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» » » Propiedad o "derechos" de propiedad

por Anthony de Jasay, 6 de enero 2014

He extraído y traducido esta parte del artículo Anthony de Jasay, publicado en Library of Economics and Liberty, porque me ha parecido muy interesante su reflexión a la hora de considerar la diferencia entre la propiedad entendida como propia y la propiedad otorgada..

Dado que una característica definitoria de la propiedad es que no hay razón suficiente para evitarla dentro de un sistema de convenciones adoptadas de forma espontánea, resulta sumamente redundante, un feo pleonasmo, hablar de un derecho de propiedad o de derechos de propiedad.

Esto, por supuesto, es cierto para cualquier tipo de libertad definida correctamente. Uno no tiene derecho a la libertad de expresión si hablar es ya, de hecho, libre y definido como tal. Aquellos que interfieren en ello sin razón suficiente y silencian al hablante son los que están haciéndolo mal. No hace falta decir que no deberían hacerlo así ni a usted ni a los demás, y que declarar que usted y los demás tienen derecho a no ser ofendidos es, a la vez que tonto, algo que también socava la fuerza del concepto de libertad, la cual no gana nada de esa inferencia que necesita de un derecho para disfrutar de ello. Un ejemplo clásico de cómo socavar la libertad mediante la creación de un derecho a la misma proviene del "Primer Principio de Justicia", de John Rawls, que establece que "todo el mundo debe tener derecho a la mayor libertad posible", en lugar de decir que "todo el mundo debe tener la mayor libertad posible".

En la economía moderna, se ha convertido en una moda el no hablar de la propiedad, sino de los derechos de propiedad en plural, incluso de una "economía de los derechos de propiedad". Se usa la noción de un "conjunto de derechos", cada uno distinto de los demás. Cada cual pudiéndose eliminar por separado del paquete. Una vez que cada uno ha sido eliminado, el concepto de propiedad existe solamente como la sonrisa del gato de Cheshire.

¿Por qué esto es razón para el disgusto intelectual, además de dar ansiedad y señales inequívocas de advertencia? (¿Y por qué más aún respecto a la propiedad que ante cualquier otra libertad?)

Un derecho es una palabra vacía, que no tiene consecuencias a menos que vaya acompañado de una obligación. El derecho es una opción que clama por el cumplimiento de la obligación correspondiente. Uno puede tener hambre por un plato de sopa, pero tienes derecho a ello si alguien tiene la obligación de servírtelo cuando tú lo demandes. Si el titular del derecho no tiene "deudor" al otro lado, y con la obligación de darte la sopa cuando lo exijas, tu hambre se queda, en el mejor de los casos, en una mera aspiración deseada, y al llamarlo derecho se está jugando irresponsablemente con la mojigatería de los falsos significados.

Si los "derechos de propiedad" no deben ser falsamente irresponsables, ha de haber una obligación que le dé sentido al derecho. ¿Quién concede el derecho e impone la obligación de adecuarlo? Existe una historia que responde a este enigma, a pesar de no encontrarse nunca, o raramente, entre en los textos de las líneas actuales de la filosofía política.

La propiedad, se nos dice subliminalmente, es creada por la sociedad y por su gracia se confiere derechos sobre la propiedad a los propietarios nominales. Los propietarios deben ser conscientes de la deuda moral que deben a la sociedad por su gracia. La sociedad tiene entonces la obligación de proporcionar a los titulares de derechos la seguridad de una tenencia y servicios de resolución de conflictos que puedan requerir. Se ha aceptado esta obligación mediante la celebración del contrato social. Entre otros logros que se le imputan, el contrato social lo ha creado el Estado, un agente de la sociedad. Como tal, el Estado lleva a cabo la obligación de proteger los derechos de propiedad en contra de todo salvo en contra de sí mismo. Esta última excepción, obviamente, de efecto decisivo, se debe al derecho de "dominio eminente" en el sentido más amplio del Estado, y a la autoridad que le confiere cierta regla de elección colectiva predominante (por ejemplo, la mayoritaria). Los titulares de derechos de propiedad, a cambio, tienen la obligación correspondiente de someterse a estos derechos del Estado. Dos obligaciones discernibles adecúan dos derechos abiertamente declarados, dos para los titulares de derechos de propiedad y dos para el Estado. Esta parece ser la lógica artificial de la teoría moderna de los derechos de propiedad, y ello parece apuntar hacia la conclusión de que somos dueños de lo que el Estado nos ha dado y nos permite poseer, pero no más.

Creo que esta conclusión, aunque plausible, no es ley inexorable. Dado que no tiene en cuenta la incapacidad crónica del Estado para mantenerse dentro de límites tolerables en cuanto a lo que concierne al individuo por mor de la imposición de lo colectivo. Por mucho que la doctrina de moda de los derechos de propiedad pueda persuadir al público de que así son las cosas y que así deben ser, muy pronto no habrá gente suficiente para decir que lo suficiente ya es suficiente, y un juego distinto debe comenzar. En muchos países, hoy día, es probable que ya hayan llegado a este punto de inflexión.


- Autor: Anthony de Jasay es un economista anglo-húngaro que vive en Francia. Es autor, entre otros libros, de El Estado (Oxford , 1985 ), y más recientemente de "Economic Sense and Nonsense: Reflections from Europe", 2007-2012. "El Estado" está disponible de en línea en Library of Economics and Liberty.
- Imagen simbólica de propiedad .
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