hijos sin que éstos caigan en la cuenta, y la policía puede usar traje de paisano. El escape entonces debe llevarse a cabo de modo más sutil. Aunque los automovilistas obedecen los límites de velocidad solamente cuando está visible la policía, también es posible controlarlos por medio del radar; pero en ese caso el automovilista puede instalar en su propio coche un artefacto electrónico que le dirá si el radar está en funcionamiento o no. Un Estado que transforma a todos sus ciudadanos en espías, o una religión que fomenta el concepto de un Dios omnividente hace prácticamente imposible eludir a quien castiga, y las contingencias punitivas adquieren entonces su máximo grado de eficacia. La persona puede comportarse bien aunque no exista una supervisión visible. Pero la ausencia del supervisor con frecuencia es mal interpretada.

 Normalmente se dice que el control se convierte en interior, lo cual es simplemente otra forma de decir que pasa del ambiente al hombre autónomo, pero lo que sucede en realidad es que pasa a ser algo menos visible. Un género de control que se dice interno podría quedar representado por el concepto judeo-cristiano de conciencia, o por el superego freudiano. Estos agentes interiores hablan quedamente, en voz baja, diciéndole a una persona lo que debe hacer y, en particular, lo que no debe hacer. Las palabras se originan en la comunidad. La conciencia y el superego sustituyen y representan en cierta forma a la comunidad —tienen un papel vicario en el sentido bíblico-etimológico de la palabra—, y tanto teólogos como psicoanalistas por igual reconocen sus orígenes externos. Cuando el Viejo Adán, o el id, hablan en favor del bien personal manifestado por la cualidad genética del hombre, la conciencia o el superego hablan en nombre de lo que es bueno para otros.

La conciencia o el superego no surge simplemente como consecuencia de la desaparición aparente de quien castiga. Sino que representan un número de prácticas auxiliares que le dan más efectividad a las prácticas punitivas. Ayudamos a una persona a que evite el castigo advirtiéndole de las contingencias punitivas, le aconsejamos que no se comporte de forma tal que se haga acreedora con toda probabilidad al castigo, y le indicamos que se comporte de modo tal que no sea castigada. Muchas leyes civiles y religiosas tienen estos efectos: describen las contingencias concretas bajo las cuales determinadas formas de conducta son castigadas y otras no.
 Refranes, proverbios y otras formas diversas de sabiduría popular, proporcionan con frecuencia reglas útiles de tipo práctico. "Mira antes de saltar" es un mandato derivado del análisis de cierta clase de contingencias: saltar sin mirar puede ser más verosímilmente castigado que si se mira previamente, y entonces no se salta, o bien se salta con más cuidado. "No robes" es también un consejo que se deduce de las contingencias sociales: la comunidad castiga a los ladrones.

La persona, de esta forma, puede evitar o eludir totalmente el castigo siguiendo las reglas de conducta que otras personas han deducido de las contingencias punitivas, del ambiente natural o social. Tanto las reglas, como las contingencias que originan esa conducta dictada por las mismas reglas, pueden ser obvias; pero también se pueden aprender para recordarlas más tarde, y el proceso de esta forma se convierte en algo invisible. El individuo es el que se dice a sí mismo lo que debe hacer y lo que no debe hacer, y puede ser fácil perder de vista el hecho de que ha aprendido a comportarse así por medio de la comunicación verbal. Cuando una persona deduce sus propias reglas a partir del análisis de las contingencias punitivas, estamos particularmente inclinados a elogiarle por la buena conducta que de ahí se sigue, pero en realidad sucede que los pasos visibles se han perdido progresivamente en el pasado.

Cuando las contingencias punitivas son parte simplemente de un ambiente no-social, resulta razonablemente claro lo que sucede. No permitimos que una persona aprenda a conducir un automóvil exponiéndola a contingencias punitivas graves. No le enviamos sin más a una carretera abarrotada, sin que se haya preparado convenientemente para responsabilizarle luego de cuanto suceda. Le instruimos en lugar adecuado para que adquiera seguridad en la conducción del coche. Le enseñamos las reglas de la circulación. Se le permite que comience a conducir un coche preparado al efecto, de tal forma que las posibles contingencias punitivas se reducen, o incluso desaparecen por completo. Entonces —y sólo entonces— le llevamos ya a la carretera, pero a una de segundo orden o con muy poco tráfico. Si tenemos éxito, habremos conseguido un nuevo conductor sin haberle expuesto a castigo de ninguna clase, aunque sea cierto que las contingencias bajo las cuales tendrá que conducir durante el resto de su vida sigan siendo altamente punitivas. Probablemente digamos, sin reserva, que ese aprendiz de conductor ha adquirido el "conocimiento" que necesita para conducir con seguridad, o que ahora es ya un "buen conductor" en lugar de una persona que conduce bien.

Cuando las contingencias son de tipo social, y muy en particular cuando quedan determinadas por una organización religiosa, tendemos mucho más probablemente a deducir un "conocimiento interno del bien" o una bondad interior. La bondad a la que se atribuye una buena conducta es parte del valor o dignidad de una persona, y muestra la misma relación inversa con la visibilidad del control. Atribuimos el máximo de bondad a las personas que nunca se han comportado mal, y que, por consiguiente, nunca han sido castigadas, y que se comportan bien además sin seguir reglas. Jesús suele ser presentado habitualmente como el prototipo de esta clase de persona. Y deducimos una bondad en menor grado en aquellos que se comportan bien, pero solamente porque ya han sufrido algún castigo. El pecador arrepentido puede llegar a parecerse a un santo natural, pero el hecho de que, durante algún tiempo al menos, haya estado expuesto a contingencias punitivas implica cierta limitación en su bondad natural.

Parecido a éste del pecador arrepentido es el caso de cuantos han analizado las contingencias punitivas de sus respectivos ambientes y deducen normas de conducta para evitar el castigo. Un grado menor de bondad se atribuye a quienes siguen reglas o normas formuladas por otros, y ya en mucha menor medida si esas normas, y las contingencias que mantienen esa conducta dirigida por reglas, resultan enteramente evidentes. No atribuimos bondad alguna a cuantos se comportan bien solamente bajo la supervisión constante de un agente externo punitivo, como por ejemplo la policía.

La bondad, como otros aspectos del valor o dignidad, crece en la medida en que se desvanece el control visible, y lo mismo ocurre, por supuesto, en lo que respecta a la libertad. John Stuart Mill opinaba que la única bondad digna de tal nombre era la de la persona que se comportaba bien aunque pudiera hacerlo mal, y que solamente tal persona era en verdad libre. Mill no estaba de acuerdo con la opinión de aquellos que propugnaban el cierre de las casas de prostitución; debían permanecer abiertas para que la persona adquiriera la libertad y la dignidad por medio del dominio de sí misma. Pero el argumento sólo resulta convincente si no prestamos atención a las razones por las cuales las personas se comportan bien, cuando aparentemente sería posible que se comportaran mal. Una cosa es prohibir el uso de los dados y los naipes, la venta de alcohol y cerrar las casas de prostitución, y otra cosa diferente resulta convertir todo ello en aversivo, como por ejemplo castigando la conducta que ellas fomentaban, o denominándolas tentaciones maquinadas por el diablo, o describiendo con negras tintas el destino trágico del borracho o las enfermedades venéreas producidas por el contacto con prostitutas. El efecto puede que sea el mismo: quizá la gente no juegue, no beba, ni vaya a casas de prostitución. Pero el hecho de que en un ambiente no puedan hacerlo y en otro ambiente no lo hagan —aunque pudieran hacerlo— es algo que no tiene nada que ver con la bondad o la libertad, sino más bien con las técnicas de control.

En un ambiente, las razones para comportarse bien son claras; en el otro, fácilmente son descuidadas, o incluso olvidadas. Se asegura a veces que los niños no están preparados para el ejercicio de la libertad y el autodominio hasta que tienen uso de razón, y que mientras esto sucede deberán ser conservados en un ambiente seguro, o bien ser castigados. Si el castigo puede ser pospuesto hasta que esos niños lleguen al uso de razón, en tal caso es probable que pueda evitarse por completo. Pero esto significa simplemente que los ambientes seguros y el castigo son las únicas medidas a mano hasta que " el niño quede expuesto a las contingencias que le proporcionen otras razones para comportarse bien. Las contingencias apropiadas, con frecuencia no pueden ser preparadas para los pueblos primitivos, y se manifiesta la misma confusión entre el control visible y el interno cuando se asegura que los pueblos primitivos no están preparados para el uso de la libertad. Para lo que no estén preparados, en todo caso, quizá sea simplemente para un tipo de control que exige una peculiar historia de contingencias.

El concepto de responsabilidad suscita muchos de los problemas relativos al control punitivo, a la vez que constituye uno de los atributos que, según se afirma, distinguen al hombre de otros animales. La persona responsable es alguien "acreedor" a algo. Le elogiamos cuando se comporta bien para que continúe comportándose así, pero casi siempre con más probabilidad utilizamos el término cuando lo que merece, o a lo que esa persona se hace acreedora, es un castigo. Hacemos a una persona responsable de su propia conducta en el sentido de que, por ella, pueda ser castigada justamente o con equidad. Este es asunto, otra vez, de buen gobierno, del uso juicioso de reforzadores, de conseguir "que el castigo se adecúe al crimen". Más castigo del necesario es derroche y puede anular líneas deseables de conducta; mientras que un castigo demasiado insignificante es desperdiciado al no producir efecto alguno.

La determinación legal de la responsabilidad (y la justicia) tiene que ver sobre todo con los hechos. ¿Se comportó efectivamente una persona en la forma que se asegura que lo hizo? ¿Se produjeron las circunstancias exigibles, para que la conducta pueda ser calificada legalmente de punible? Si este es el caso, ¿qué leyes hay que aplicar y qué castigos específicos prevén esas mismas leyes?
Pero existen otros interrogantes que afectan más bien al hombre interior. ¿Fue intencionado o premeditado aquel acto? ¿Se produjo en un momento de ciega ira? ¿Conoce la persona la diferencia entre lo bueno y lo malo? ¿Era consciente de las posibles consecuencias? Todos estos interrogantes concernientes a sentimientos, propósitos, conocimiento, etc., pueden volverse a formular en términos del ambiente al que una persona ha sido expuesta. Lo que una persona "piensa hacer" depende de lo que ha hecho en el pasado y de lo que le ha sucedido como consecuencia de ello. Una persona no actúa porque "esté enfadada", sino que actúa y está enfadada por una razón común, no especificada. El que merezca un castigo o no, teniendo en cuenta todas estas condiciones, es ya una pregunta que se refiere a los resultados probables: ¿se comportará, en caso de que sea castigado, de modo diferente cuando surjan de nuevo circunstancias similares? Existe la tendencia generalizada a sustituir controlabilidad por responsabilidad, y la controlabilidad no se considerará probablemente como posesión peculiar del hombre autónomo, puesto que alude o se refiere a condiciones externas.

El aserto de que "sólo un hombre libre es responsable de su propia conducta" tiene dos sentidos, que dependen de que nuestro interés descanse en la libertad o en la responsabilidad. Si lo que queremos decir es que la persona es responsable, no debemos hacer nada que se interfiera con su ser considerado responsable de sus actos. Si lo que queremos decir, por el contrario, es que la persona es libre, debemos considerarle responsable de su conducta manteniendo las contingencias punitivas, puesto que si se comportara de la misma forma bajo contingencias obviamente no-punitivas, resultaría claro que esa persona no sería libre.

Cualquier progreso hacia un ambiente en el que los hombres sean automáticamente buenos amenaza la responsabilidad. Por ejemplo, en el control del alcoholismo, la práctica tradicional es punitiva. La borrachera se califica de "mala", y otras personas imponen sanciones éticas por tal conducta (la condición generada suele experimentarse como vergüenza); o bien se considera como ilegal y queda sujeta, por tanto, a sanciones por parte de las autoridades civiles (experimentándose la condición generada como culpabilidad); o, finalmente, es calificada de pecaminosa, con el castigo a cargo de organizaciones religiosas (y en este caso la condición generada adopta la forma de lo que se conoce como sentido del pecado). Tal práctica no ha conseguido un éxito evidente, y se han buscado otras medidas de control.

Son significativas en este sentido ciertas evidencias médicas. Varían mucho en las personas, no sólo su capacidad de resistencia al alcohol, sino también el grado de adicción que la bebida despierta. Una vez que una persona ha llegado a convertirse en alcohólica, puede que beba para aliviar graves síntomas de retraimiento que, cuantos no han tenido tales experiencias, no siempre tienen en cuenta. Las implicaciones médicas de esta situación hacen surgir la pregunta concerniente a la responsabilidad del interesado: ¿hasta qué punto es justo castigar a un alcohólico? Desde el punto de vista de la prudencia, ¿podemos esperar que el castigo sea suficientemente efectivo para superar las contingencias positivas opuestas? ¿No deberíamos, más bien, preocuparnos de la condición médica? (Nuestra cultura difiere de la Erewhon de Samuel Butler al no imponer sanciones punitivas a la enfermedad.) En la medida en que la responsabilidad disminuye, el castigo se suaviza.

La delincuencia juvenil es otro buen ejemplo. Desde un punto de vista tradicional, el joven es responsable de obedecer la ley y puede ser justamente castigado si la desobedece, pero resulta difícil mantener contingencias punitivas eficaces, y, en consecuencia, se ha intentado encontrar otras medidas. Parece importante destacar el hecho, que la investigación social hace evidente, de que la delincuencia juvenil es más frecuente en determinadas áreas urbanas y entre la población más pobre. Hay más probabilidad de que una persona robe si resulta que tiene muy poco, o nada en absoluto, propio; si su educación no le ha capacitado para conseguir y mantener un empleo decoroso que le permita ganar lo suficiente como para poder comprar lo que necesita; si hay escasez de puestos de trabajo; si no se le ha enseñado a obedecer las leyes; o si ve frecuentemente a otros quebrantar las leyes impunemente. En tales condiciones, la conducta delincuente queda poderosamente reforzada y sería raro que fuera erradicada por medio de sanciones legales. Las contingencias, por tanto, quedan suavizadas: el delincuente puede ser simplemente advertido o su sentencia suspendida.

La responsabilidad y el castigo disminuyen juntos. El problema auténtico estriba en la efectividad de las técnicas de control. No resolveremos los problemas del alcoholismo y la delincuencia juvenil mediante el aumento del sentido de la responsabilidad. El verdadero "responsable" de la conducta inconveniente es el ambiente, y es, por tanto, ese ambiente lo que debemos cambiar, no ciertos atributos del individuo. Reconocemos esto bien claramente cuando hablamos de las contingencias punitivas en el ambiente natural. Estrellarse de cabeza contra un muro tiene un castigo natural inmediato: golpearse el cráneo. Pero a nadie se le ocurre considerar a un hombre responsable por no estrellarse contra las paredes, ni decimos tampoco que la naturaleza le considere responsable. La naturaleza, simplemente, castiga a quien se lanza contra el muro. Cuando queremos obviar los castigos naturales del mundo circundante, o cuando enseñamos a las personas a comportarse, con el fin de evitar los castigos naturales, como cuando por ejemplo les damos ciertas reglas para que las sigan, no estamos por eso mismo destruyendo la responsabilidad o amenazando la existencia de cualquier otra cualidad oculta. Mucho más sencillamente, estamos haciendo del mundo circundante algo más seguro.

El concepto de responsabilidad queda particularmente debilitado cuando a la conducta se le sigue la pista hasta llegar a ciertos factores genéticos determinantes. Podemos admirar la belleza, la delicadeza y la sensibilidad, pero a nadie se le ocurre culpar a una persona porque sea fea, espástica o daltónica. Sin embargo, causan problemas otras formas de la cualidad genética no tan visibles. Los individuos, probablemente, se diferencian, como se diferencia la especie, en el grado de capacidad para reaccionar con agresividad o en la medida en que su conducta queda reforzada cuando llevan a cabo ciertos actos de agresividad que producen daño. También varía la intensidad de su conducta sexual o el grado en que quedan afectados por refuerzos de este mismo tipo sexual. Por tanto, ¿acaso serán todos igualmente responsables al controlar su agresividad o su conducta sexual? ¿Sería justo castigar exactamente igual a personas con condicionantes tan distintos, como éstos que discutimos pueden llegar a ser? Si no castigamos a una persona por ser coja de nacimiento, ¿acaso deberíamos castigarla por ser temperamentalmente excitable o susceptible en grado sumo a refuerzos de tipo sexual? Recientemente se ha suscitado este tema a propósito de la posibilidad de que muchos criminales muestren anomalías en sus cromosomas.

El concepto de responsabilidad ofrece muy poca ayuda. La cuestión está en la controlabilidad —o posibilidad de control—. No podemos cambiar defectos genéticos a través del castigo; sólo podemos actuar a base de ciertas medidas genéticas, pero que no consiguen eficacia sino a mucho más largo plazo. Lo que debemos intentar cambiar no es en modo alguno la responsabilidad del hombre autónomo, sino las condiciones ambientales o genéticas de las cuales la conducta de la persona humana es tan solo la función.

Aunque hay mucha gente que protesta cuando su conducta puede ser atribuida, mediante un análisis científico, a condiciones externas —lo cual, por tanto, hace desaparecer la posibilidad de que esas personas sean elogiadas o puedan ser admiradas—, es lo cierto, sin embargo, que muy rara vez rechazan esas mismas personas la posibilidad de quedar exoneradas de toda culpa, mediante el uso de los mismos procedimientos. El rudimentario ambientalismo de los siglos dieciocho y diecinueve se usó rápidamente con propósitos de exoneración o disculpa. George Eliot lo ridiculizó. El rector en Adam Bede exclama: "Bien, sí, un hombre no puede robar fácilmente un billete de banco, a menos que ese billete se encuentre convenientemente cerca; pero no nos hará pensar que es un hombre honrado a fuerza de soplar para que el billete caiga cerca y se haga el encontradizo". El alcohólico es el primero que reconoce que está enfermo, y el delincuente juvenil también piensa que no es sino una víctima de un ambiente anterior desfavorable. Si no son responsables, tampoco pueden ser justamente castigados.

La exoneración es, en cierto sentido, el complemento de la responsabilidad. Cuantos toman sobre sí el hacer algo en relación con la conducta humana —por cualquier razón— se convierten ellos mismos en parte del ambiente hacia el cual queda desviada la responsabilidad. Desde el punto de vista tradicional, era el estudiante el que fracasaba, el niño quien se portaba mal, el ciudadano quien violaba la ley, y el pobre resultaba ser pobre precisamente porque era un holgazán. Pero ahora normalmente se dice que no hay estudiantes torpes, sino malos profesores; no niños malos, solamente malos padres; que no hay delincuencia excepto por parte de las organizaciones ejecutivas legales; y que no existen hombres indolentes, sino sólo malos sistemas de incentivos. Pero, por otra parte, debemos preguntar por qué son malos los maestros, los padres, los gobernantes y los hombres de negocios. La equivocación, como habremos de considerar más adelante, estriba en localizar en cualquier parte la responsabilidad, suponer que en algún sitio queda iniciada una secuencia causal.

Como Raymond Bauer ha puesto de relieve, la Rusia comunista proporcionó un caso histórico de interés con respecto a la relación entre el ambientalismo y la responsabilidad personal. Inmediatamente después de la revolución, el gobierno podía muy bien asegurar que por causa de su ambiente que así los había modelado, muchos rusos no tenían educación, eran improductivos, se comportaban mal y no eran felices. El nuevo gobierno podría cambiar el ambiente poniendo en práctica las teorías de Pavlov sobre los reflejos condicionados y todo se transformaría. Pero lo cierto es que en los primeros años de la década de los treinta, el nuevo gobierno ya había tenido esa ocasión y de hecho muchos rusos seguían estando obviamente no mucho mejor informados, no eran más productivos, no se comportaban mejor, ni eran más felices. Entonces cambió la teoría oficial del gobierno, y Pavlov cayó en desgracia, siendo sustituido por una psicología acusadamente voluntarista. Era responsabilidad del ciudadano —y ya solo suya— conseguir educación, rendir en el trabajo, comportarse bien y ser feliz. Había que asegurarse de que el educador ruso aceptara esta responsabilidad, pero no condicionándole. Sin embargo, el éxito ruso en la Segunda Guerra Mundial restituyó la confianza en el principio anterior; el gobierno había obtenido un triunfo después de todo. Podía ser que no resultara completamente eficaz, pero se avanzaba sin duda por el buen camino. Pavlov recuperó su prestigio.La exoneración del controlador rara vez resulta tan fácilmente documentada, pero algo de esto probablemente es lo que siempre sucede implícitamente en el uso continuado de los métodos punitivos. Los ataques contra la bondad automática pueden mostrar preocupación con respecto al hombre autónomo, pero las contingencias prácticas resultan más convincentes.

Las literaturas de la libertad y de la dignidad han convertido el control de la conducta humana en una ofensa punible, en su mayor parte por considerar al controlador, responsable de los resultados aversivos. Quien controla sólo puede eludir la responsabilidad en el caso de que pueda sostener la postura de que el individuo mismo es el que se controla. El profesor que elogia al estudiante aventajado puede también reprocharle cuando es desaventajado. El padre que elogia al niño por sus adelantos puede también echarle en cara sus equivocaciones. Ni el profesor ni el padre pueden ser considerados responsables.

Las fuentes genéticas de la conducta humana resultan de especial utilidad con respecto a la exoneración. Si algunas razas son menos inteligentes que otras, al profesor no se le puede echar en cara que no enseñe igual de bien a las dos. Si algunos hombres nacen criminales, siempre existirán violaciones de la ley por muy eficaz que sea la organización de la policía. Si los hombres se enzarzan en guerras, porque son por naturaleza agresivos, no tenemos por qué avergonzarnos de nuestros fracasos en la conservación de la paz. La preocupación por la exoneración queda indicada por el hecho de que con más facilidad tenemos tendencia a recurrir a la dotación genética para justificar resultados negativos que explicar logros de tipo positivo.

No hay por qué elogiar, o condenar, a cuantos se interesan normalmente por hacer algo respecto a la conducta humana, cuando se producen consecuencias que pueden ser razonablemente atribuidas a cualidades genéticas; si alguna responsabilidad tienen, será más bien en relación con el futuro de la especie. La práctica de atribuir la conducta a la dotación genética —de la especie en su conjunto, o de alguna parte de ella, como una raza o una familia— puede llegar a afectar a las prácticas de reproducción, y eventualmente a otros procedimientos para cambiar tal dotación. Y el individuo contemporáneo puede ser responsabilizado en cierto sentido por las consecuencias de sus actos o de sus omisiones, pero esas consecuencias son remotas y plantean un problema de muy diferente tipo, al que más adelante volveremos.

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- Ver capítulo 1 — Una tecnología de la conducta .
- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el castigo .

- Autor: Burrhus Frederic Skinner (1904-1990) psicólogo, filósofo social estadounidense, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard desde 1948. A través de su trabajo pionero en psicología experimental descubrió el condicionamiento operante. Un impresionante rigor en sus métodos de observación y experimentación le llevo a considerar la conducta como la base para un análisis científico del comportamiento humano. Sin duda, Skinner es uno de los grandes de la Psicología científica moderna.

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