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» » » CRISPR, la edición de ADN, y la evolución del armamento microbiano

Referencia: Quanta.Magazine.org .
"Breakthrough DNA Editor Borne of Bacteria"
por Carl Zimmer, 6 de febrero 2015

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El interés en una poderosa herramienta de edición de ADN llamada CRISPR ha revelado que las bacterias son mucho más sofisticadas de lo que nadie imaginaba.

Los microbios, como la E. coli, en sus millones años de antigüedad, han podido utilizar CRISPR como arma en su lucha contra los virus. Foto por Eric Erbe, Colorization by Christopher Pooley. USDA.

En una tarde de noviembre del año pasado, Jennifer Doudna se puso su elegante vestido de noche negro y se dirigió al Hangar Uno, un edificio en el Centro de Investigación Ames de la NASA, que fue construido en 1932 para dirigibles caseros. Bajo los arcos sobresalientes del hangar, Doudna departía con celebridades como Benedict Cumberbatch, Cameron Diaz y Jon Hamm antes de recibir el Premio Breakthrough 2015 en ciencias de la vida, un premio patrocinado por Mark Zuckerberg y otros multimillonarios de la tecnología. Doudna, bioquímica de la Universidad de California, Berkeley, y su colaborador, Emmanuelle Charpentier, del Centro Helmholtz de Investigación sobre Infecciones de Alemania, cada uno recibió 3 millones de dólores por su invención de una herramienta potencialmente revolucionaria para la edición de ADN conocida como CRISPR.

Doudna no era una emérita de pelo gris que celebrase un trabajo hecho cuando los dirigibles gobernaban el cielo. Fue tan sólo en 2012 que Doudna, Charpentier y sus colegas, ofrecieron la primera demostración del potencial de CRISPR. Hicieron moléculas que podían entrar en un microbio y recortar con precisión su ADN por el lugar elegido por los investigadores. En enero de 2013, dieron un paso más: Cortaron un pedazo en particular de ADN de células humanas y lo reemplazaron con otro.

En el mismo mes, unos equipos separados de científicos de la Universidad de Harvard y del Instituto Broad reportaron un éxito similar con la herramienta de edición de gene. Comenzó entonces una estampida científica, y sólo en los últimos dos años, se han realizado cientos de experimentos con CRISPR. Sus resultados sugieren que esta técnica puede cambiar fundamentalmente la medicina y la agricultura.

Algunos científicos ya han reparado ADN defectuoso en ratones, por ejemplo, curándolos de trastornos genéticos. Los agrónomos han utilizado CRISPR para editar genes de los cultivos, aumentando las esperanzas de que puedan diseñar un mejor suministro de alimentos. Algunos investigadores están tratando de reescribir los genomas de elefantes, con el objetivo final de volver a crear un mamut lanudo. El año pasado, en la revista Reproductive Biology and Endocrinology, Motoko Araki y Tetsuya Ishii, de la Universidad de Hokkaido en Japón, predijeron que los médicos podrán utilizar CRISPR para alterar los genes de embriones humanos "en el futuro inmediato."

Jennifer Doudna. Foto Cailey Cotner.
Gracias a la velocidad de la investigación con CRISPR, los elogios han llegado rápidamente. El año pasado el MIT Technology Review calificó a CRISPR como “el descubrimiento biotecnológico más relevante del siglo”. Aunque el Premio Breakthrough es sólo uno de los varios prominentes premios que Doudna ha ganado en los últimos meses por su trabajo en CRISPR. La Radio Pública Nacional informó recientemente de rumores de un posible Nobel en el futuro.

Incluso la industria farmacéutica, a menudo lenta en abrazar los nuevos avances científicos, se ha apresurado a entrar en el asunto. También le están abriendo sus puertas nuevas empresas que desarrollan la medicina basada en CRISPR. En enero, el gigante farmacéutico Novartis anunció que va a utilizar la tecnología de CRISPR de Doudna para su investigación en tratamientos contra el cáncer. Planea editar genes de las células inmunitarias para que puedan atacar los tumores.

Pero en medio de todas las galas de corbata y solicitudes de patentes, es fácil pasar por alto un hecho importante acerca de CRISPR: En realidad, nadie lo ha inventado.

Doudna y otros investigadores no han sacado de la nada las moléculas que utilizan para la edición de genes. De hecho, se tropezaron con las moléculas CRISPR en la naturaleza. Los microbios lo han estado utilizando para editar su propio ADN durante millones de años, y aún hoy lo siguen haciendo en todo el planeta, desde el fondo del mar a lo más recóndito de nuestro propio cuerpo.

Apenas hemos comenzado a entender cómo funciona CRISPR en el mundo natural. Los microbios lo usan como un sofisticado sistema inmunológico, lo que les permite aprender a reconocer a sus enemigos. Ahora los científicos están descubriendo que los microbios utilizan CRISPR también para otros trabajos. La historia natural de CRISPR plantea muchas preguntas a los científicos, y todavía no tienen muy buenas respuestas para ello. Pero representa una gran promesa. Doudna y sus colegas aprovecharon un tipo de CRISPR, pero los científicos están encontrando una gran colección de diferentes tipos, y así aprovechar esa diversidad que puede conducir a una tecnología de edición de genes más eficaz, o abrir el camino a unas aplicaciones que nadie ha pensado y que están por llegar.

"Podemos imaginar que muchos laboratorios, incluyendo el nuestro, estén muy ocupados buscando otras variantes y cómo funcionan", comentó Doudna. "Así que, hay que estar atentos."

La repetición de un misterio

Los científicos que descubrieron CRISPR no tenían forma de saber que habían descubierto algo tan revolucionario. Ni tan siquiera entendieron lo que habían descubierto. En 1987, Yoshizumi Ishino y sus colegas de la Universidad de Osaka, en Japón, publicaron la secuencia de un gen llamado IAP perteneciente al microbio intestinal E. coli. Para entender mejor cómo funcionaba el gen, también secuenciaron parte del entorno que rodeaba el ADN. Ellos esperaban encontrar los sitios donde desembarcaban las proteínas, haciendo un activado y desactivado del IAP. Pero en lugar de un interruptor, encontraron algo incomprensible.

Cerca del gen IAP yacían cinco segmentos idénticos de ADN. El ADN se compone de bloques de construcción llamados bases, y los cinco segmentos estaban cada uno integrado por las mismas 29 bases. Estas secuencias de repetición están separadas unas de otras por los 32 bloques de bases de ADN, llamados espaciadores. A diferencia de las secuencias de repetición, cada uno de estos espaciadores tienen una secuencia única.

Este sándwich genético tan peculiar no se parece a ninguna otra forma que se haya encontrado antes. Cuando los investigadores japoneses publicaron sus resultados, sólo pudieron encogerse de hombros. "La significancia biológica de estas secuencias no se conoce", escribieron.

Era difícil saber en aquel momento si las secuencias eran exclusivas de la E. coli, porque los microbiólogos no tenían las técnicas sofisticadas de hoy para descifrar el ADN. Pero en la década de 1990, los avances tecnológicos les permitió acelerar su secuenciación. A finales de la década, los microbiólogos podían recoger muestras de agua de mar o de tierra y secuenciar rápidamente gran parte del ADN. Esta técnica --denominada metagenómica-- reveló unos extraños emparedados genéticos en un asombroso número de especies de microbios. Llegaron a ser tan comunes que los científicos necesitaron un nombre para denominarlos, incluso sin saber todavía lo que aquellas secuencias significaban. En 2002, Ruud Jansen, de la Universidad de Utrecht, en los Países Bajos, y sus colegas, lo llamaron "clustered regularly interspaced short palindromic repeats", CRISPR para abreviar.

El equipo de Jansen observó algo más acerca de estas secuencias CRISPR: Siempre estaban acompañadas por una colección de genes cercanos, a los que llamaron genes Cas, acrónimo de CRISPR-associated genes. Estos genes codifican enzimas que pueden cortar el ADN, pero nadie podía decir por qué lo hacen, o por qué siempre se estaban junto a la secuencia de CRISPR.

Tres años más tarde, tres equipos independientes de científicos observaron algo extraño en la forma de los espaciadores CRISPR. Tenían mucha similitud con el ADN de los virus.

"Y entonces todo pareció encajar", comentó Eugene Koonin.

En aquel momento, Koonin, biólogo evolutivo del Centro Nacional de Información Biotecnológica en Bethesda, que hasta hace pocos años estaba desconcerdo sobre CRISPR y los genes Cas. Tan pronto como se enteró del descubrimiento de que fragmentos del ADN de virus en los espaciadores de CRISPR, se dio cuenta de que los microbios, a su vez, estaban usando CRISPR como un arma contra los virus.

Koonin sabía que los microbios no son víctimas pasivas de los ataques de virus. Tienen varias líneas de defensa. Koonin pensó que las enzimas de CRISPR y Cas proporcionaban una línea más. En la hipótesis de Koonin, las bacterias utilizan enzimas Cas para apropiarse de fragmentos del ADN viral. Después insertan dichos fragmentos de virus en sus propias secuencias de CRISPR. Más tarde, cuando otro virus se acerca, las bacterias pueden utilizar la secuencia de CRISPR como notas recordatorio para reconocer el invasor.

Los científicos no sabían lo suficiente sobre la función de las enzimas CRISPR y Cas, por lo que Koonin elaboró una hipótesis detallada. Pero su pensamiento fue lo suficientemente provocativo para que un microbiólogo llamado Rodolphe Barrangou decidiese probarlo. Para Barrangou, la idea de Koonin no era simplemente fascinante, sino potencialmente un gran negocio para su empleador en aquel momento, el fabricante de yogur Danisco. Danisco dependía de las bacterias para convertir la leche en yogur, y a veces, se perdían cultivos enteros debido a los brotes de virus que mataban a las bacterias. Ahora Koonin estaba sugiriendo que las bacterias podrían utilizar CRISPR como arma contra estos enemigos.

Para probar la hipótesis de Koonin, Barrangou y sus colegas, infectaron a la bacteria fermentadora de la leche, Streptococcus thermophilus, con dos cepas de virus. Los virus mataron a muchas de estas bacterias, pero algunas sobrevivieron. Cuando las bacterias resistentes se multiplicaron, sus descendientes también resultaron ser resistentes. Se había producido algún cambio genético. Barrangou y sus colegas hallaron que las bacterias se habían atiborrado de fragmentos de ADN de los dos virus en sus espaciadores. Cuando los científicos cortaban los nuevos espaciadores, las bacterias perdían su resistencia.

Barrangou, ahora profesor asociado en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, reseñó que este descubrimiento llevó a muchos fabricantes a seleccionar secuencias CRISPR personalizadas para sus cultivos, de modo que las bacterias pudieran resistir los ataques de los virus. "Si has comido yogur o queso, lo más probable es que te hayas comido buenas porciones de células CRISPR".

Cortar y pegar

Conforme los CRISPR comenzaron a revelar sus secretos, Doudna empezó a sentir curiosidad. Ella ya se había hecho experta en el ARN, un primo de una sola cadena del ADN. Originalmente, los científicos habían visto que el trabajo principal del ARN era de mensajero. Las células harían una copia de un gen usando el ARN, y luego, usaban ese ARN mensajero como un molde para la construcción de una proteína. Pero Doudna y otros científicos iluminaron a muchos otros trabajos sobre lo que el ARN es capaz de hacer, por ejemplo, actuar como sensores o controladores de la actividad de los genes.

En 2007, Blake Wiedenheft se unió al laboratorio de Doudna como investigador postdoctoral, deseosos de estudiar la estructura de enzimas Cas para entender cómo funcionaban. Doudna acordó un plan, no porque pensara que CRISPR iba a tener algún valor práctico, pero sólo porque era una química todavía fresca. "No era llegar a una meta en particular, salvo la del entendimiento", contó ella.

En cuanto Wiedenheft, Doudna y sus colegas, descubrieron la estructura de las enzimas Cas, comenzaron a ver cómo las moléculas trabajaban juntas como un sistema. Cuando un virus invade a un microbio, la célula huésped se apropia de un poco del material genético del virus, recorta su propio ADN, e inserta un pedazo del ADN del virus en un espaciador.

A medida que la región CRISPR se llena de ADN de virus, se convierte en la galería molecular más buscada, representando a los enemigos que el microbio ha encontrado en su vida. El microbio puede entonces utilizar este ADN viral para activar enzimas Cas como armas guiadas con precisión. El microbio copia el material genético en cada espaciador de una molécula de ARN. Las enzimas Cas, entonces, cogen una de las moléculas de ARN y las acuna. Juntos, el ARN viral y las enzimas Cas navegan a través de la célula. Si se encuentran con material genético de un virus que coincide con el CRISPR del ARN, éste lo agarra con fuerza. Seguidamente, las enzimas Cas cortan el ADN en dos, impidiendo la replicación del virus.



Conforme fue emergiendo la biología de CRISPR, las otras defensas microbianas comenzaron a verse como francamente primitivas. Al usar CRISPR, los microbios podían, en efecto, programar sus enzimas para buscar cualquier secuencia corta de ADN y atacarla de manera exclusiva.

"Una vez que hemos entendido como programar una enzima para cortar ADN, hubo una transición interesante", señaló Doudna. Ella y sus colegas se dieron cuenta de que podría hacer un uso muy práctico de CRISPR. Doudna recuerda que pensó, "Dios mío, esto podría ser una herramienta."

No era la primera vez que un científico ha tomado prestado un truco microbiano para construir una herramienta. Algunos microbios se defeinden de una invasión usando las moléculas conocidas como enzimas de restricción. Las enzimas cortan cualquier ADN que no está protegido por escudos moleculares. Estos microbios protegen así sus propios genes, y luego atacan el ADN desnudo del virus y de otros parásitos. En la década de 1970, los biólogos moleculares descubrieron cómo utilizar las enzimas de restricción para cortar ADN, dando a luz a la industria de la biotecnología moderna.

En las décadas que siguieron, la ingeniería genética mejoró ostensiblemente, pero no podía escapar de un defecto fundamental: Las enzimas de restricción no evolucionaron para hacer cortes precisos, tan sólo trituraraban el ADN extraño. Como resultado, los científicos que utilizaban las enzimas de restricción en biotecnología tenían poco control por dónde cortaban sus enzimas el ADN.

Con el sistema CRISPR-Cas, Doudna y sus colegas se dieron cuenta que éste sí había evolucionado para ejercer justamente ese tipo de control.

Para crear una herramienta de corte de ADN, Doudna y sus colegas escogieron el sistema CRISPR-Cas del Streptococcus pyogenes, una bacteria que causa la faringitis estreptocócica. Era un sistema que llegaron a entender bastante bien, después de haber deducido la función de su principal enzima, llamada Cas9. Descubrieron entonces cómo sustituir la Cas9 con una molécula de ARN que encajaba con la secuencia de ADN que querían cortar. La molécula de ARN guiaba entonces a Cas9 a lo largo del ADN hacia su sitio de destino, y luego dicha enzima hacía su incisión.

Usando las dos enzimas Cas9, los científicos pudieron fabricar un par de tijeras y cortar cualquier segmento del ADN que querían. Entonces, podían convencer a una célula para coser un nuevo gen en el espacio abierto. Doudna y sus colegas inventaron así una versión biológica de encontrar y reemplazar, una que podía trabajar en prácticamente cualquier especie que eligieran trabajar.

Con tan importantes resultados, los microbiólogos también estaban luchando con las aún más profundas implicaciones de CRISPR. Se manifestaba que los microbios tenían capacidades que nunca antes nadie habíamos imaginado.

Antes del descubrimiento de CRISPR, todas las defensas conocidas de los microbios contra los virus eran simples, estrategias de una sola medida. Las enzimas de restricción, por ejemplo, su objetivo es destruir cualquier trozo de ADN sin protección. Los científicos se refieren a este estilo de defensa como inmunidad innata. Nosotros tenemos la inmunidad innata también, pero además, utilizamos un sistema inmune totalmente diferente para combatir patógenos: uno que aprende sobre nuestros enemigos.

Este se llama sistema inmune adaptativo, se organiza en torno a un conjunto especial de células inmunológicas que se tragan a los patógenos y luego presentan fragmentos de ellos, llamados antígenos, a otras células inmunes. Si una célula inmune se une fuertemente a un antígeno, las células se multiplican. Este proceso de división añade algunos cambios aleatorios a los genes receptores de antígenos de la célula. En unos pocos casos, los cambios alteran al receptor de tal manera que le permite coger el antígeno incluso con más fuerza. Las células inmunes, con el receptor mejorado, se multiplican entonces aún más.

Este ciclo da lugar a un ejército de células inmunes con receptores que se pueden unir rápida y fuertemente a un tipo particular de agente patógeno, convirtiénse en concienzudas asesinas. Otras células inmunes producen anticuerpos que una vez atrapan los antígenos ayudan a destruir el patógeno. Se tarda unos cuantos días para que el sistema inmune adaptativo aprenda a reconocer el virus del sarampión, por ejemplo, y pueda aniquilarlo. Sin embargo, una vez que la infección está superada, podemos echar mano de la memoria inmunológica. Unas pocas células inmunes le tienen cogida la medida al sarampión, permaneciendo con nosotros durante toda nuestra vida, y listas para atacar de nuevo.

Con CRISPR, los microbiólogos se dieron cuenta que también es un sistema inmune adaptativo. Permite a los microbios aprender las firmas de virus nuevos y recordarlas. Y mientras que nosotros necesitamos una red compleja de diferentes tipos de células y señales para aprender a reconocer patógenos, un microbio unicelular tiene con ello todo el equipamiento necesario para aprender la misma lección por su cuenta.

ANEXO
Una nueva clase de evolución

CRISPR es un impresionante sistema inmune adaptativo por otra razón: sus lecciones pueden ser heredadas. La gente no puede transmitir los genes de los anticuerpos a sus hijos, ya que sólo las desarrollan las células inmunes. No hay manera de que esa información pueda entrar en los óvulos o espermatozoides. La consecuencia de ello es que los niños deben empezar a aprender acerca de sus enemigos invisibles casi desde cero.

CRISPR es diferente. Dado que los microbios son organismos unicelulares, el ADN que se altera para combatir los virus es el mismo ADN que pasa a sus descendientes. En otras palabras, las experiencias que estos organismos tienen alteran sus genes, y este cambio es heredado por las generaciones futuras.

Para los estudiosos de historia de la biología, este tipo de herencia se hace eco de una desacreditada teoría promovida por el naturalista Jean-Baptiste Lamarck en el siglo XIX. Lamarck defendió la herencia de caracteres adquiridos. Para ilustrar su teoría, él ponía el ejemplo de una jirafa que iba ganando su largo cuello, a través de su esforzo por llegar a las ramas más altas para alimentarse. Un fluido nervioso, creía él, estiraba su cuello, que hacía a la jirafa llegar más fácilmente a las ramas. Luego pasaba ese cuello alargado a sus descendientes.

El advenimiento de la genética parecíó aplastar esa idea. No parecía haber ninguna manera de que las experiencias que alteraban los genes de los organismos se transmitieran a su descendencia. Pero CRISPR ha revelado que los microbios reescriben su ADN con información sobre sus enemigos, esa información que Barrangou mostró que podría suponer la diferencia entre la vida y la muerte para sus descendientes.

¿Significaba esto que CRISPR cumple con los requisitos de la herencia lamarckiana? "En mi humilde opinión, sí", afirmó Koonin.
Pero, ¿cómo es posible que los microbios desarrollen estas habilidades? Una vez que microbiólogos empezaron a descubrir los sistemas CRISPR-cas en diferentes especies, Koonin y sus colegas han ido reconstruyendo la evolución de los sistemas. Los sistemas CRISPR-Cas utilizan un gran número de enzimas diferentes, pero todos ellos tienen una enzima en común, llamadas cas1. El trabajo de esta enzima universal es el de agarrar el ADN del virus entrante e insertarlo en espaciadores CRISPR. Recientemente, Koonin y sus colegas descubrieron cuál puede ser el origen de las enzimas cas1.

Junto con sus propios genes, los microbios portan tramos de ADN llamados elementos móviles que actúan como parásitos. Los elementos móviles contienen genes para enzimas que existen sólo para hacer nuevas copias de su propio ADN, cortan el genoma de su anfitrión, e insertan la nueva copia. A veces, los elementos móviles pueden saltar de un huesped al otro, ya sea por enganchar el paso con un virus o por otros medios, y se extienden a través del genoma de su nuevo huésped.

Koonin y sus colegas descubrieron que un grupo de elementos móviles, llamadas casposons, produce enzimas que son casi idénticas al cas1. En un nuevo estudio en  Nature Reviews Genetics, Koonin y Mart Krupovic, del Instituto Pasteur de París, sostienen que el sistema CRISPR-Cas tuvo su inicio cuando las mutaciones transformaron los casposons de enemigos a amigos. Domesticaron sus enzimas para el corte de ADN, asumiendo una nueva función: almacenar el ADN capturado del virus como parte de su defensa inmune.

Mientras CRISPR puede haber tenido un origen único, se ha extendiendo en una gran diversidad de moléculas. Koonin está convencido de que los virus son responsables de esto. Una vez que se enfrentaban a la poderosa y precisa defensa de CRISPR, los virus debieron evolucionar tomando tacticas evasivas. Ir cambiando la secuencia de sus genes para que CRISPR no pudiera aferrarse a ellos fácilmente. Además los virus también transformaron moléculas que pudiesen bloquear las enzimas Cas. En esta escalada armamentística, los microbios también respondieron. Adquirieron nuevas estrategias de uso de CRISPR contra el que los virus no podrían luchar. Durante muchos miles de años, en otras palabras, la evolución se ha comportado como un laboratorio natural donde escribir nuevas recetas para alterar el ADN.

La verdad oculta

Para Konstantin Severinov, que auna su trabajo en la Universidad de Rutgers y el Instituto Skolkovo de Ciencia y Tecnología en Rusia, estas explicaciones de CRISPR están asomándose a la verdad, aunque apenas empiezan a dar cuenta de todo su misterio. De hecho, quedan abiertas las cuestiones de Severinov sobre si la lucha contra los virus es la función principal de CRISPR. "La función inmune puede ser sólo una cortina de humo", declaró.

Las dudas de Severinov derivan de su investigación sobre los espaciadores de la E. coli. Él y otros investigadores han acumulado en una base de datos decenas de miles de estos espaciadores, pero sólo un puñado de ellos coincide con algún virus conocido que infecte a la E. coli. No se puede culpar de esta escasez a nuestra ignorancia de la E. coli o a sus virus, Severinov argumenta, porque ellos han sido los caballos de batalla de la biología molecular durante un siglo. "Algo alucinante", exclamó.

Es posible que los espaciadores vinieran de los virus, pero de virus que desaparecieron hace miles de años. Los microbios conservan estos espaciadores, incluso cuando ya no tengan que hacer frente a aquellos antiguos enemigos. En su lugar, usan CRISPR para otras tareas. Severinov especula que una secuencia de CRISPR podría actuar como una especie de código de barras genético. Las bacterias que comparten el mismo código de barras podría reconocerse entre sí como parientes y cooperar, mientras se lucha contra las poblaciones no relacionadas de bacterias.

Aunque a Severinov no le sorprendería si CRISPR también puede realizar otros trabajos. En experimentos recientes han demostrado que algunas bacterias utilizan CRISPR para silenciar sus propios genes, en lugar de buscar genes de enemigos. Al silenciar sus genes, las bacterias dejan de producir moléculas en su superficie por las que son fácilmente detectadas por nuestro sistema inmune. Sin este sistema de camuflaje CRISPR, las bacterias inflarían su superficie y serían exterminadas.

"Se trata de un sistema bastante versátil que puede ser usado para diferentes cosas", dijo Severinov, y el equilibrio de todas ellas puede diferir de un sistema a otro y de especie a especie.

Si los científicos pueden obtener una mejor comprensión de cómo funciona CRISPR en la naturaleza, podrán reunir más ingredientes básicos para las innovaciones tecnológicas.

Para crear una nueva forma de editar ADN, Doudna y sus colegas aprovecharon del sistema CRISPR-Cas desde una única especie de bacteria, Streptococcus pyogenes. No hay razón para asumir que es el mejor sistema para esa aplicación. En Editas, una empresa con sede en Cambridge, Massachusetts, los científicos han estado investigando la enzima Cas9 hecha por otra especie de bacteria, Staphylococcus aureus. En enero, los científicos de Editas informaron que es lo más eficaz para cortar el ADN como el Cas9 del Streptococcus pyogenes. Pero también tiene algunas ventajas potenciales, incluyendo su pequeño tamaño, que puede hacer que sea más fácil de entregar a las células.

Para Koonin, estos descubrimientos son sólo pasos de bebé en el océano de la diversidad CRISPR. Los científicos están trabajando fuera de la estructura de las versiones alejadas de Cas9 que parecen comportarse de manera muy diferente a los que estamos ahora familiarizados. "¿Quién sabe si esto podría llegar a ser incluso una herramienta mejor?", Dijo Koonin.

Y a medida que los científicos descubren más tareas que lleva a cabo CRISPR en la naturaleza, también podrán ser capaces de imitar esas funciones. Doudna es curiosa acerca del uso de CRISPR como herramienta de diagnóstico, para buscar células de cáncer y mutaciones, por ejemplo. "Se trata de buscar y detectar, no buscar y destruir", dijo. Pero después de haber sido sorprendida antes por CRISPR, Doudna espera que los mayores beneficios de estas moléculas puedan sorprendernos una vez más. "Hace que uno se pregunte, qué más hay por ahí".

# # #
- Imagen.1. Los microbios, como la E. coli, en sus millones años de antigüedad, han podido utilizar CRISPR como arma en su lucha contra los virus. Foto por Eric Erbe, Colorization by Christopher Pooley. USDA.
- Imagen.2.  Jennifer Doudna. Foto Cailey Cotner.
-  Este video muestra cómo CRISPR y Cas9 pueden ayudar a combatir los virus y microbios cuando los investigadores pueden utilizar este sistema para modificar los genes humanos.
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Editor del blog Pedro Donaire

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