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Referencia: Papeles del Psicólogo, 2012. Vol. 33(3), pp. 183-201 .
por Marino Pérez-Álvarez .

Marino Pérez-Álvarez es Psicólogo clínico y Catedrático de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos en la Universidad de Oviedo.

La Psicología Positiva: Magia Simpática, por Marino Pérez-Álvarez
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EL LADO NEGATIVO DE LA PsP

Por más que exhibe y hace brillar el lado positivo del ser humano, de la vida y de  la propia psicología ocupándose de ello, y más allá de su pretendida utilidad, la PsP no deja de tener su lado negativo y oscuro.

División de la psicología

Por lo pronto, introduce una división dentro de la psicología, dando a entender  automáticamente que  hay una psicología negativa: el resto de la psicología,  señaladamente, la psicología  clínica, que se habría centrado sobre todo en aspectos  negativos. Con la PsP, la psicología se estaría dividiendo entre la centrada en la patología y la centrada en la hapiología. Además de dividir la psicología  académica, la PsP divide también  la psicología popular, tratando  de separar, de un lado, a quienes son positivos, optimistas o guays  y, por otra,  negativos, pesimistas o “tóxicos”. En esta división, los pensamientos pesimistas y las emociones disconfortantes  son anatema, para  lo que pareciera una religión que vela por las virtudes frente a los pecados.

Sin embargo, las emociones y los rasgos  psicológicos no son “positivos” o “negativos”  y su impacto  perjudicial  o beneficioso depende  del contexto específico y de la moti- vación implicada,  como se dijo antes  y era  bien sabido por la psicología  de siempre. Así, emociones “negativas” como el enfado  y la ira pueden  ser positivas —adaptativas y motivadoras— para rectificar errores personales  y sociales, así como la infelicidad y el descontento pueden  mover a uno a identificar y cambiar  situaciones mejorables.  Por su parte,  emociones  “positivas” como el optimismo y la  euforia  pueden  ser negativas,  por  ejemplo,  cuando  “enganchan” a uno en tareas  y empresas  cuyo resultado más probable es la pérdida. Para  algunos  puede  que  incluso sentirse demasiado bien sea  malo. Si la rumia de pensamientos “negativos” te puede  meter fácilmente en depresión, la rumia de pensamientos  acerca  de lo bien que te sientes y lo feliz y lo “guay” que eres te llevan sin mayor dificultad a la manía (Gruber,  2011). Hasta la misma felicidad puede ser perniciosa como se dirá después (Gruber, Mauss, & Tamir, 2011).

Aunque los psicólogos positivos reconocen  que esta di- visión es insostenible e incluso dirían que ellos no la sustentan,  lo cierto es que  el santo  y seña  de  la PsP es el énfasis sobredimensionado de  las emociones  y características “positivas” y anatema de las “negativas”.  Al menos,  esto es lo que  queda  en  la atmósfera después de tanta polvareda de PsP. Una atmósfera enrarecida  con la tiranía de la actitud positiva.

Tiranía de la actitud positiva

No hay nada malo en querer cambiar  tu vida para  me- jor. Sin embargo, tener que ser feliz a toda costa, puede ser una tiranía. El “Don’t Worry, Be Happy”, de ser una canción  de  la década de 1980, ha  pasado a  ser una cantinela  en la primera  década de 2000. Barbara  Held ha mostrado y denunciado la tiranía  de la actitud positiva en EE.UU. y no sólo allí (Held, 2002). Como dice esta autora, la escalada de  presión  sobre  la gente  para  ser felices y alegres,  reír y mirar el lado positivo, no importa lo dura  que sea la vida, puede  hacer  más mal que bien. Llamo a  esta  presión,  dice  Held, “tiranía  de  la actitud positiva porque  si te sientes mal por  algo  y no puedes poner  una  cara  feliz, por  más  que  lo hayas  intentado, puedes  terminar por sentirte peor.  No sólo te sientes mal por lo que  te pasa, también  te sientes culpable  por  no sentirte bien. Puedes sentirte fracasado por no ser capaz de  mantener  una  actitud  positiva.” (Held, 2002, pp.  986-987). Recuérdese lo dicho a propósito  de la actitud positiva en el cáncer.

Si, como asegura la PsP, conocemos las claves de la felicidad,  la  derivación  lógica  y responsabilidad de  los descubridores  es extenderla  a toda la población.  ¿Acaso hay excusa para  no ser felices? Si existen medios (los citados “cristales correctores”) para ayudar a encontrar la felicidad, “decidir  usarlos  depende  sólo de  ti” (Fernán- dez-Berrocal  y Extremera, 2009, p. 252).  “No  sentirse mal en la vida no debería  ser suficiente. Debemos tener metas mas ambiciosas  y tener un auténtico compromiso intelectual y profesional  con la promoción  del bienestar en sentido amplio. Es posible que nuestro paciente  ya no tenga síntomas de depresión, de ansiedad o psicoticos. Pero, ¿esta realmente bien?, ¿se siente en sintonía con la vida?, ¿puede  desarrollar lo mejor  de  si mismo, ...?” (Vazquez,  2009, p. 24).

Edgar  Cabanas plantea  con  meridiana  claridad  las consecuencias  psicológicas  de  este  mandamiento (Cabanas, 2011). Se insiste hasta  la saciedad en que “no sentirse mal  en  la  vida  no  debería ser suficiente”, lo que  implica que ser feliz es una  cuestión que  va  mas allá  del hecho  de  estar  razonablemente bien. El mandato de que “debemos  tener  metas  mas  ambiciosas” con el fin de estar “realmente  bien” entrampa  al individuo en un proyecto sin fin, ya que ni la literatura popular de la autoayuda ni la PsP ofrecen criterios concretos que indiquen  cuando  uno está completamente  desarrollado,  o qué  es estar  “realmente bien” más  allá  de  los criterios subjetivos de  cada  cual.  Así, podríamos estar continuamente cuestionándonos si estamos  o no “realmente bien”, porque  subjetivamente ¿en que momento, de hecho,  no podríamos, en algun sentido, estar mejor que bien?  La consecuencia  psicológica  mas destacable es que  el individuo se embarca en  un proyecto  en  el cual  raras  veces puede  estar  a  la  altura  de  sí mismo. Reconocer  que  no  eres  feliz es desesperante porque, entonces,  la  vida  de  uno  aparece como  un completo fracaso.  Esta “tiranía” puede  suponer  una  condición psicopatológica, ya  identificada como “trampa  de  la felicidad”  (Harris, 2010), junto con las descritas en la perspectiva de la hiperreflexividad (Pérez  Álvarez, 2012, cap.  3).

Optimismo sin escrúpulos

La PsP ha  contribuido  a la propagación y legitimación “científica” del optimismo y la felicidad  como salvoconducto para  andar por la vida. Se trata  de un optimismo sin escrúpulos,  según  una  expresión  de  Schopenhauer, que refiere una visión del mundo repleto de oportunidades y una actitud posibilista para  ser y conseguir  lo que quieras.  La literatura  del ramo  recuerda  el optimismo cándido  de  Pollyanna  y Pangloss.  Como se recordará, Pollyanna es una niña,  protagonista de la novela homónima de Eleonor Porter, de 1913, educada en el optimismo  y en  el juego  de  encontrar  el lado  bueno  de cualquier  cosa  para  alegrar la vida  de  todos  y, por  su parte,  Pangloss es el protagonista de Cándido,  o el opti- mismo, de  1750, donde Voltaire parodia el optimismo leibniziano  según el cual “todo sucede  para  bien en este, el mejor de los mundos posibles.”

Dejando  aparte  si el optimismo inteligente o realista es algo  más  que  una  tautología  que  se define después  de los hechos  (si fue bien  es que  era  inteligente,  etc.), la cuestión es que la cultura del optimismo y de la felicidad puede  ser perniciosa,  a pesar  de todo. Después de tanta infusión de  actitudes  positivas y optimismo y tanta  búsqueda  de  felicidad,  cabe  preguntarse si esto no  tiene que ver con la epidemia  de narcisismo actual (Twenge y Campbell,  2010), con la generation  me, cómo los jóvenes son  más  seguros  de  sí mismos y asertivos  y están más  preparados y, sin embargo, son más  desdichados que nunca  (Twenge, 2006), y con la paradoja del decli- ve de felicidad femenina (Stevenson y Wolpers, 2009).

¿Qué  pasa  si los niños, lo que quieren es ser felices, según las cantinelas que escuchan a diario? ¿Se les envía a la escuela  si no quieren? ¿Tienen que estar  en la escuela divirtiéndose continuamente?  ¿Qué se puede  esperar  si se pregunta  todos  los días  “Niños,  ¿qué  fue bien  la última noche”, en un programa de PsP en la escuela? (Seligman, Ernst, Gillham, Reivich y Linkins, 2009, p. 306).  Conocemos la candidez de Pollyanna y sabemos lo que resultó de la cultura y programas de autoestima diciendo a los niños que son especiales:  que su ego  se infla y su rendimiento declina  (Twenge y Campbell,  2010, pp.  49-50).  No está mal enseñar  a identificar las fortalezas  características  que cada  uno posee en abundancia, pero mejor todavía  es lo que dice Schopenhauer (2000),  en la Tabla 4.


Conocemos  también  la candidez de Pangloss y sabemos lo que resultó del optimismo de políticos, de expertos financieros  y de gente  de a  pie: la crisis económica actual.  Esta es la opinión de Ehrenreich: “El optimismo casi unánime de los expertos contribuyó ciertamente a la escalada de la deuda  de mala  calidad  y de los préstamos dudosos,  pero también tuvo su parte de culpa el optimismo irredento  de la mayoría  de los estadounidenses  de a pie. Y la ideología  del pensamiento  positivo vino a darle alas a este optimismo, a la sensación de “yo lo val- go” que lo acompaña. Una periodista  de Los Angeles Times —continua Ehrenreich—, hablando de El Secreto, contaba: “Mi hermana, al volver de  las vacaciones  en Nueva York, entró en mi casa  y dejó caer  en el taburete del piano  una  bolsa  vieja de cuero,  hecha  a  mano,  diciendo:  ‘¿Has visto que bolso tan precioso  me he manifestado para mí misma?’ Tras ver el deuvedé  de El Secreto,  la chica había  llegado  a  creer  que merece  ese objeto, que era  suyo y tenía que cogerlo, así que lo car- gó  en su tarjeta  de  crédito.”  (Sonríe o muere, p. 219). L’Oréal, porque  yo lo valgo. ¡Que no cunda  el optimismo!, sería en buen eslogan para muchas personas.

Sin que el optimismo sea  negativo,  lo cierto es también que el pesimismo puede  ser positivo. El pesimismo no es un síntoma  sino una  actitud.  Julie Norem  ha  definido  el pesimismo defensivo, consistente en “ponerse  en lo peor” y prever cómo las cosas podría  ir mal, como una estrategia que ayuda  a las personas  preocupadas a dominar  su ansiedad de modo que ésta se vuelva a favor y no en contra (Norem, 2001). El pesimismo defensivo, aparte  probablemente de ser más realista  y responsable, amortigua el impacto emocional si las cosas  salen  mal y no excluye gratuitamente la responsabilidad personal. Los estudios muestran  que los pesimistas no tienen mal concepto de sí mismos, ni están abocados a la depresión,  ni a una peor salud (Norem, 2001, p. 108). No obstante,  como se dijo, se cacarea más el optimismo, seguramente de forma interesada (Coyne et al, 2010; Rasmusen et al, 2009).

Hasta  la misma felicidad  puede  ser perniciosa,  como se decía.  Los estudios  muestran  que  la  persecución  y experiencia de felicidad pueden producir resultados negativos:
1) cuando  es desmesurada (de la euforia a la manía hay un paso),
2) si está fuera de lugar (no se puede ir alegremente por cualquier sitio),
3) se persigue por encima de todo (además de distraer de lo importante en la vida puede ser decepcionante) y
4) cuando uno está rebosante de autoestima y orgullo y sin pizca  de  modestia, vergüenza  y culpa, no se ha de  extrañar  de  tener  pocos  amigos (Gruber  et al, 2011).
La conocida  paradoja de que la búsqueda de la felicidad la espanta, está  demostrada experimentalmente (Mauss, Tamir, Anderson, y Savino, 2011). Mejor que perseguir la felicidad y el bienestar a costa de depurar los afectos negativos y síntomas depresivos, es dejarlos ir, de acuerdo con la teoría en base  a la aceptación  y la flexibilidad psicológica (Shallcross, Troy, Boland y Mauss, 2010).

Los psicólogos  positivos pueden  decir que ellos hablan de  niveles óptimos de  bienestar,  reconociendo  que  demasiada felicidad puede  ser perjudicial (Oishi, Diener, y Lucas, 2007), de  modo  que  todo  lo relativo al optimismo, felicidad y bienestar  tiene que ser matizado  y contextualizado.  Asimismo, sugieren  que  la  flexibilidad psicológica  puede  ser clave para  el bienestar  (Wood  y Tarrier, 2010, p.  824).  Cierto. Pero al tener  que  matizarlo  y contextualizarlo  todo,  ya estamos  en la psicolo- gía de siempre. La ley Yerkes-Dodson de la motivación y la ansiedad ya  se conoce  desde  1908  y la flexibilidad psicológica, sin ir más lejos, es un concepto central de la terapia  de  aceptación   y compromiso  (Hayes,  Luoma, Bond, Masuda  y Lillis, 2006). Para esto no hacía  falta in- ventar la PsP.

LO BUENO NO ES NUEVO Y LO NUEVO NO ES BUENO

Entonces, ¿cómo es que  la PsP tiene tanto  éxito? ¿No tiene nada positivo? ¿Qué  futuro tiene? El éxito que  sin duda  tiene, no garantiza su bondad ni calidad  científica. Ahí están, sin ir más lejos, el éxito del horóscopo  y del libro El secreto. Acaso el éxito de la PsP sea más síntoma de cómo anda el mundo y la psicología,  que señal de alguna  aportación nunca  vista. A tenor de lo expuesto,  el éxito de la PsP se ha de situar en el contexto de la sociedad  de bienestar  hiperconsumista  del capitalismo de última  generación. La nueva  “aventura  individualista  y consumista  de  las sociedades liberales”  se caracteriza, como dice Lipovetsky, por el consumo emocional,  con la búsqueda de la felicidad a la cabeza (La felicidad paradójica). Dentro de esto, la PsP viene a servir un discurso de legitimación ideológica (Binkley, 2011). La sociedad no sólo queda  a salvo de toda crítica, sino que se ofrece como fuente de oportunidades y, por su parte,  los individuos son halagados por  sus potencialidades e ilusionados con la promesa  de más felicidad. Si no son felices es porque no quieren. La PsP es sintomática, pues, del individualismo consumista de la sociedad  actual, y respecto de la propia  psicología,  seguramente, es síntoma de miseria  intelectual y avidez  de modas que la caracterizan en su deriva acomodaticia y conservadora.

Respecto a las posibles aportaciones de la PsP para la psicología  y la sociedad,  no se pueden  dar por supuestas, a pesar  de su propagación. Utilizando un conocido quiasmo, se puede  decir que lo bueno  no es nuevo y lo nuevo no es bueno.

Lo bueno es su énfasis en las fortalezas,  virtudes y competencias,  como alternativa  a la patologización de la vida cotidiana y al modelo médico dominante en psicología clínica. Dejando  aparte  que la PsP no ha “roto” con el modelo médico sino que se ofrece  como  un complemento cosmético (Joseph y Linley, 2006), la cuestión es que la alternativa  que ofrece ya se encuentra  en la psicología “tradicional”, empezando por la psicología humanista  (Gonzalez  Pardo y Pérez Álvarez, 2007, cap. 12). 

Por su parte,  Costa y López recuerdan la larga  tradición del modelo de potenciación  dentro  de la psicología,  a la vez que muestran  las limitaciones de la PsP al respecto (Costa y López, 2008). Las propias  obras  de es- tos autores  excusarían  a la psicología  española de que- dar  prendada de  la PsP (Costa y López, 2006; 2012). Seguramente  por la ligereza  de equipaje, la PsP tiende a llenarse con contenidos establecidos en la psicología (Prieto-Ursúa, 2006), pero  para  esto no son necesarias las alforjas que nos vende. El problema  sería que nuevas generaciones de  psicólogos  formados  en  su atmósfera crean  que la PsP es el alfa y la omega  de la psicología, cuando  en realidad probablemente sea  una  de  las tendencias  más  frívolas de  su historia. Cuanto menos lean los psicólogos, más seguros estarán  de su originalidad.

Lo nuevo es su énfasis en el estudio científico de la felicidad  y del bienestar.  Pero, a este respecto,  ni sus aportaciones tienen solidez científica (ecuaciones pseudocientíficas, correlaciones espurias, etc.), ni la felicidad, ni el bienestar,  parecen  tener solvencia como pa- ra fundar una ciencia. El problema es que la PsP desvirtúa el objeto de la psicología como ciencia  del comportamiento  (Costa y López, 2008). Y es que difícil- mente se pueden  fundar ciencias con epifanías.

Aunque sería lógico que la PsP se disuelva en la psicología, tiene ya demasiados intereses creados  y está institucionalizada de  tal manera que no es de  esperar  que eso ocurra. A pesar de la escasa  importancia  que la PsP concede a la construcción de los fenómenos Psicológicos y al contexto en el que ocurren, su “discurso” no deja de tener  un carácter  constructivo susceptible de  crear un contexto y nicho en el que  encuentre  su propia  validación (sin duda favorecida  por las tautologías)  y sobreviva merced  a  su poder  de  atracción  y magia  simpática. Habrá  que ver si el nicho es un ecosistema o una tumba. Con todo,  las cuestiones abordadas no debieran que- dar  aquí,  sino plantear  la cuestión filosófica de  fondo, acerca  de la felicidad como principio de la vida. El lector está invitado, y se espera  que no sea uno solo, a un excurso filosófico que  bien pudiera  ser una  excursión por los Picos de  Europa  de  la  filosofía de  la  felicidad,  de acuerdo  con el análisis  y la tesis de Gustavo Bueno, en su libro El mito de la felicidad.  Autoayuda  para  desengaño  de quienes buscan ser felices (Bueno, 2005).


- Artículo relacionado sobre Marino Pérez-Álvarez en este blog.
- Los libros referenciados en el texto ocupan demasiado para el formato de este blog, así que indico al lector interesado vaya al final del artículo original para tal información.
- imagen.1. escena de salto, anónima.
- imagen tabla 4 extraída del original.
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