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» » » » » Prólogo de Carlos Rodríguez Braun a 'Guía Políticamente Incorrecta del Capitalismo', de Robert P. Murphy

Referencia: Editorial Innisfree..
por Carlos Rodríguez Braun, 13 febrero 2014

La corrección política es una expresión del totalitarismo contemporáneo. En el prólogo al Diccionario Políticamente Incorrecto señalé hace unos años: “La generalización de la democracia ha estrechado paradójicamente el pluralismo, y de hecho la propia noción de corrección política nace en uno de los países más democráticos del mundo, Estados Unidos. En estos tiempos modernos de progreso, democracia y libertad, parece que siguen rigiendo los viejos cánones, y hay cosas que no se pueden pensar, ni mucho menos decir”.

Pues precisamente de Estados Unidos nos llega esta irreverente perla contra el pensamiento único. El doctor Robert P. Murphy desmonta buena parte de los tópicos contrarios al capitalismo, y no le importa nadar a contracorriente ni enfrentarse a los mayores patriarcas de la ciencia económica, como el legendario Paul Samuelson, que llegó a proclamar que la economía comunista podía funcionar y prosperar…¡y lo afirmó en 1989!

Dirá usted: pero Samuelson era premio Nobel de Economía y era un genio. Pues claro que sí: ambas cosas son ciertas. Pero los premios Nobel y los genios no están exentos de comportarse como perfectos cantamañanas, ni de soltar fabulosas gansadas. Y quien defendió la posibilidad de un comunismo fructífero justo cuando ese sistema empobrecedor y  criminal estaba a punto de resquebrajarse acusadamente y quizá de caer para siempre, simbolizado en el Muro de Berlín, enlaza con ambas categorías.

Bien mirado, sin embargo, el problema es bastante más grave. No se trata de que los grandes pensadores tropiecen un poco, o incluso mucho. Esto es esperable. Como dijo Horacio: incluso Homero dormitaba. Y son magnos e ilustres los nombres que pueblan la galería de economistas y otros cultivadores de las ciencias y las artes que se equivocaron a propósito del capitalismo. Lo alarmante no es eso sino cómo se equivocaron.

En efecto, el sesgo no puede ser más claro: tendieron masivamente a equivocarse siendo demasiado hostiles al capitalismo y demasiado amables con el socialismo. Y si ampliamos estos conceptos hacia nociones más amplias como la sociedad abierta o libre y la sociedad cerrada u organizada desde el poder, nos encontraremos con legiones de sabios que desde Platón hasta Krugman (por seguir con Premios Nobel de Economía) postularon la ventaja de que la política se ocupara de resolver los problemas de la comunidad, recurriendo para ello a la limitación, condicionamiento o quebranto de las dos instituciones fundamentales de la sociedad libre: la propiedad privada y los contratos voluntarios.

Desde Aristóteles hasta Einstein las cabezas más privilegiadas han desconfiado del comercio, que es resultado benéfico de dichas instituciones. No lo hicieron, desde luego, porque les faltara inteligencia. Quizá les faltaba otra cosa, como la modestia a la hora de reconocer las debilidades de la razón humana para intervenir en órdenes sociales complejos. Los enemigos del capitalismo arrastran esa arrogancia por la que creen saber mejor que la gente lo que le conviene a la gente, algo que afecta típicamente a los intelectuales y los políticos, esos “socialistas de todos los partidos”, como los llamó Hayek (no todos los premios Nobel de Economía son iguales, qué alivio), y a los grupos de presión que se benefician cuando el poder recorta la libertad y limita el capitalismo, supuestamente en beneficio de todos…¡incluido el propio capitalismo!

A esa actitud general de recelo frente a la economía de mercado, o de buenista aspiración a un “equilibrio entre el mercado y el Estado”, que suele desembocar en más del segundo y menos del primero, se suma una característica particular de la ciencia económica: el predominio de la teoría neoclásica ha conducido a una visión de la disciplina exclusivamente asignativa y engañosamente positivista que, aunque satisfizo la presunción de muchos economistas que creyeron erradamente que su campo de estudio es una ciencia igual que las demás, distorsionó la economía y facilitó las críticas que la veían como la apoteosis monstruosa del homo economicus, como la deshumanización utilitarista de Thomas Gradgrind en Tiempos Difíciles,  el estereotipo que reduce el alma humana a la rigidez de lo tangible, dejando completamente de lado toda relación con los sentimientos generosos, los valores y la moral.

Conviene recordar que esta visión no está ideológicamente limitada. El grueso de los economistas la comparte, incluyendo a liberales tan destacados como Friedman (otro Nobel), que popularizó la frase there is no such thing as a free lunch, no hay almuerzos gratis. Entonces, como nada es gratis, da la sensación de que el único problema es asignar racional y eficientemente los recursos escasos, como reza la célebre definición de economía que acuñó Lionel Robbins en 1932.

Aunque es indudable que la asignación de recursos es objeto del análisis económico, que con ese enfoque ha obtenido resultados sin duda valiosos, también el neoclasicismo ha estrechado el ámbito de la acción humana analizado por los economistas, reduciéndolo a procesos de equilibrio y maximización excesivamente estáticos y parciales, cuya belleza formal a veces oculta debilidades en la integración de dimensiones cruciales como la institucional o la política. De ahí se puede resbalar con más o menos petulancia hacia diversos grados de pulverización de los principios liberales.

Es frecuente, por ejemplo, que muchos economistas simplemente se nieguen a considerar que algunas instituciones, como la moneda, o conductas con miras sociales, como la redistribución de la renta, o ámbitos económicos, como el monopolio,  o naturales, como la protección del medio ambiente, puedan desarrollarse o abordarse sin una vasta y profunda coacción política y legislativa. Alegarán, sin atreverse a cuestionar su validez supuestamente absoluta, una serie de fallos del mercado, todos derivados de la interpretación del mismo en tanto que artefacto puramente asignativo, como los bienes públicos, las externalidades, o las asimetrías de la información. O incluso concluirán, como hicieron figuras destacadas antes de Samuelson, que el comunismo era algo no muy diferente del capitalismo, es decir, era solo una forma más de asignar recursos, sobre el cual los economistas no tenían nada especial que objetar, ni técnica, ni política, ni institucional, ni éticamente.

La ventaja de este libro de Robert P Murphy es que no acepta esta ficticia y aparentemente neutral equiparación. En las páginas que siguen el lector encontrará una defensa del capitalismo y una crítica del socialismo. Para Murphy el empresario no es un mero agente maximizador de la asignación de recursos escasos, sino un dinámico creador de riqueza y una fuente crucial de la sociedad abierta y próspera. Para este libro la libertad de las personas no es un formalismo que deba someterse a prioridades colectivas ni a supuestos “derechos” que el Estado tramposamente presume de extender sobre la base de violar sistemáticamente los derechos y las libertades individuales. Tampoco cae en los embustes antiliberales típicos, como que el mercado es una selva sin reglas, o que el Estado resuelve todos los problemas y conflictos mágica y gratuitamente.

En sus dieciséis capítulos, la obra derriba los argumentos que sostienen el odio al capitalismo y el miedo a la libertad. El lector con amplios horizontes disfrutará de su prosa ágil, y podrá apoyarse en el texto para abrir nuevos caminos de reflexión y debate –son muy recomendables los recuadros que citan libros que usted no debería leer: por favor, no deje de hacerlo.
Por supuesto, si gracias a este libro se precipita usted en los abismos tenebrosos de la incorrección política, no le puedo asegurar que su vida será siempre un lecho de rosas. Ahora, bien, son tantas y tan ridículas las bobadas que sueltan los progresistas de todos los partidos a propósito del capitalismo, que echará usted gracias a este libro muy buenos ratos y hará muchas risas. Eso sí que se lo puedo asegurar.


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