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Burrhus Frederic Skinner
Más allá de la libertad y la dignidad
(1971)
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- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el Castigo
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Burrhus Frederic Skinner (1904-1990) psicólogo, filósofo social estadounidense, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard desde 1948. A través de su trabajo pionero en psicología experimental descubrió el condicionamiento operante. Un impresionante rigor en sus métodos de observación y experimentación le llevo a considerar la conducta como la base para un análisis científico del comportamiento humano. Sin duda, Skinner es uno de los grandes de la Psicología científica moderna.

Traslado aquí el primer capítulo del libro donde Skinner expone su tratamiento de los temas de la libertad y la dignidad.

1 — Una tecnología de la conducta

Burrhus Frederic Skinner
Al intentar resolver los problemas que nos afectan en nuestro mundo actual, espontáneamente echamos mano de aquello que somos capaces de hacer mejor. Buscamos seguridad, y nuestra seguridad es la ciencia y la tecnología. Para controlar la explosión demográfica buscamos mejores métodos de control de la natalidad. Amenazados por la posibilidad de un holocausto nuclear, construimos mayores fuerzas disuasorias y sistemas misiles antibalísticos. Pretendemos terminar con el hambre en el mundo mediante nuevos alimentos y mejores métodos de cultivo. Albergamos la esperanza de que procedimientos sanitarios mejores y una mejor medicina, neutralicen la enfermedad; que sistemas de viviendas y transporte más eficaces resuelvan los problemas de los ghettos y, en fin, que seamos capaces de controlar la creciente contaminación del ambiente por medio de procedimientos más eficaces en la transformación o disminución de residuos de todo tipo. En todos estos sectores podemos comprobar adelantos muy notables, y no tiene nada de particular que intentemos ampliarlos y extenderlos mucho más. Pero de hecho las cosas empeoran constantemente y es descorazonador comprobar que buena parte de la culpa es imputable a la tecnología misma. La higiene y los adelantos médicos agudizan el problema demográfico; la guerra ha añadido un nuevo horror a los suyos propios tras el descubrimiento de las armas nucleares; y la búsqueda masiva de felicidad y bienestar es la principal responsable de la contaminación ambiental. Como ha dicho Darlington, "cada nueva fuente de poder para el hombre de hoy, disminuye las perspectivas del hombre del futuro. Todo su progreso, sólo ha sido posible precisamente a costa del daño causado al medio ambiente, un daño que ahora ya resulta irreparable y que no se previó cuando todavía era tiempo".

Si esto fue previsible o no, puede discutirse. De lo que no hay duda es de que el hombre tiene que reparar ese daño, o de lo contrario todo será perdido. Y sólo puede hacerlo reconociendo y encarando la realidad misma del problema. La sola aplicación de las ciencias físicas y biológicas no resolverá estos problemas nuestros, porque las soluciones están en otro campo. Mejores anticonceptivos, ciertamente, pueden contribuir a controlar la explosión demográfica, pero sólo en el caso de que la gente los use.

Nuevas armas pueden neutralizar nuevos sistemas defensivos, y, a la inversa, pero el holocausto nuclear sólo se podrá evitar en el caso de que cambien radicalmente las condiciones que hasta ahora han provocado que unas naciones hagan la guerra a otras. De nada servirían nuevos métodos agrícolas y sanitarios si no se llevan a la práctica. Y el problema de la vivienda no se resuelve simplemente construyendo más edificios y ciudades, sino intentando mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Las aglomeraciones de población solamente pueden corregirse tratando de convencer a la gente de que no se aglomere. Y, finalmente, la contaminación ambiental, tanto terrestre como marítima y atmosférica, seguirá inevitablemente aumentando a menos que, lo que la produce, concluya.

En resumidas cuentas, debemos llevar a cabo cambios enormes por lo que a la conducta humana se refiere. Estos cambios no los lograremos echando mano tan sólo de la física o la biología, por mucho que lo intentemos. (Y hay otros muchos problemas, como por  ejemplo, la crisis de nuestro sistema educativo, y el desinterés y rebeldía juveniles: ante este tipo de conflictos sí que resultan tan obviamente irrelevantes las técnicas física y biológica que nunca se le ha ocurrido a nadie aplicarlas para resolverlos.) No es suficiente, como se suele decir a veces, "usar de la tecnología con un conocimiento más profundo de las realidades humanas", o bien "acomodar la tecnología a las exigencias espirituales del hombre", o todavía más, "estimular a la tecnología para que haga frente a los problemas humanos". Tales expresiones implican que allá donde la conducta humana comienza, allí termina la tecnología. Y no debemos continuar, como en el pasado, con lo que hemos aprendido por experiencia personal, o gracias a lo que sabemos a partir de esa serie de experiencias personales que llamamos historia, o de esos otros destellos de experiencia que surgen aquí y allá en la sabiduría popular y en las reglas prácticas más elementales. Durante muchos siglos esto es lo que hemos tenido a mano... y así nos luce el pelo.

Lo que necesitamos es una tecnología de la conducta. Podríamos solucionar nuestros problemas con la rapidez suficiente si pudiéramos ajustar, por ejemplo, el crecimiento de la población mundial con la misma exactitud con que determinamos el curso de una aeronave; o si pudiéramos mejorar la agricultura y la industria con el mismo grado de seguridad con que aceleramos partículas de alta energía; o marchar hacia un mundo en paz con un progreso, siquiera parecido al seguido por la física en su camino hacia el cero absoluto (si bien ambas cosas, a no dudarlo, permanecerán fuera de nuestro alcance). Pero ciertamente no tenemos una tecnología conductual comparable en poder y precisión a la tecnología física y biológica, y todos aquellos que no encuentren ridícula semejante posibilidad, quizá se asusten por ello más que tranquilizarse. ¡Qué lejos estamos de "conocer las realidades humanas", en el sentido en que la física y la biología conocen sus respectivas esferas! Y mucho, igualmente, es lo que nos falta  para llegar a ser capaces de evitar la catástrofe hacia la que el mundo parece moverse irremisiblemente.

Quizá se podría pensar que hace dos mil quinientos años el hombre se conocía a sí mismo tan adecuadamente como cualquier otro aspecto de su mundo. Hoy lo que menos entiende, por cierto, es precisamente a sí mismo. La física y la biología han avanzado mucho, pero no se ha producido el desarrollo paralelo equivalente, ni nada que se le parezca, por lo que a una ciencia de la conducta humana se refiere. La física y la biología griegas tienen hoy día tan sólo un valor histórico y a ningún físico o biólogo contemporáneo se le ocurriría buscar en Aristóteles la solución a cualquiera de sus problemas. Sin embargo, los diálogos de Platón son lectura obligada para los estudiantes, y se les cita con frecuencia como si dieran luz esclarecedora para explicar la conducta humana actual. Muy probablemente Aristóteles sería incapaz de entender una sola página de cualquier tratado actual de física o biología y, en cambio, Sócrates y sus amigos tendrían muy poca dificultad en seguir cómodamente la mayoría de las discusiones contemporáneas concernientes a nuestros problemas humanos. Y, por lo que a la tecnología se refiere, hemos llevado a cabo grandes avances en el control del mundo físico y biológico, pero nuestros procedimientos educativos, nuestros sistemas de gobierno y la economía en gran medida, aunque adaptados ocasionalmente a muy diversas circunstancias, de hecho apenas han mejorado en nada.

Difícilmente podemos explicar esta realidad diciendo que los griegos sabían cuanto sobre la conducta humana se puede llegar a saber. Ciertamente, sabían más en este terreno de lo que conocían, por ejemplo, sobre su mundo físico circundante: pero decir esto no es decir apenas nada. Más aún, su forma de pensar con respecto a la conducta humana debió tener muy graves fallos. Pues mientras que la física y la biología griegas sentaron las bases —por muy elementales que ellas fueran— de las que eventualmente surgió la ciencia moderna, las teorías griegas sobre la conducta humana, por el contrario, no han sentado las bases de nada. Si aún hoy permanecen vigentes, no es debido a que poseyeran cierto género de verdad eterna, sino porque no contenían los gérmenes de nada mejor.

Siempre se puede decir que la conducta humana es un terreno particularmente difícil. Así es, en efecto, y somos especialmente propensos a pensar de esta forma en vista de nuestra ineptitud para estudiar este asunto. Pero, en cambio, la física y la biología modernas estudian problemas que, ciertamente, no son mucho más simples de lo que pueda serlo la conducta humana en muchos de sus aspectos. La diferencia estriba en que los instrumentos y métodos que utilizan físicos y biólogos tienen una complejidad conmensurable. El hecho, por tanto, de que instrumentos y métodos igualmente poderosos no estén al alcance de la ciencia de la conducta humana es sólo una parte de la explicación del rompecabezas. ¿O acaso ha sido más fácil poner a un hombre en la luna de lo que sería mejorar la educación de nuestros centros de enseñanza? ¿O que mejorar las condiciones de vivienda y ambiente para todo el mundo? ¿O que hacer posible y asequible para todos un empleo adecuado, mejorando de esta forma el nivel de vida? La elección, por otra parte, no ha tenido nada que ver con la urgencia de los problemas mismos porque a nadie se le ocurriría decir que el poner a un hombre en la luna sea asunto tan vital. Lo estimulante, al pensar en llegar a la luna, era precisamente su misma posibilidad. La ciencia y la tecnología habían avanzado hasta un punto tal que, con un esfuerzo adicional, la meta podía conseguirse. Semejantes estímulos no se dan paralelamente, por el contrario, con respecto a los problemas que plantea la conducta humana: no entrevemos las soluciones.

Es fácil, en estas circunstancias, llegar a la conclusión de que algo debe haber en la conducta humana que haga imposible un análisis científico y, por tanto, una tecnología eficaz, pero lo cierto es que de ninguna manera puede decirse que hayamos agotado las posibilidades en esta dirección. En cierto sentido podríamos hasta afirmar que los métodos científicos apenas han sido aplicados  a la conducta humana. Hemos utilizado, es cierto, algunos instrumentos de la ciencia; hemos contado y medido y comparado; sin embargo se echa de menos algo esencial a la práctica científica en cuantas discusiones se llevan a cabo actualmente con referencia a este problema de la conducta humana: esta ausencia se refiere a nuestra forma de tratamiento de las causas de esa conducta (el término "causa" ya no es frecuente en escritos científicos especializados, pero en nuestro actual contexto resulta bastante apropiado).

La primera experiencia del hombre respecto a las causas vino muy probablemente de su propia conducta: las cosas se movían precisamente porque él, el hombre, las hacía mover. Si otras cosas se movían se debía a que alguien las ponía en movimiento, y si ese motor no era detectable para la sensibilidad humana, eso se debía a que era efectivamente invisible. Los dioses griegos fueron útiles en este aspecto, como causas de los fenómenos físicos. Permanecían normalmente al margen de las cosas mismas que ellos movían, pero, por otra parte, podían interiorizarse en ellas, e incluso "poseerlas". Pronto la física y la biología descartaron  este tipo de explicaciones y se fijaron en causas de más utilidad, pero este mismo paso, importante, no se produjo paralelamente en el campo de la conducta humana. Es cierto que ninguna persona inteligente sigue creyendo que los hombres puedan ser poseídos por el demonio (aunque los exorcismos para alejar espíritus malignos se sigan practicando ocasionalmente y lo demoníaco haya reaparecido en la literatura de algunos psicoterapeutas). Pero, en cualquier caso, la conducta humana se sigue comprendiendo, y justificando, mediante el recurso a ciertos agentes innatos. Se dice, por ejemplo, que un delincuente juvenil quizás actúe como lo hace a causa de su personalidad alterada. No tendría sentido hacer esta afirmación a menos que se pensara en esa personalidad como en algo distinto de la persona misma que tiene este problema. La distinción resulta clara cuando se asegura que una misma persona es susceptible de adoptar diversas personalidades que actúan de forma diferente en según qué momentos y situaciones. Los psicoanalistas han identificado tres de estas personalidades —el ego, el superego y el id— y se asegura sin lugar a dudas que las interacciones mutuas de las tres son las responsables, en última instancia, de la conducta de la persona en la que se encarnan.

Aunque la física pronto deja de personificar las cosas, continúa no obstante hablando durante mucho tiempo como si  tuvieran voluntad, impulsos, sensibilidad, propósitos y otras propiedades fragmentarias de un agente interno y operativo. Según  asegura Butterfield, Aristóteles opinaba que un cuerpo descendente aceleraba la velocidad de su caída porque, conforme se iba acercando a su destino, se sentía más y más jubiloso e impaciente ante la perspectiva de llegar. Autoridades posteriores suponían que un proyectil era impulsado hacia delante por una fuerza, con frecuencia denominada "impetuosidad". Todo esto fue finalmente descartado, no hace falta decir que afortunadamente, pero las ciencias conductuales todavía siguen apelando a situaciones internas comparables. Nadie se sorprende al oír que una persona que lleva buenas noticias acelera el paso porque experimenta la jubilosa urgencia de comunicarlas, o que otra actúa descuidadamente a causa de su impetuosidad. O que una tercera se empecina tenazmente en una determinada norma de conducta porque tiene fuerza de voluntad. Tanto en física como en biología, todavía encontramos algunas referencias gratuitas al "propósito", pero la práctica rigurosa de ambas ciencias las descarta; sin embargo, casi todo el mundo  sigue atribuyendo á la conducta humana intenciones, propósitos, objetivos y metas. Si aún es posible formular la pregunta de si una máquina puede expresar algún propósito, el interrogante implica precisamente, de modo significativo, que si así fuera podría asemejarse más al hombre.

La física y la biología se apartaron más todavía de estas causas personificadas cuando comenzaron a atribuir la conducta de las cosas a esencias, cualidades o naturalezas. Para el alquimista medieval, por ejemplo, algunas de las propiedades de una sustancia podían deberse a la esencia mercurial, y las sustancias eran comparadas unas a otras en la que muy bien podría ser denominada"química de las diferencias individuales". Newton ya se quejaba de la práctica de sus contemporáneos: "Decir que cada especie de cosas está constituida por una cualidad específica oculta, en virtud de la cual actúa y produce efectos manifiestos... es no  decir nada". (Esas cualidades ocultas eran buenos ejemplos de las hipótesis que Newton rechazaba cuando aseguraba que "hypotheses non fingo", aunque, de hecho, sus mismos actos no fueran coherentes con sus palabras.) La biología todavía continuó durante mucho tiempo apelando a la naturaleza de las cosas vivas; y no abandonó por completo el recurso a las "fuerzas vitales" hasta el siglo veinte. La conducta, sin embargo, todavía se atribuye a la naturaleza humana, y existe, de hecho, una amplia "psicología de las diferencias individuales" en la que a los individuos se les compara y se les describe en términos de peculiaridades de carácter, capacidades y aptitudes.

Casi todos los que de una u otra forma se preocupan por los problemas humanos continúan hablando sobre la conducta humana en estos términos precientíficos. Así, los teóricos de la política, los filósofos, hombres de letras, economistas, psicólogos, lingüistas, sociólogos, teólogos, antropólogos, educadores o psicoterapeutas actúan poco más o menos igual. Cada asunto relativo a este tema, ya sea que aparezca en los periódicos diarios, o en revistas y publicaciones especializadas; cada libro que de una u otra manera tenga algo que ver con la conducta humana, nos ofrece cumplidos ejemplos de esta realidad. Se nos dice que, para controlar la explosión demográfica en el mundo, lo que necesitamos es llevar a cabo un profundo cambio en nuestras actitudes hacia los niños, o bien superar nuestro orgullo de poseer una familia numerosa o una gran potencia sexual, o quizá fomentar el sentido de la responsabilidad hacia los hijos, o reducir el papel que se le atribuye a una familia numerosa como apaciguadora de la preocupación por la vejez. Al intentar consolidar la paz deberemos tener en cuenta la pasión de poder o los engaños paranoicos de los líderes. Debemos siempre recordar que las guerras germinan en las mentes de los hombres, que siempre hay algo en el hombre que le empuja al suicidio —un instinto de autodestrucción, quizá— y que le lleva a la guerra. Y, en fin, que el hombre es agresivo por naturaleza. Para resolver los problemas que plantea la pobreza, nada como fomentar en los desposeídos el respeto por sí mismos, estimular su iniciativa, reducir su frustración. Para mitigar el desinterés apático de los jóvenes debemos proporcionarles ideales y tratar de hacer desaparecer sus sentimientos de alienación o desesperanza. Dándonos cuenta de que no tenemos medios efectivos para llegar a esos fines, quizás experimentemos nosotros mismos una crisis de fe o una pérdida de confianza, que sólo podrá ser superada recuperando la fe en las innatas posibilidades del hombre. Una etiqueta para cada cosa, y cada cosa con su etiqueta: problema resuelto. Esto es algo que ni se pone en duda ni se cuestiona. Y, sin embargo, no existe nada semejante en la física moderna, y apenas nada en la biología. Este hecho puede muy bien explicar por qué se ha retrasado tanto la aparición de la ciencia y la tecnología de la conducta.

Se supone generalmente que la objeción "conductista" a las ideas, sentimientos, peculiaridades de carácter, voluntad, etcétera, concierne a aquello de lo cual se dicen estar hechos. Algunas preguntas tenazmente mantenidas sobre la naturaleza de la mente, por supuesto, siempre se han discutido desde hace dos mil quinientos años y aún no tienen respuesta. ¿Cómo puede la mente, por ejemplo, mover el cuerpo? Nada menos que en 1965, Karl Popper pudo formular este interrogante de la siguiente manera: "Lo que pretendemos llegar a entender es cómo realidades no-físicas tales como propósitos, reflexiones, deliberaciones, planes,  decisiones, teorías, tensiones y valores pueden llegar a jugar un papel en la producción de cambios precisamente físicos en el mundo físico". Y, por supuesto, que también nosotros pretendemos averiguar el sentido de estas realidades físicas. A esta pregunta los griegos contestaban tan ricamente: los dioses. Como ha señalado Dodds, los griegos decían que si un hombre se comportaba estúpidamente, se debía simplemente a que un dios hostil había inoculado en su interior la (infatuación). Mientras que un dios amistosamente favorable podía proporcionarle a un guerrero una ración extra —por decirlo así— de μ: con esta ayuda, la lucha con brillantes resultados quedaba garantizada y explicada. Aristóteles creía que algo divino había en la potencia intelectual del hombre, y  Zenón, por su parte, sostuvo que el intelecto era Dios.

No podemos hoy aceptar estas explicaciones, desde luego, y entonces la alternativa más común es apelar a acontecimientos físicos anteriores. La herencia genética de una persona, el producto de la evolución de la especie —se dice— explican satisfactoriamente parte de su actividad mental; el resto, su propia historia personal. Por ejemplo: por causa de la competividad (física) a que se ha visto constreñida la humanidad durante una etapa de su evolución, nos encontramos ahora con sentimientos (no-físicos) de agresividad que cristalizan en actos (físicos) de hostilidad. O bien este otro: el castigo (físico) que un niño  pequeño recibe al ser sorprendido en alguna actividad sexual, produce sentimientos (no-físicos) de ansiedad que influyen en su conducta (física) sexual una vez llegado a la edad adulta. La etapa no-física, obviamente, se extiende a largos períodos de tiempo: la agresividad germina hace millones de años en esta historia evolutiva, y aquella ansiedad contraída en la infancia se extiende a la vida  adulta y no llega a desaparecer por completo ni siquiera en la vejez.

El problema de pasar de una realidad a otra se podría haber evitado si cada una de ellas fuera autónoma, o bien mental o bien física. Y ambas posibilidades han tenido su momento. Algunos filósofos han intentado mantenerse dentro del mundo de la mente aduciendo que sólo la experiencia inmediata es real. La psicología experimental comenzó precisamente como un intento sistemático por descubrir las leyes mentales que gobiernan y regulan las interacciones mutuas entre elementos mentales. Las teorías "intrapsíquicas" contemporáneas, ensayadas por la psicoterapia, nos descubren cómo un sentimiento conduce a otro (cómo la frustración provoca la agresividad, por ejemplo), cómo interactúan los sentimientos, y cómo esos mismos sentimientos que llegan a exteriorizarse pugnan de nuevo por volver al interior  de la mente de donde surgieron. La actitud complementaria que asegura que la escena mental tiene una base real física fue formulada, paradójicamente, por Freud. Freud llegó a creer que la fisiología podría llegar por fin a explicar los mecanismos del tejemaneje mental. Con una inspiración similar, muchos psicofisiólogos continúan hablando sin recato sobre estados mentales, sentimientos, etc., convencidos de que es tan sólo cuestión de tiempo el que lleguemos a entender y comprobar cómo efectivamente se trata de fenómenos de naturaleza física.

Las dimensiones del mundo mental y las transiciones de un mundo a otro ciertamente plantean problemas muy espinosos, pero resulta viable el ignorarlos normalmente aunque no sea sino por razones de estrategia, ya que la grave objeción al mentalismo es de muy distinta naturaleza: el mundo de la mente escapa a toda demostración y la conducta no se reconoce en sí misma como sujeto de estudio. En psicoterapia, por ejemplo, las cosas extrañas que una persona dice o hace son consideradas casi siempre como meros síntomas, y, en comparación con los dramas realmente fascinantes que tienen lugar en las profundidades de la mente, la conducta misma aparece por cierto como algo muy superficial. En lingüística y crítica literaria es práctica común que lo que un hombre dice se considera casi exclusivamente como expresión de ideas o sentimientos. En ciencia política, teología o economía, la conducta se considera habitualmente como la materia prima básica a partir de la cual uno infiere actitudes, intenciones, necesidades, etc.  Durante más de dos mil quinientos años se ha prestado estrecha atención a la vida mental, pero sólo en tiempos muy recientes se ha comenzado a poner empeño en considerar la conducta humana como algo más que una mera derivación de aquélla.

También se descuidan las condiciones de las cuales la conducta no es sino la función. La explicación mental pronto agota la curiosidad. El efecto lo comprobamos en conversaciones normales. Si le preguntamos a alguien, "¿Por qué vas al teatro?", nos dirá quizá: "Porque me gusta". Y la respuesta la aceptamos sin más, como un género de explicación. Mucho más significativo sería el saber qué le ha sucedido cuando ha ido al teatro en ocasiones anteriores, qué oyó o leyó con referencia a la obra que vio representada, y qué otros hechos, pasados o presentes, en su propio contexto, le pudieron inducir a asistir a dichas representaciones (precisamente a ellas, en cuanto distintas de cualquier otra actividad a la que se podría haber dedicado: por qué fue al teatro y  no al cine, por ejemplo). Y, sin embargo, aceptamos el "porque me gusta" como una especie de resumen de todo lo anterior. No consideramos de importancia el entrar en detalles.

El psicólogo profesional con frecuencia se detiene al mismo nivel. Hace ya mucho tiempo que William James corrigió la interpretación, prevaleciente entonces con respecto a la relación existente entre sentimientos y acción. Y aseguró, por ejemplo,  que no escapamos porque tenemos miedo, sino que tenemos miedo porque escapamos. En otras palabras, lo que sentimos cuando tenemos miedo es nuestra conducta —la propia conducta que, en la interpretación tradicional, expresa el sentimiento y es explicada por él—. Pero, ¿cuántos de los que han examinado el argumento de James han caído en la cuenta de que no ha sido siquiera mencionado suceso anterior alguno? Ninguno de estos "porque" debería ser tomado en serio. De hecho no se ha explicado todavía por qué escapamos y por qué sentimos miedo.

Ya nos consideremos a nosotros mismos explicando sentimientos, ya creamos que es la conducta la que es causada por ellos, lo cierto es que prestamos muy poca atención a las circunstancias anteriores. El psicoterapeuta conoce los antecedentes vitales de su paciente casi exclusivamente por boca de su paciente mismo, es decir, a partir de sus propios recuerdos. Esos recuerdos sabemos que no son fidedignos. Pero es posible que incluso el propio psicoanalista esté convencido de que lo importante no estriba en que de hecho, realmente, ocurriera aquello que su paciente le cuenta, sino que lo básico está en la forma en que el paciente lo recuerda  y qué es exactamente lo que recuerda. En la literatura psicoanalítica hay al menos cien referencias a la ansiedad por cada referencia a  un episodio de castigo al cual la ansiedad podría ser atribuida. Incluso se diría que preferimos sucesos muy anteriores, que  claramente quedan fuera de nuestro alcance. Por ejemplo, existe en la actualidad un enorme grado de interés por averiguar lo que debió suceder durante la evolución de la especie, para llegar a explicar la conducta humana. Y a primera vista se diría que hablamos con  especial seguridad precisamente porque aquello que realmente sucedió tan sólo puede ser inferido o imaginado.

Incapaces de comprender cómo y por qué la persona que observamos se comporta como lo hace, atribuimos su conducta a una persona a la que no podemos ver. Una persona cuya conducta, es cierto, tampoco podemos explicar, pero sobre la cual ya no somos propensos a indagar demasiado o a hacer preguntas. Muy probablemente adoptamos esta estrategia, no tanto por falta de interés o posibilidades, cuanto por causa de una convicción antigua y arraigada según la cual la conducta humana, en su mayor parte, carece de antecedentes de importancia. La función del hombre interior consiste en proporcionar una explicación que a cambio no pueda ser explicada.

La explicación concluye, pues, en ese hombre interior. No es un nexo de unión entre un pasado histórico y la conducta actual, sino que se convierte en el centro de emanación de la conducta misma. Inicia, origina y crea, y al actuar así se  convierte, como fue el caso entre los griegos, en algo divino. Aseguramos que ese hombre es autónomo, lo cual es tanto como decir milagroso —al menos desde el punto de vista de la ciencia de la conducta—. Esta actitud, por supuesto, es vulnerable.

El hombre autónomo nos sirve para poder llegar a explicar cuanto resulte inexplicable desde cualquier otro punto de vista. Su existencia depende de nuestra ignorancia, y va progresivamente descendiendo de estatus conforme vamos conociendo más y más sobre la conducta. El cometido de un análisis científico consiste en explicar cómo la conducta de una persona, en cuanto sistema físico, se relaciona con las condiciones bajo las cuales vive el individuo. A menos que exista alguna intervención caprichosa o creacionista, estos hechos deben estar relacionados, y de esta forma ninguna otra intervención resulta ya necesaria. Las contingencias de supervivencia, responsables de la herencia genética del hombre, es posible que le produjeran la tendencia a actuar agresivamente, pero no en cambio sentimientos de agresividad. El castigar la conducta  sexual cambia la conducta sexual, y cualquier sentimiento que pudiera surgir por ello no podría ser considerado, en el mejor de los  casos, sino como una consecuencia.

Nuestra época no sufre por ansiedad, sino por accidentes, crímenes, guerras y otras realidades dolorosas y llenas de peligro a las cuales la gente, con tanta frecuencia, queda expuesta. Los jóvenes no abandonan los centros de enseñanza, ni rechazan el trabajo, ni se asocian con los de su edad, precisamente porque estén alienados, sino más bien por causa del ambiente social defectuoso que encuentran en sus propias casas, en las escuelas, en las fábricas y en cualquier otro sitio. Deberíamos seguir el camino que nos trazan la física y la biología. Deberíamos prestar atención directamente a la relación existente entre la conducta y su ambiente, olvidando supuestos estados mentales intermedios. La física no avanzó concentrando su atención en el júbilo de un cuerpo descendente, tanto más acelerado cuanto más jubiloso. Ni la biología avanzó, como lo ha hecho, a base de tratar de descifrar la naturaleza de espíritus vitales. Por nuestra parte, podemos decir, en consecuencia, que para  llegar a un análisis científico de la conducta no necesitamos intentar descubrir qué son y qué no son personalidades, estados mentales, sentimientos, peculiaridades del carácter, planes, propósitos, intenciones, o cualquier otro pre-requisito de un problemático hombre autónomo.

Existen razones que aconsejaban este gran rodeo, y que lo hacían necesario, para poder llegar a este punto concreto de nuestro razonamiento. La física y la biología tienen por objeto el estudio de realidades que no se parecen mucho, es cierto, a las personas. Y, a fin de cuentas, casi parece ridículo hablar del júbilo de un cuerpo en descenso acelerado, o de la impetuosidad de un  proyectil. Pero las personas sí se comportan como personas, y el hombre exterior cuya conducta debemos explicar podría parecerse bastante al hombre interior cuya conducta dice explicar a aquél. El hombre interior bien podemos afirmar que ha sido creado a imagen del exterior.

Pero todavía hay una razón más importante, y es ésta: el hombre interior parece ser observado con frecuencia directamente. Podemos deducir —sólo deducir— el júbilo de un cuerpo en descenso. Pero, ¿acaso no podemos sentir nuestro propio júbilo? En verdad sentimos ciertas cosas en lo más profundo de nuestro ser, pero no sentimos las cosas que han sido inventadas para explicar la conducta. El poseso no siente al demonio que le posee, y hasta puede que llegue a negar su existencia. El delincuente juvenil no experimenta su personalidad desajustada. El hombre inteligente no siente su inteligencia, ni el introvertido su introversión. (En efecto, se asegura que estas dimensiones de la mente o del carácter resultan solamente observables a través de complejos procedimientos estadísticos.) El que habla no va experimentando las reglas gramaticales que se supone aplica en cada una de las frases que construye. Y los hombres se expresaron gramaticalmente durante miles de años sin que a nadie se le ocurriera siquiera pensar, hasta muy tarde, en la existencia misma de las reglas. Al responder a un cuestionario, nadie siente las actitudes u  opiniones que le inducen a responder de una forma determinada. En cambio, sentimos ciertas situaciones de nuestros cuerpos asociadas a la conducta, pero como Freud puso de relieve, nos comportamos de idéntica forma cuando no las experimentamos. Son subproductos, y nunca debieran ser confundidas con causas.

Hay otra razón mucho más importante que justifica esta lentitud con que hemos ido descartando explicaciones mentalistas: ha sido difícil llegar a encontrar alternativas. Es relativamente fácil rechazar lo que nos parece incorrecto, pero no lo es tanto sustituir con teorías positivas aquello que se rechaza como inadecuado. Se supone que esas alternativas debemos encontrarlas en el mundo exterior, pero el papel de ese mundo exterior en modo alguno puede decirse que esté claro. La historia de la teoría de la  evolución ilustra el problema. Hasta el siglo XIX se pensaba en el mundo exterior como en un escenario pasivo en el que nacían multitud de diferentes clases de organismos, en él crecían y luego morían. Nadie pareció entender que ese ambiente externo era el  responsable de esa variedad de organismos (y tal hecho, significativamente, era atribuido a la actividad de una Mente creadora). El problema estriba en que ese ambiente actúa de forma muy poco obvia: porque no empuja o absorbe, sino que selecciona. Durante miles de años en la historia del pensamiento humano el proceso de selección natural pasó desapercibido, a pesar de su enorme importancia. Cuando finalmente fue descubierto se convirtió, por supuesto, en la clave de la teoría evolucionista.

El efecto del ambiente en la conducta humana permaneció en la oscuridad durante mucho más tiempo todavía. Podemos comprobar la forma en que esos organismos afectan al mundo exterior puesto que toman de él lo que necesitan y se defienden de sus asechanzas. Pero resulta mucho más difícil comprobar inversamente cuáles son los efectos que produce el mundo en ellos. Fue Descartes quien por primera vez enunció la posibilidad de que el ambiente pudiera tener un papel activo en la determinación de la conducta, y pudo hacerlo así sólo porque se encontró con una importante pista. Supo de la existencia de ciertos automatismos, en  los Jardines Reales de Francia, que funcionaban mediante procedimientos hidráulicos accionados por válvulas ocultas. Como el propio Descartes lo describe, al entrar la gente a los jardines "necesariamente se dirigían a unas plataformas, de tal manera dispuestas  que, si se acercaban, por ejemplo, a una Diana bañándose, hacían que se ocultara entre unos arbustos. Y si intentaban seguirla, se provocaba la aparición de un Neptuno que salía a su encuentro amenazándoles tridente en ristre". Estas figuras resultaban entretenidas justamente porque actuaban como personas. De aquí se sacaba en consecuencia que algo muy semejante a la conducta humana se podía explicar por causas mecánicas. Y Descartes siguió la pista: quizá los organismos vivos pudieran actuar por razones semejantes. (De esos organismos excluyó al hombre, para ahorrarse, probablemente, controversias religiosas.)

El efecto impulsor del ambiente vino a llamarse "stimulus" —palabra latina que significa estímulo— y el efecto producido en un organismo, "respuesta". Conjuntamente constituyen lo que se llamó "reflejo". Los reflejos fueron comprobados, en primer lugar, en pequeños animales decapitados, tales como salamandras. Y resulta significativo el hecho de que este principio fue puesto en  tela de juicio a lo largo de todo el siglo XIX precisamente porque parecía contradecir la existencia de un agente autónomo —el "alma de la espina dorsal"— al que hasta entonces se había atribuido la razón del movimiento de un cuerpo decapitado. Cuando Pavlov demostró que se podían producir nuevos reflejos a partir de determinados condicionamientos, nació toda una nueva psicología en torno a las relaciones estímulo-respuesta. En esta nueva perspectiva se consideró que toda conducta obedecía a las reacciones que los estímulos provocaban. Un escritor explicaba así todo esto: "Se nos empuja o se nos encadena a lo largo de toda nuestra vida". Sin embargo, el modelo estímulo-respuesta nunca llegó a ser enteramente convincente, pues de hecho no solucionó el problema básico: era imprescindible algo así como inventar un hombre interior que transformara el estímulo en respuesta. La teoría de la  información pecó de lo mismo porque exigía un "ordenador" interior que convirtiera el "input" en "output".

El efecto de un estímulo estimulante —y valga la redundancia— se comprueba con relativa facilidad, y no sorprende que la hipótesis cartesiana se mantuviera vigente durante mucho tiempo al hablar de la teoría de la conducta. Pero en realidad fue una  pista falsa, de la cual sólo ahora se empieza a recuperar la ciencia. El ambiente no solamente impulsa o encadena, sino que selecciona. Su función es semejante a la de la selección natural, aunque a una escala de tiempo muy distinta, y por lo mismo fue descuidada durante muchos años. Aparece claro ahora, por tanto, que debemos tener en cuenta no sólo cómo afecta el ambiente a un organismo antes de que se produzca esa influencia, sino también la respuesta posterior. La conducta queda afectada y cristalizada precisamente por  sus propias consecuencias. Una vez reconocido el hecho, podemos ya empezar a formular de manera mucho más articulada la interacción que se produce entre el organismo y el ambiente.

Se producen dos resultados importantes. Uno se refiere al análisis básico. La conducta que actúa sobre el ambiente para producir consecuencias (conducta "operante") puede estudiarse controlando los ambientes de los que esas consecuencias específicas dependen. Las variantes ambientales, objeto de investigación, son cada día más y más complejas, y una tras otra sustituyen, en su función explicatoria, a aquellas realidades que antiguamente servían para este menester: personalidades, estados mentales, sentimientos, peculiaridades de carácter, propósitos e intenciones. El segundo resultado es de orden práctico: el ambiente puede ser utilizado a voluntad. Es cierto que sólo muy lentamente puede llegar a cambiarse la cualidad genética del hombre, pero los cambios en el ambiente en el que se mueve un individuo producen efectos rápidos y dramáticos. Una tecnología de la conducta "operante" ya está, como habremos de ver, bastante avanzada. Y es posible que se demuestre como de aplicación viable a nuestros problemas.

Sin embargo, semejante posibilidad hace surgir otro problema, que debemos resolver a toda costa si queremos, en efecto, sacar partido a nuestros progresos. Hemos avanzado descartando explicaciones ligadas al hombre autónomo, pero éste no ha hecho mutis elegantemente, sin más. Sigue conservando una función amenazadora desde una especie de retaguardia, desde la cual, por desgracia, puede llegar a polarizar una adhesión formidable. Todavía sigue siendo figura importante en el terreno de la ciencia política, en jurisprudencia, religión, antropología, sociología, psicoterapia, filosofía, ética, historia, educación, pediatría, lingüística, arquitectura, urbanismo y vida familiar. Estos campos tienen sus especialistas, cada especialista tiene su teoría: y casi en cada una de esas teorías la autonomía del individuo sigue dándose por supuesta.

El hombre interior no queda seriamente amenazado por los datos obtenidos a través de la observación casual, ni por los estudios en el campo de la estructura de la conducta. Por otra parte, muchas de estas especialidades sólo tratan con grupos de personas, y, así, los datos estadísticos o fácticos imponen pocas limitaciones al individuo concreto. El resultado es un peso enorme de "conocimiento"tradicional que debe ser poco a poco corregido o eliminado por medio de un análisis científico.

Dos facetas, particularmente, del hombre autónomo causan problemas. Desde el punto de vista tradicional, la persona es libre. Es, por tanto, autónoma en el sentido de que su conducta no tiene causas. Por consiguiente, es responsable de lo que hace y será justamente castigado cuando lo merezca. Esta opinión, así como las consecuencias prácticas a ella inherentes, debe ser re-examinada cuando un análisis científico revela relaciones de control insospechadas entre la conducta y el ambiente. Un control externo hasta cierto punto es aceptado. Los teólogos, por ejemplo, reconocen el hecho de que el hombre debe estar predestinado para hacer lo que un Dios omnisciente sabe que ese hombre hará. Y para el dramaturgo clásico griego existía, como tema favorito de sus construcciones dramáticas, el hado inexorable. Adivinos y astrólogos, con frecuencia aseguran que son capaces de predecir lo que harán los hombres, y de hecho observamos que el oficio ha tenido siempre clientela. Biógrafos e historiadores se han preocupado por encontrar "influencias" en las vidas de los individuos y de los pueblos. La sabiduría popular y las intuiciones de ensayistas como Montaigne o Bacon implican algún género de posibilidad de predicción, con respecto a la conducta humana, y las evidencias estadísticas y fácticas de las ciencias sociales apuntan en la misma dirección.

El hombre autónomo sobrevive a todo esto porque se convierte en la afortunada excepción. Los teólogos han encontrado la forma de hacer compatibles la predestinación y la libertad. Y el espectador griego, conmovido hasta la catarsis por la  representación objetiva del destino fatal, sale del teatro verdaderamente liberado. La muerte de un líder político, o una tormenta en el mar, han cambiado a veces el curso de la historia, de la misma forma que una vida humana queda afectada por un maestro o una experiencia sentimental. Pero éstas no son cosas que ocurran a todo el mundo, y no afectan de la misma forma a aquellos a quienes alcanzan.

Algunos historiadores, haciendo de la necesidad virtud, ensalzan la imprevisibilidad de la historia. Con frecuencia se hace caso omiso de la evidencia fáctica: leemos, por ejemplo, que cientos de personas perderán la vida en accidentes de tráfico durante un ya cercano fin de semana. Y sin embargo nos lanzamos a las carreteras como si aquello no fuera con nosotros. Muy poca ciencia de la conducta exhibe "el espectro del hombre predecible". En cambio, muchos antropólogos, sociólogos y psicólogos han utilizado su conocimiento especializado para demostrar que el hombre es libre, voluntarista y responsable. Freud fue un determinista —así se cree, aunque no exista evidencia—, pero muchos freudianos no tienen empacho en asegurar a sus pacientes que son libres de escoger una u otra norma de acción. Y que son, en definitiva, los arquitectos de sus propios destinos.

Esta puerta falsa va poco a poco cerrándose, conforme se van descubriendo nuevas evidencias de la previsibilidad de la conducta humana. La exención personal de un completo determinismo va quedando descartada, conforme avanza el análisis científico, especialmente en cuanto se refiere a la conducta del individuo. Joseph Wood Krutch reconoce los hechos fácticos al mismo tiempo que sigue insistiendo en la libertad personal: "Podemos predecir con un considerable grado de aproximación cuánta gente irá a la playa un día en que la temperatura suba hasta según qué punto; incluso cuántos se lanzarán mortalmente desde un puente... aunque ni yo ni usted estemos obligados a adoptar cualquiera de estas dos alternativas". Lo que Krutch difícilmente quiere significar es que aquellos que van a la playa no tengan alguna buena razón para hacerlo; o que las circunstancias en la vida de un suicida carezcan de significado con respecto al hecho mismo de arrojarse al vacío desde un puente. La distinción es tan sólo defendible mientras la palabra "compelir" sugiera un modo de control particularmente evidente y poderoso. Un análisis científico va, naturalmente, dirigido a clarificar todo tipo de relaciones controlantes.

Al poner en duda el control ejercido por el hombre autónomo, y al demostrar el control ejercido por el ambiente, la ciencia de la conducta parece, por ello mismo, poner en duda la dignidad. Una persona es responsable de su conducta, no sólo en el sentido de ser susceptible de amonestación o castigo cuando se comporta mal, sino también en el de reconocerle mérito y admirarle por sus logros positivos. Un análisis científico transfiere, tanto el mérito como el demérito, al ambiente. Y de esta forma son ya  injustificables las prácticas tradicionales. Estos cambios son omnivalentes, completos, lo abarcan todo, y aquellos que siguen aferrándose a teorías tradicionales, lógicamente no los pueden aceptar.

Hay una tercera fuente de problemática en este terreno: y es que, conforme el énfasis queda transferido al ambiente, el individuo parece expuesto a una nueva clase de peligro. ¿Quién habrá de construir ese ambiente que determina la conducta humana? ¿Con qué finalidad se construirá? El hombre autónomo quizá pudiera decirse que se controla a sí mismo de acuerdo con una jerarquía de valores que le es internamente consustancial. Se afana tras lo que considera bueno. ¿Pero qué será lo bueno para este controlador ambiental? Y lo que según él sea bueno, ¿lo será también para aquellos a quienes controla? Las respuestas a preguntas de esta naturaleza exigen, por supuesto, juicios de valor.

Libertad, dignidad y valor, son asuntos importantes. Y, desgraciadamente, llegan a ser cada vez más cruciales, conforme el poder de una tecnología de la conducta se convierte en algo más y más proporcionado a los problemas que debe resolver. El mismísimo cambio que nos proporciona ciertas esperanzas de solución, acarrea inevitablemente una oposición cada día creciente a este tipo de solución propuesta. Este conflicto constituye en sí mismo un problema en el terreno de la conducta humana, y como tal puede ser considerado. Una ciencia de la conducta en modo alguno está tan avanzada como la física o la biología. Pero tiene, en cambio, una ventaja sobre ella: su progreso da nueva luz a sus propias dificultades, ya que también la ciencia es conducta humana .

Lo mismo sucede por lo que a la oposición a la ciencia se refiere: anti-ciencia es conducta humana. ¿Qué le ha sucedido al hombre en su lucha hacia la libertad y la dignidad? ¿Y qué problemas surgen cuando el conocimiento científico adquiere relevancia en esa lucha? Las respuestas a estas preguntas quizá nos ayuden a clarificar el camino, en la búsqueda de la tecnología que tan urgentemente necesitamos.

En las páginas que siguen discutiremos estos temas "desde un punto de vista científico". Pero esto no significa que el lector necesite conocer los detalles de un análisis científico de la conducta. Una simple interpretación será suficiente. La naturaleza  de tal comprensión, sin embargo, fácilmente se malinterpreta. Con frecuencia hablamos de ciertas cosas que no podemos observar o medir con la precisión que exige un análisis científico, y al hacer esto nos beneficiamos de modo importante utilizando términos y principios que han sido elaborados en circunstancias mucho más precisas. El mar, al anochecer, brilla con una luz extraña, el  hielo cristaliza en la ventana en formas caprichosas, la sopa no termina de adquirir consistencia en el hornillo: y los especialistas  nos explican por qué. Podemos, por supuesto, poner en duda esas explicaciones: no conocen "los hechos" y lo que afirman no puede ser "demostrado", pero en cualquier caso tienen más probabilidades de acertar que aquellos que carecen de experiencia. Y solamente ellos pueden orientarnos para seguir estudiando el problema en caso de que merezca la pena.

Un análisis experimental de la conducta ofrece ventajas semejantes. Cuando hemos observado procesos conductuales en condiciones controladas, podemos más fácilmente localizarlos reintegrándolos a su más amplio contexto. Podemos identificar aspectos significativos de conducta y de ambiente, descuidando, por tanto, otros que resulten menos significativos por mucho interés que sean capaces de despertar en nosotros. Podemos rechazar explicaciones tradicionales siempre que las hayamos contrastado, revelándose como inoperantes en un análisis experimental. Y, a partir de ahí, ya podremos seguir avanzando en nuestra investigación, con inquieta curiosidad. Las instancias de conducta que se mencionan a continuación no se aducen como "pruebas" de la interpretación. La prueba hay que encontrarla en el análisis básico. Y los principios que utilizaremos en la interpretación de esas instancias tienen una verosimilitud de la que carecerían en el caso de que los hubiéramos deducido de observaciones causales no científicas.

El texto parecerá adolecer con frecuencia de inconsistencia. La lengua inglesa, como cualquiera otra, está plagada de términos precientíficos que normalmente bastan para los propósitos de la conversación normal. Nadie mira por encima del hombro a un astrónomo cuando le oye decir que el sol sale o que las estrellas aparecen por la noche, porque resultaría ridículo reclamar que ese astrónomo debiera siempre hablar con propiedad: que el sol aparece paulatinamente sobre el horizonte conforme la tierra gira, o  que las estrellas sé hacen visibles cuando la atmósfera deja de refractar la luz del sol. Lo que de él sí podemos esperar es que nos proporcione, cuando ello sea necesario, ciertas explicaciones más precisas.

La lengua inglesa contiene muchas más expresiones referentes a la conducta humana que a otros aspectos del mundo, y las posibilidades de un lenguaje técnico resultan mucho menos familiares. El uso de expresiones enteramente normales, no científicas, no debiera extrañar demasiado. Puede parecer inconsistente pedirle al lector que mantenga "su mente alerta" cuando se le ha dicho que la mente es una ficción para explicar lo de otro modo inexplicable. O "que tenga en cuenta la idea de la libertad", cuando la idea es simplemente precursora imaginaria de la conducta. O, en fin, "tranquilizar a cuantos temen una ciencia de la conducta", cuando todo lo que se quiere decir es que cambien de conducta respecto a tal ciencia. Si el libro estuviera destinado a lectores profesionales especializados, tales expresiones se podrían haber excluido. Pero quizá se pueda afirmar que cuanto aquí se estudia es importante para profanos en esta materia, y, por tanto, debe ser discutido y explicado de un modo no precisamente demasiado técnico. Sin duda, muchas de las expresiones mentalistas de que está imbuida la lengua inglesa no pueden ser traducidas tan rigurosamente como la expresión "salida del sol", pero traducciones más o menos aceptables sí las hay a mano.

La mayoría de nuestros problemas más importantes implican conducta humana, y no se pueden resolver recurriendo solamente a la tecnología física o biológica. Lo que necesitamos es una tecnología de la conducta, pero hemos tardado mucho en desarrollar la ciencia de la que poder deducir este tipo de tecnología. Una dificultad evidente estriba en el hecho de que casi todo cuanto es denominado ciencia de la conducta continúa aun ahora relacionando la conducta a estados mentales, sentimientos, peculiaridades de carácter, naturaleza humana, etc. La física y la biología siguieron durante un tiempo prácticas muy parecidas, y avanzaron  solamente cuando se liberaron de semejante rémora. Las ciencias de la conducta han tardado mucho en cambiar, en parte, por causa de entidades explicativas que a menudo parecían ser observadas directamente, y también en parte, porque no se encontraba fácilmente otra clase de explicaciones.

El ambiente, obviamente, es importante, pero su función no ha estado clara. No empuja o absorbe, sino que selecciona. Y resulta difícil descubrir y analizar esta función selectiva. El papel de la selección natural en la evolución fue formulado por primera vez no hace mucho más de cien años. Y la función selectiva del medio ambiente en la modelación y mantenimiento de la conducta del individuo sólo ahora comienza a ser reconocida y estudiada. Conforme se ha llegado a conocer la interacción entre organismo y ambiente, por tanto, los efectos que hasta este momento se achacaban a estados mentales, sentimientos y peculiaridades del carácter, comienzan a atribuirse a fenómenos accesibles a la ciencia. Y una tecnología de la conducta, consiguientemente, empieza a ser posible.

No se solucionarán nuestros problemas, no obstante, a menos que se reemplacen opiniones y actitudes tradicionales precientíficas; aunque bien es cierto que éstas, desgraciadamente, siguen muy profundamente arraigadas. La libertad y la dignidad ilustran este problema. Ambas cualidades constituyen el tesoro irrenunciable del "hombre autónomo" de la teoría tradicional. Y resultan de esencial importancia para explicar situaciones prácticas en las que a la persona se le reputa como responsable de sus actos, y acreedora, por tanto, de reconocimiento por los éxitos obtenidos. Un análisis científico transfiere, tanto esa responsabilidad como esos éxitos, al ambiente. Y suscita, igualmente, ciertas interrogaciones relativas a los "valores". ¿Quién usará esa  tecnología y con qué fin? Hasta tanto no se despejen estas incógnitas, se seguirá rechazando una tecnología de la conducta. Y, al rechazarla, se estará probablemente rechazando al mismo tiempo el único camino para llegar a resolver nuestros problemas.

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- Ver capítulo 1 — Una tecnología de la conducta .
- Ver capítulo 2 — Libertad .
- Ver capítulo 3 — Dignidad .
- Ver capítulo 4 — Castigo .
- Ver capítulo 5 — Alternativas para el Castigo
- Imágenes de B.F. Skinner e ilustración mentalista.

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