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» » » » » Más allá de la libertad y la dignidad, de B. F. Skinner (2)

Burrhus Frederic Skinner
Más allá de la libertad y la dignidad
(1971)
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- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el Castigo
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2 — Libertad

Casi todos los seres vivos intentan liberarse de todo aquello que, de una u otra forma, les pueda dañar. Un cierto tipo de libertad lo consiguen mediante formas relativamente simples de conducta llamadas reflejos. Una persona estornuda, y libera de este modo sus vías respiratorias de sustancias irritantes. Tiene un vómito, y así elimina de su estómago alimentos que se le han indigestado o que pueden ser perjudiciales. O bien retira instintivamente la mano y evita cortarse o quemarse. Formas más elaboradas de conducta tienen efectos similares. Cuando a una persona la encierran, lucha ("furiosamente") y consigue liberarse. Cuando le amenaza un peligro, una de dos: o huye o ataca la raíz misma de ese peligro. Conductas de esta clase se han desarrollado seguramente gracias a que contribuyen a la supervivencia. Y forman parte de lo que denominamos cualidad o característica genética humana. Al igual que la respiración, la transpiración, o el proceso de digestión. Y mediante el condicionamiento, una conducta semejante puede adquirirse con respecto a nuevos objetos que podrían no haber jugado papel alguno en la evolución. Sin duda son situaciones de menor importancia en la lucha por ser libre, pero no por ello menos significativas. Su última razón de ser no es el amor a la libertad; son simplemente formas de conducta que han demostrado su eficacia en eliminar ciertas amenazas para el individuo, y, consecuentemente, para la especie, a lo largo del proceso de evolución.

Literatura de la libertad

Un papel mucho más importante lo juega la conducta al debilitar estímulos amenazadores con otros procedimientos. Esto no se consigue en forma de reflejos condicionados, sino como producto de un proceso diferente llamado condicionamiento operante. Cuando a un elemento concreto de conducta le sigue determinada consecuencia, es más probable que ocurra de nuevo, y una consecuencia que tiene el efecto de renovar esa conducta de que hablamos, se denomina un reforzador. Algunos ejemplos pueden esclarecer esta afirmación —y el sentido en que se formula—. El alimento es un reforzador del organismo hambriento; y cualquier cosa que haga el organismo que sea seguida por la recepción de ese alimento, muy probablemente se repetirá cuando quiera que el organismo tenga hambre. A algunos estímulos se les llama reforzadores negativos. Y cualquier respuesta que reduzca la intensidad de tal estímulo —o que lo anule— es muy probable que sea emitida al reaparecer el estímulo en cuestión. Así, cuando una persona busca refugio del sol ardiente, y se pone a cubierto, es muy probable que se ponga de nuevo a cubierto tan pronto como el sol vuelva a calentar. La reducción de la temperatura refuerza la conducta de la que "depende" —es decir, la conducta a la que sigue—. El condicionamiento operante también se presenta cuando una persona evita simplemente el sol ardiente —cuando, dicho burdamente, se escapa de la amenaza del calor solar.

Los reforzadores negativos también son denominados "aversivos", en el sentido de que son realidades de las que los organismos "huyen". El término sugiere un distanciamiento espacial —escaparse o huir de algo—, pero, en realidad, la relación esencial es temporal. En un mecanismo standard, usado para estudiar este proceso en el laboratorio, una respuesta arbitraria simplemente debilita un estímulo aversivo o lo hace desaparecer. El resultado de esta clase de lucha por la libertad cristaliza en una dosis importante de tecnología física. A lo largo de los siglos, y de una forma anárquica, los hombres han ido construyendo un mundo en el cual se encuentran libres de muchos géneros de amenazas o estímulos perjudiciales —temperaturas extremadas, focos infecciosos, trabajos arduos, peligro, y aun de aquellos estímulos aversivos que conocemos con el nombre de incomodidades.

El escape y la evitación juegan un papel mucho más importante en la lucha por la libertad cuando las condiciones que llamamos adversivas son producidas por otras personas. Porque esas personas pueden convertirse en aversivas sin que ellas mismas, por decirlo así, lo pretendan: pueden ser groseras, peligrosas, contagiosas o molestas. Y, en consecuencia, se les huye o uno intenta evitarlas en cuanto pueda. También pueden ser aversivas "intencionadamente", esto es, pueden tratar a otras personas aversivamente por causa de las consecuencias que se derivan de esa conducta. Por ejemplo, un capataz de esclavos induce al esclavo a trabajar azotándole cuando se detiene en su labor; al reanudar el trabajo, el esclavo se libra del azote (e indirectamente refuerza la  conducta del capataz, que volverá a usar el látigo apenas el esclavo se detenga). Un padre puede regañar al hijo, hasta que el hijo haga  lo que se le pide: y al hacer lo que se le pide, el niño se libera de la reprimenda (y refuerza de esta forma la conducta de su padre,  quien recurrirá de nuevo a la amonestación puesto que surte efecto). El chantajista amenaza a su víctima con descubrirle, a menos que le pague; al pagar, la víctima se libera de la amenaza (e indirectamente refuerza la práctica del chantaje). Un maestro amenaza con castigos corporales o suspensos hasta que el estudiante preste atención; al prestar atención, el estudiante evita el palmetazo o  la mala nota (y refuerza al maestro, que seguirá utilizando el mismo género de amenazas). De una u otra forma, el control aversivo intencional es el esquema de la mayor parte de la relación social: en ética, en religión, gobierno, economía, educación, psicoterapia y en la vida familiar.

Una persona elude o evita el tratamiento aversivo comportándose de forma que refuerza a aquellos que le amenazaban aversivamente en tanto no se comportara de ese modo. Pero también puede evitar esa situación con otros procedimientos. Por ejemplo, poniéndose lejos del alcance de aquellos que le pueden amenazar. Un esclavo puede fugarse; un ciudadano, emigrar, presentar la dimisión de un gobierno, desertar del ejército, abjurar de una religión, hacer novillos, escaparse de casa, o  inhibirse de una cultura convirtiéndose en vagabundo, eremita o hippie. Semejante conducta es tanto un producto de condiciones aversivas cuanto la conducta que esas condiciones pretendían evocar. Esto último sólo puede garantizarse agudizando las contingencias o echando mano de estímulos aversivos más fuertes.

Otro modo anómalo de liberación o huida es atacar a aquellos que son causa de esas condiciones aversivas y debilitar o destruir su fuerza. Podemos atacar a aquellos que nos violentan o nos molestan, del mismo modo que atacamos, para destruirlos, los hierbajos en nuestro jardín. Pero también ahora la lucha por la libertad se dirige principalmente contra agentes de control intencionados —contra aquellos que amenazan a otros aversivamente, induciéndoles a comportarse de una forma determinada—. Así, por ejemplo, un niño puede enfrentarse a sus padres, un ciudadano puede derrocar un gobierno, un creyente puede reformar una confesión religiosa, un estudiante puede atacar a un profesor o destrozar la escuela y un marginado puede prestar su colaboraciónpara destruir una cultura.

Es posible que la cualidad genética del hombre soporte esta lucha por la libertad de modo positivo sin dejarse aniquilar: cuando a la gente se la trata aversivamente, tiende a reaccionar con agresividad, o a ser reforzada por signos que muestran que ha  infligido un daño a los demás. Ambas tendencias puede que hayan tenido indudable importancia en el proceso de la evolución, importancia que se puede fácilmente demostrar. Si dos organismos que han estado coexistiendo pacíficamente sufren algún shock doloroso, inmediatamente reaccionan mostrando modos característicos de agresión, uno contra el otro. La agresividad no siempre va dirigida necesariamente contra la fuente real misma de estimulación; puede sufrir una "desviación" hacia cualquier persona u objeto adecuados. El vandalismo y los tumultos callejeros con frecuencia no son sino formas de agresión desviadas o mal dirigidas. Un organismo víctima de una convulsión dolorosa reaccionará, si puede, imponiéndose a otro organismo al que poder hacer víctima, a su vez, de su propia agresividad. Hasta qué punto la agresividad humana ejemplifica las tendencias innatas, es algo que aún no  está claro. Y muchas de las formas en que la persona ataca, para debilitar o destruir el poder de controladores intencionados, han sido obviamente aprendidas.

Lo que bien podríamos denominar "literatura de la libertad" ha sido esencialmente concebida para inducir a la gente a escapar, o bien a atacar, de o a aquellos que actúan para controlarlos aversivamente. El contenido de esta literatura es la filosofía de la libertad, pero las filosofías se cuentan entre aquellas causas internas que deben ser sometidas a un cuidadoso escrutinio. Decimos a veces que una persona se comporta de un modo determinado, como consecuencia de su propia filosofía. Pero el hecho es que, en realidad, deducimos esa filosofía a partir de su conducta y, por tanto, no podemos utilizarla como explicación satisfactoria, a  menos que, a su vez, sea debidamente explicada. La literatura de la libertad, por otra parte, tiene un status objetivo muy simple.  Consta de libros, folletos, manifiestos, discursos y otros productos verbales, pensados con el propósito directo de incitar a la persona a que se libere a sí misma de diversas clases de control intencionado. Esta literatura en realidad no imparte una autentica filosofía de la libertad; simplemente, estimula a la gente a actuar.

Esta literatura con frecuencia pone de relieve las condiciones que venimos denominando "aversivas" en las que la gente vive, quizá contrastándolas con las condiciones de vida en otro mundo más libre. Por tanto, convierte esas condiciones descritas en algo más aversivo todavía "aumentando la desgracia" de aquellos a quienes pretende liberar. También identifica, sin lugar a dudas, a aquellos de quienes debemos liberarnos, o a los poderosos contra quienes tenemos que dirigir nuestros ataques para debilitar su poder. Los malvados característicos —villanos en la terminología folletinesca— son los tiranos, los curas, los generales, los capitalistas, los profesores autoritarios y los padres impositivos.

También describe la literatura de la libertad modos concretos de acción. No se refiere demasiado a la huida propiamente dicha, quizá porque todo consejo en este sentido realmente huelga. En su lugar pone de relieve cómo controlar el poder, debilitándolo o destruyéndolo de raíz. Los tiranos deben ser derrocados, relegados al ostracismo o asesinados sin más. La legitimidad de todo gobierno es puesta en tela de juicio. Hay que desafiar la capacidad de cualquier institución religiosa que asuma el papel de intermediaria de lo sobrenatural y que se erija ella misma en árbitro de esa mediación. Hay que organizar huelgas y boicots que debiliten el poder económico que fomenta prácticas aversivas en su propio beneficio. Se vigoriza el argumento mediante la exhortación para que la gente actúe, describiendo posibles resultados concretos, y recordando ocasiones en que el éxito se ha producido cuando se actuó de acuerdo con el modelo que ahora se aduce como testimonio, etc.

Pero los hipotéticos controladores, por supuesto, no permanecen mano sobre mano. Los gobiernos hacen que la huida resulte algo quimérico prohibiendo los viajes, castigando severamente, encarcelando a los defectores. Ponen a buen recaudo el armamento y otros instrumentos de poder, lejos del alcance de los revolucionarios. Destruyen la literatura escrita relativa a la libertad y  encierran o eliminan a cuantos la transmiten oralmente. Si la lucha por la libertad ha de triunfar, debe ser entonces intensificada.

La importancia de la literatura de la libertad apenas puede ser puesta en duda. Sin ayuda o guía, la gente se somete a condiciones aversivas de la forma más sorprendente. Esto es cierto aun cuando las condiciones aversivas formen parte del entorno natural. Darwin observó, por ejemplo, que los patagones aparentemente no hacían esfuerzo alguno para protegerse del frío; casi no usaban vestidos, y aun de la poca ropa de que usaban apenas se servían para protegerse de las adversas condiciones climatológicas. Y uno de los hechos más sorprendentes, con relación a la lucha por la liberación de un control intencional, se refiere a la  frecuencia con que dicha lucha ha brillado por su ausencia. Mucha gente se ha sometido durante siglos enteros a los controles más obvios, en el terreno religioso, político o económico, luchando por la libertad sólo esporádicamente, e incluso, a veces, nunca. La literatura  de lalibertad ha contribuido de manera especial a la desaparición de muchas prácticas aversivas, en lo político, lo religioso, en sistemas educativos, vida familiar o producción de bienes de consumo.

Las contribuciones de la literatura de la libertad, sin embargo, no son descritas normalmente en estos términos. Se podría decir quizá que algunas teorías tradicionales definen la libertad como la ausencia de control aversivo, pero el énfasis se ha puesto en general en cómo semejante condición se siente o se experimenta. Otras teorías tradicionales han definido la libertad, por su parte, presumiblemente como el estado de una persona cuando se comporta bajo control no-aversivo, pero en este segundo caso el énfasis recae sobre un estado mental asociado al hecho de hacer lo que a uno le parece. De acuerdo con John Stuart Mill, "la libertad consiste en hacer lo que uno quiere hacer". La literatura de la libertad ha contribuido de modo importante a cambiar la práctica (o, dicho de otro modo, ha cambiado la práctica, en todo caso, allí donde ha tenido algún efecto de cualquier forma), pero, sin embargo, se le han atribuido, como una de sus funciones, los cambios mentales o de sensibilidad. La libertad es una "posesión". Una persona escapa, o destruye el poder de otra persona que le controla, para llegar a sentirse libre; y una vez que se siente libre y puede hacer lo que desea, ya no se recomienda nada más. La literatura de la libertad ya no prescribe ninguna otra norma, excepto quizá la de mantenerse alerta a todo trance, continuamente, no sea que el control reapareciese.

El sentimiento de libertad se convierte en guía inseguro para la acción tan pronto como los posibles controladores recurren a medidas no-aversivas, como es casi seguro que hagan para evitar los problemas surgidos cuando el controlado escapa o ataca. Las medidas no-aversivas resultan menos notorias que las aversivas, y normalmente se recurre a ellas con más parsimonia, pero tienen ventajas obvias que aconsejan su uso. El trabajo productivo, por ejemplo, fue durante algún tiempo el resultado del castigo: el esclavo trabajaba para evitar las consecuencias desagradables que se hubieran seguido de su holgazanería. Los salarios, en cambio, ejemplifican bien un principio distinto: a una persona se le paga cuando se comporta de una manera determinada, para que siga comportándose de la misma forma. Aunque hace ya mucho tiempo que se ha descubierto la eficaz utilidad de las recompensas, sin embargo los sistemas de salarios han evolucionado muy lentamente. En el siglo XIX se pensaba que una sociedad industrial requería masa trabajadora hambrienta; los salarios solamente serían eficaces en la medida en que el trabajador pudiera cambiarlos por alimentos. Al convertirse el trabajo en algo menos aversivo —por ejemplo, reduciendo la jornada o mejorando las condiciones materiales de ese trabajo— ha sido posible encontrar hombres que trabajaran para obtener recompensas menores. Hasta muy recientemente la enseñanza era algo casi por completo aversivo: el estudiante estudiaba para evitar las consecuencias desagradables que se le seguirían si no estudiaba, pero se han ido descubriendo técnicas pedagógicas no-aversivas, gradualmente aplicadas. El padre hábil comprende que es mejor premiar al niño por su buena conducta que castigarle cuando se porta mal. Las organizaciones religiosas van abandonando las antiguas amenazas al fuego del infierno para enfatizar más el amor a Dios. Y los gobiernos abandonan castigos aversivos sustituyéndolos por diversas clases de estímulos, como habremos de ver un poco más adelante. Lo que el profano llama un premio es, en realidad, un "reforzador positivo" cuyos efectos han sido estudiados de manera exhaustiva en el análisis experimental de la conducta operante. No es posible reconocer sus efectos con la misma facilidad con que se reconocen los producidos por contingencias aversivas porque aquéllos quedan diferidos, es decir, se presentan sólo más tarde, y sus aplicaciones son consecuentemente retrasadas. Pero, en realidad, se dispone actualmente de técnicas tan poderosas como pudieran serlo las antiguas técnicas aversivas.

El defensor de la libertad se encuentra con un problema que le sale al paso cuando la conducta originada por el reforzamiento positivo tiene consecuencias aversivas diferidas. Muy posiblemente éste ha de ser casi siempre el caso cuando se utiliza el proceso en control intencionado, en el que la ganancia para quien controla suele significar una pérdida para el controlado. Lo que se denominan reforzadores positivos condicionados pueden tener con frecuencia resultados aversivos diferidos. El dinero es un ejemplo. Sólo refuerza cuando ha sido cambiado por cosas que refuerzan —y no es juego de palabras—. Pero de hecho puede ser usado como reforzador aun cuando el intercambio no sea posible. Un billete falso, un cheque sin fondos, un cheque detenido, o una promesa incumplida, son reforzadores condicionados, aunque sus consecuencias aversivas se descubran con frecuencia muy rápidamente. El modelo arquetipo en este caso es un ladrillo dorado con apariencia de lingote de oro. El contracontrol se produce rápidamente: escapamos de quienes abusan de reforzadores condicionados de esta manera, o bien les atacamos. Pero este abuso, por parte de muchos de estos reforzadores sociales, pasa desapercibido con frecuencia. La atención personal, el elogio y el afecto, son normalmente reforzantes sólo en el caso de que ya hayan tenido alguna relación con reforzadores efectivos ya utilizados, pero se pueden también usar cuando falta la relación. El elogio estimulante y las muestras de afecto con los que a padres y maestros se recomienda que solucionen problemas de conducta, puede ser algo engañoso. Porque "ganar amigos" puede hacerse igualmente con el recurso a muchas triquiñuelas, palmaditas en la espalda, por ejemplo, o dando coba.

Los reforzadores genuinos pueden ser usados de modo que tengan consecuencias aversivas. Un gobierno puede evitar la emigración haciendo la vida algo más interesante: proporcionando dosis masivas de pan y circo, fomentando los espectáculos deportivos, el juego, la bebida y otros estimulantes, diversos géneros de conducta sexual, cuyo efecto es mantener a la gente dentro del ámbito en que aquel gobierno puede aplicar sanciones aversivas. Los hermanos Goncourt comprobaron el aumento creciente de la pornografía en la Francia de su tiempo: "La literatura pornográfica" —escribieron— "es servidora de un sub-Imperio... Se puede domar a un hombre como se doma a un león, por medio de la masturbación". También se puede abusar del refuerzo positivo genuino  porque la cantidad indiscriminada de reforzadores no es proporcional al efecto que se consigue sobre la conducta. El refuerzo, normalmente, es sólo intermitente y su adecuada dosificación es más importante que su misma cantidad. Ciertas dosificaciones generan una gran "cantidad de conducta" a cambio de un muy pequeño refuerzo, y semejante posibilidad, naturalmente, no ha pasado desapercibida para los potenciales controladores. Dos ejemplos podemos mencionar en que su práctica va en perjuicio de los afectados. En el sistema de incentivos conocido como pago por pieza hecha, al trabajador se le paga una cantidad determinada por cada unidad de trabajo realizada. El sistema parece garantizar el equilibrio entre los bienes producidos y el dinero recibido. Esta distribución resulta atractiva para la empresa, que puede calcular de antemano los costes de producción, y también para el trabajador, que puede saber con exactitud la cuantía de su ganancia. Este llamado programa de refuerzo de razón fija puede ser usado, sin embargo, para originar gran cantidad de conducta por muy escasa retribución. Induce al trabajador a trabajar de prisa, y el procedimiento puede ser "distendido" —es decir, puede pedirse más trabajo por cada unidad, sin correr, por otra parte, el riesgo de que el trabajador cese en su labor—. Su consecuencia última —trabajo duro con muy poca paga— puede llegar a ser extremadamente aversiva.

Un programa relacionado, llamado de razón variable, constituye el fundamento de todos los sistemas de juego. Una empresa de juego paga a la gente para que ésta le dé dinero, es decir, les paga a esas personas cuando éstas apuestan. Pero paga con un procedimiento que hace persistir las apuestas aunque, a la larga, la cantidad pagada sea mucho menor que la cantidad apostada. Al principio, la variable puede ser favorable al apostante; entonces, "gana". Pero luego la variable se puede "distender" de tal forma que el jugador siga jugando aun cuando empiece a perder. Esa distensión de la variable puede ser accidental (un primer golpe de buena suerte que va gradualmente empeorando ha sido de hecho el comienzo de jugadores empedernidos). O bien la variable se somete a un proceso de distensión controlada por alguien que domina el truco. A la larga, la "utilidad" es negativa: el jugador lo pierde todo.

Es difícil manejar eficazmente las consecuencias aversivas diferidas porque no siempre ocurren en momentos en que la huida o el ataque son factibles —cuando, por ejemplo, el controlador puede ser fácilmente identificado o está a mano—. Pero el reforzamiento inmediato es positivo y no es puesto en tela de juicio. El problema que tienen que resolver cuantos se preocupan por la libertad, es el de la creación de consecuencias aversivas inmediatas. Un problema clásico se refiere al "dominio de sí mismo". Una persona come demasiado, sufre una indigestión, pero mejora... para comer de nuevo demasiado. Los alimentos exquisitos, o la conducta que ellos provocan, deben hacerse lo suficientemente aversivos como para que la persona "huya de ellos" no comiendo. (Se podría pensar que sólo puede escapar antes de comerlo, pero los romanos escapaban después mediante el uso de un vomitivo.) Los estímulos aversivos normales pueden ser condicionados. Algo así se hace cuando al comer demasiado se le considera malo, glotonería, o algo pecaminoso. Otras clases de conducta, cuando se quieren suprimir, son declaradas ilegales, y castigadas en consecuencia. Cuanto más diferidas sean las consecuencias aversivas, tanto mayor es el problema planteado. El llegar a conseguir que hayan afectado a la conducta las últimas consecuencias de fumar cigarrillos ha exigido la "orquestación" de enormes medios. Una afición arraigada, un deporte, una aventura amorosa o un salario muy elevado,' pueden llegar a anular otras posibles actividades que, a largo plazo, podrían ser mucho más estimulantes. Lo malo es que el plazo es demasiado largo como para que sea posible un contracontrol. Esta es la causa por la cual el contracontrol es ejercido, en el mejor de los casos, solamente por aquellos que sufren consecuencias aversivas pero que no quedan sujetos a refuerzos positivos. Se dictan leyes contra el juego, los sindicatos obreros rechazan el llamado pago por pieza terminada, y a nadie se le permite contratar niños asalariados, o pagar a personas que se avengan a según qué prácticas inmorales. Pero estas medidas puede que sean precisamente rechazadas por aquellos a quienes pretenden proteger. El jugador rechaza cualquier ley antijuego, el alcohólico se rebela contra la ley seca. Y un niño o una prostituta es posible que, de hecho, acepten voluntariamente su trabajo al precio que se les señale.

La literatura de la libertad nunca ha llegado a sintonizar profundamente con técnicas de control que no provocan la huida o el contraataque, porque esa literatura siempre ha manejado el problema en términos de estados mentales o sentimientos. En su libro Soberanía, Bertrand de Jouvenel cita a dos importantes figuras de este género de literatura. Según Leibnitz, "la libertad consiste en la capacidad de hacer lo que uno quiere hacer". Y según Voltaire, "cuando hago lo que yo quiero hacer: en ello estriba mi libertad". Pero ambos escritores añaden una frase para concluir su reflexión. Leibnitz: "...o en el poder querer aquello que se puede conseguir". Y, por su parte, Voltaire dice más cándidamente: "...pero no puedo dejar de querer lo que en verdad quiero". Jouvenel relega estos comentarios a una nota a pie de página, diciendo que la capacidad de querer es asunto de "libertad interior" (¡la libertad del hombre interior!), la cual cae fuera del "juego de la libertad".

Una persona en verdad quiere algo cuando actúa eficazmente por conseguirlo, apenas se le presenta la ocasión. Una persona que dice "quiero algo de comer" presumiblemente comerá cuando encuentre algo a mano. Si dice "quiero calentarme" se refugiará, en cuanto pueda, en algún lugar abrigado. Estos actos fueron reforzados en el pasado por aquello mismo que se deseaba. Lo que una persona siente cuando se experimenta a sí misma deseando algo, depende de las circunstancias. El alimento resulta estimulante precisamente sólo en casos de deprivación, y una persona que necesita algo para comer puede que experimente aspectos de tal estado —por ejemplo, espasmos de hambre—. Una persona que quiere calentarse, normalmente es porque tiene frío. También se pueden experimentar condiciones asociadas con una alta probabilidad de respuesta, junto con aspectos de la ocasión presente que son homologables a aquéllos de ocasiones precedentes, en virtud de los cuales la conducta había sido y sigue siendo reforzada. Elquerer, sin embargo, no es un sentimiento, ni es un sentimiento tampoco la razón por la que una persona busca lo que busca.Ciertas contingencias han suscitado la probabilidad de la conducta y al mismo tiempo han originado condiciones que son susceptibles de ser experimentadas. La libertad es cuestión de contingencias de refuerzo, no de los sentimientos que las contingencias originan. La distinción es especialmente importante cuando esas contingencias no provocan la huida o el contraataque.

La incertidumbre que rodea al contracontrol de medidas no-aversivas queda ejemplificado fácilmente. En los años treinta, en Estados Unidos parecía necesario reducir la producción agrícola. La Ley de Ajuste Agrícola autorizaba al Ministro de Agricultura para llevar a cabo "pagos por renta o por beneficio" a aquellos agricultores que estuvieran de acuerdo en no producir. Hubiera sido anticonstitucional obligarles a reducir la producción, pero el gobierno aseguraba en aquel entonces que solamente les sugería el hacerlo, sin obligar a nadie. Sin embargo, el Tribunal Supremo reconoció el hecho de que la inducción positiva puede llegar a ser tan irresistible como las medidas propiamente aversivas: y falló que "el poder ilimitado para adjudicar o retirar esos pagos porbeneficio, equivale a un poder de coacción o destrucción de esa libertad". La decisión, con todo, fue más tarde revocada cuando el mismo Tribunal Supremo falló, esta vez, que "sostener que el motivo o la tentación equivale a coacción, es abocar a la ley adificultades sin fin". Precisamente algunas de esas dificultades son las que estamos estudiando.

El mismo asunto surge cuando un gobierno organiza una lotería para conseguir ingresos que posibiliten la reducción de impuestos. El gobierno en ambos casos les saca el mismo dinero a los ciudadanos, aunque no necesariamente a los mismos ciudadanos. Organizando la lotería, el gobierno se ahorra ciertas consecuencias indeseables: porque la gente reacciona contra los impuestos altos y los elude, o contraataca con frecuencia, cuando puede, derrocando un gobierno que impone nuevos impuestos aprovechándose de su acceso al poder. Pero la lotería no provoca nunca ninguna de estas consecuencias, aprovechando lo que hemos denominado en otro sitio programa de refuerzo de razón variable. La única oposición proviene en este caso de aquellos que, por principio, se oponen a los negocios de juego, y que muy rara vez juegan.

Un tercer ejemplo es la práctica, en algunos sitios usual, de invitar a los presos para que se ofrezcan como voluntarios en experimentos posiblemente peligrosos, por ejemplo, como conejillos de indias en la contrastación de nuevos medicamentos. A cambio se les ofrece, bien mejores condiciones de vida, o en otros casos reducción de su tiempo de condena. Todo el mundo protestaría si a los presos se les obligara a este tipo de conducta. Pero, en realidad, ¿es que son verdaderamente libres ante este género de reforzamiento positivo? La duda es particularmente válida en el caso en que las condiciones de vida que posiblemente mejoren, y la sentencia que quizá sea acortada, han sido impuestas por el propio Estado.

Este asunto se plantea con frecuencia en formas más sutiles y elaboradas. Se arguye, por ejemplo, que los servicios incontrolados de anticoncepción o aborto "no proporcionan completa libertad para engendrar o no engendrar hijos, ya que esas prácticas cuestan tiempo y dinero". A los miembros de la sociedad económicamente débiles se les debería proporcionar una compensación si se quiere que puedan llevar a cabo una auténtica "decisión libre". Si esa compensación justa equivale exactamente al tiempo y al dinero necesarios para practicar el control de la natalidad, entonces esas personas quedarían efectivamente libres del control ejercido en su conducta por esa pérdida de tiempo y dinero. Pero el que hayan de tener hijos o no, todavía sigue dependiendo de otras circunstancias que no han sido suficientemente especificadas. Si un país refuerza generosamente las prácticas de anticoncepción y aborto, ¿hasta qué punto sus ciudadanos son libres para tener o no tener hijos?

La incertidumbre con respecto al control positivo es evidente en relación con dos observaciones que con mucha frecuencia aparecen en la literatura de la libertad. Se dice que aunque la conducta está completamente determinada, es mejor que el hombre "se sienta libre" o que "crea que es libre". Si esto significa que es mejor estar controlado de modo tal que ese control no ejerza consecuencias aversivas, podemos estar de acuerdo. Pero si esas frases quieren decir que.es mejor estar controlado de manera que nadie ofrezca resistencia, entonces semejante proposición es incapaz de tener en cuenta la posibilidad de consecuencias aversivas diferidas. Una segunda formulación parecería más apropiada: "Es mejor ser esclavo consciente que esclavo feliz". La palabra "esclavo" aclara la naturaleza de las consecuencias últimas que estudiamos: estas consecuencias resultan explotadoras, y, por tanto, aversivas. De lo que el esclavo debe ser consciente es de su propia desgracia. Y por ello la auténtica y peligrosa amenaza estriba en un sistema de esclavitud tan bien pensado que en su seno ya no se produzca la rebelión. La literatura de la libertad va toda ella encaminada a "concienciar" al hombre con respecto al control aversivo, pero en su selección de métodos se incapacita a sí mismo para redimir al esclavo feliz.

Una de las grandes figuras de la literatura de la libertad, Juan Jacobo Rousseau, no temía el poder del esfuerzo positivo. En su notable obra Emilio, daba el siguiente consejo a los maestros:
"Dejad (que el niño) crea que es él quien decide siempre, aunque deba ser el maestro quien siempre decida realmente. No hay más perfecta forma de dominio que aquella que parece respetar la libertad, pues con este procedimiento uno se apodera de la voluntad misma. La pobre criatura, que no sabe nada, incapaz de nada, ignorante por completo, ¿no queda así a vuestra completa merced? ¿Acaso no podéis de esta forma disponer de todo, en el mundo que le rodea? ¿No podéis influir en este niño a voluntad? Su trabajo, su recreo, sus alegrías, sus penas, ¿no están todas ellas en vuestras manos y aun sin que él lo sepa? Sin duda alguna, siempre debería ese niño poder hacer lo que quiera; pero debería querer hacer solamente lo que vosotros queréis que haga. No debería dar un paso que no haya sido previsto por vosotros. No debería abrir la boca sin que vosotros supierais de antemano qué es lo que va adecir".

Rousseau pudo adoptar esta actitud porque tenía fe ilimitada en la bondad de los maestros, que de este modo usarían su absoluto control sólo en bien de sus alumnos. Pero, como veremos más adelante, la bondad no es una garantía contra el abuso de poder, y muy pocas figuras en la historia de la lucha por la libertad han mostrado un optimismo tan desbordado como el de Rousseau. Al contrario, se han ido al extremo opuesto pensando que todo control es malo. Y al actuar así ejemplifican un proceso de conducta denominado generalización. Puesto que muchas formas de control son aversivas —se viene a decir—, bien por su naturaleza, bien por sus consecuencias, luego toda forma de control debe ser repudiada. Los Puritanos dieron un paso más en esta generalización asegurando que la mayor parte de reforzamiento positivo era malo, fuera intencionado o no, por la simple razón de que ocasionalmente perjudicaba a las personas.

La literatura de la libertad ha estimulado la huida o el ataque contra todo tipo de controladores. Y ha propugnado esta táctica convirtiendo en aversiva cualquier indicación de control. Se dice que aquellos que manipulan la conducta humana son hombres malos, abocados inevitablemente a la explotación. El control es claramente lo contrario a la libertad, y si la libertad es buena, consecuentemente, el control debe ser siempre malo. Lo que suele olvidar este tipo de razonamiento por generalización es aquel tipo de control que no tiene consecuencias aversivas de ninguna clase. Muchas prácticas sociales, esenciales para el bienestar de la especie, implican y exigen el control de una persona por parte de otra, y nadie que tenga una dosis mínima de interés en el progreso humano puede suprimir ese género de control. Más adelante comprobaremos que, con el fin de hacer prevalecer la proposición de que todo control es malo, ha sido necesario disfrazar u ocultar la naturaleza de prácticas útiles. Ha sido necesario seleccionar prácticas débiles justamente porque pueden ser disfrazadas o desfiguradas. Y lo que es todavía más extraordinario, en verdad, perpetuar medidas punitivas.

El problema no estriba en liberar al hombre de todo control, sino de ciertas clases de control. Y este problema sólo puede ser resuelto si nuestro análisis tiene en cuenta todo tipo de consecuencias. Lo que ciertamente no nos conduce a distinciones satisfactorias en absoluto, es conocer qué siente la persona respecto al control, antes o después de que la literatura de la libertad haya producido un impacto en sus sentimientos.

Si no fuera por la indeseada generalización de que todo control es malo, podríamos estudiar el ambiente social de modo tan simple como estudiamos el ambiente no-social. Aunque la tecnología ha liberado al hombre de ciertas modalidades aversivas del ambiente, no le ha liberado ciertamente del ambiente mismo. Aceptamos el hecho de que dependemos del mundo que nos rodea, y simplemente cambiamos la naturaleza de esa dependencia. Del mismo modo, para liberar cuanto sea posible el ambiente social de estímulos aversivos, no necesitamos destruir ese ambiente o escapar de él. Lo único que necesitamos es remodelarlo.

La lucha del hombre en pos de la libertad no se debe al deseo de ser libre, sino a ciertos procesos conductuales característicos del organismo humano cuyo efecto principal estriba en el rechazo o en la huida de ciertos aspectos, que hemos denominado "aversivos", del medio ambiente. Las tecnologías física y biológica se han preocupado fundamentalmente de los estímulos aversivos naturales. La lucha por la libertad se fija, sobre todo, en estímulos que han sido manipulados intencionadamente por otras personas. La literatura de la libertad ha identificado a esas otras personas, y ha propuesto fórmulas concretas para huir de ellas, para debilitar su poder, o incluso para destruirlo. Esta literatura ha tenido éxito en su esfuerzo por reducir los estímulos aversivos utilizados en toda forma de control intencional. Pero ha cometido la equivocación de definir la libertad en términos de estados mentales o sentimientos. Por consiguiente, no ha sido capaz esa misma literatura de encararse eficazmente a técnicas de control que no incitan a la huida o a la rebelión, y que, sin embargo, tienen consecuencias aversivas. Se ha visto obligada, por fuerza de su lógica interna, a etiquetar todo tipo de control, indiscriminadamente, como algo malo. Y de hecho malinterpreta muchas de las ventajas que, a pesar de todo, son deducibles del ambiente social. Finalmente, las características de esa literatura la incapacitan para el siguiente paso, el cual no es intentar liberar al hombre de todo control, sino más bien analizar y modificar las clases de control a que los hombres quedan expuestos.

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- Ver capítulo 1 — Una tecnología de la conducta .
- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el Castigo

- Autor: Burrhus Frederic Skinner (1904-1990) psicólogo, filósofo social estadounidense, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard desde 1948. A través de su trabajo pionero en psicología experimental descubrió el condicionamiento operante. Un impresionante rigor en sus métodos de observación y experimentación le llevo a considerar la conducta como la base para un análisis científico del comportamiento humano. Sin duda, Skinner es uno de los grandes de la Psicología científica moderna.

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Editor del blog Pedro Donaire

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