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» » » » Notas sobre el relativismo

Pedro Donaire

En un paisaje social no tan lejano en el tiempo, en la moral victoriana, por ejemplo, existía un estricto control sobre lo que debe o no pensar, o sentir, un individuo tanto interiormente como en comunidad.

Ahora, hemos pasado a otro escenario moral tan resbaladizo como peligroso, que huyendo de la rigidez, ha marcado el siguiente paso a lo que se llama el relativismo moral, que niega la existencia de una voluntad divina, de la veracidad científica o de que existan leyes naturales o sociales.

Se apoya en el sociologismo moral que supone que las normas morales se originan en los convencionalismos de la sociedad y están asociados a las diferentes culturas, creencias y épocas, y de ahí, según esta teoría, se imponen a los individuos.

Es cierto que la rigidez victoriana limitaba la libertad del individuo constriñéndolo a una serie de conductas y creencias aceptadas. Aunque también tenía cosas muy relevantes a nivel individual. Su concepto del honor de un individuo, del valor de una decisión tomada y del compromiso sujeto a sujeto, lo que auspiciaba una firmeza en el carácter y el talante que hacían del individuo una persona confiable y segura en su palabra y en sus acciones. Todo ello, además, se configuraba un entorno de justicia firme y centrado en dichos valores del individuo. Aún nos queda esa letanía que nuestros mayores suelen expresar diciendo que "se han perdido los valores".

El relativismo moral que subsiste en nuestro días ha auspiciado el surgimiento de múltiples teorías basadas en el análisis subjetivo de la sociedad y la cultura. Suele funcionar centrándose en determinados efectos que ciertos marcadores culturales producen en los sectores sociales. Por ejemplo, el feminismo, el ecologismo, el igualitarismo, etc. Luego, se toman dichos efectos como base, y desde estos se vuelve a reevaluar la sociedad entera forjando un constructo teórico que, más tarde, se inyecta como ideario político para imponerlo como moral social.

La aplicación de este relativismo reviste un problema, que vestido de prístina moral y basado en la igualdad de oportunidades y la solidaridad, se desentiende completamente del individuo, no considera el valor de una persona, salvo como miembro de una comunidad o de un sector social y, por tanto, los intereses del individuo están o deberían estar, según esta línea de pensamiento, supeditados a los intereses del grupo o colectivo al que pertenece. En otras palabras, se entiende al ser humano como un ser gregario, un animal de la manada.

Se trata pues, de un sometimiento moral del individuo al ideario colectivo, es decir, que uno debe ser ecologista o feminista porque está bien visto y es políticamente correcto que así sea, disentir de ello es poco menos que un delito. El arraigo de estos idearios en la gestión política son realmente peligrosos, porque conducen a una imposición al individuo sobre cómo debe actuar y pensar para ser aceptado en la comunidad. Es una forma de imposición autoritaria de una moral.

En breve, el individuo deja de ser libre y queda sometido a la moral colectiva, que a su vez, políticamente retroalimenta estas ideas en un tipo de educación, en una forma de entender la sanidad, en suma, en una forma de entender el Estado y la sociedad.

No me gustaría terminar esto con una visión tan negativa, pero ciertamente, si no miramos la letra pequeña de esas ideologías que tan bien saben venderse, ese relativismo que al criticar todo asiento ético del individuo lo dejan sin un ápice de su propia verdad, lo dejan en manos de esos directores de orquesta llamado colectivo, y termina siendo un esclavo mental, en una servidumbre vestida de libertad.


- Imagen 1) época victoriana
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