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M.C. Luciano, I. Gómez, S. Valdivia, 23 de diciembre 2002

* * * * Parte 2 * * * *
Consideraciones acerca del desarrollo de la personalidad desde un marco funcional-contextual
por M. Carmen Luciano Soriano, 
Inmaculada Gómez Becerra, Sonsoles Valdivia Salas .
International Journal of Psychology and Psychological Therapy, vol. 2, núm. 2, 
december, 2002, pp. 173-197,  Universidad de Almería, España

LA IMPORTANCIA DE LA PERSONALIDAD EN LO COTIDIANO

Son numerosas las preguntas que surgen al hablar de la personalidad, por ejemplo, ¿cómo se originan los valores? ¿Por qué a una persona le gusta estar sola y a otra le gusta estar con gente? ¿Por qué una persona prefiere cualquier cosa antes que tener el más mínimo sufrimiento y otra persona es capaz de pasarlo mal por el bien de otros?; o, ¿es la personalidad tan consistente y estable ante circunstancias distintas como para poder detectar generalizaciones como las indicadas anteriormente?, o por el contrario, ¿es específica y se circunscribe a diferentes contextos? ¿Podemos hablar en un sentido global del yo o debemos hablar de yoes específicos? ¿Podemos hablar de autoestima como dimensión global o de creencias de autoeficacia según circunstancias? ¿Muestran las personas estilos atribucionales globales o sus atribuciones dependen del contenido y de las circunstancias implicadas en las mismas?, etcétera.

Coloquialmente se entiende la personalidad como aquello que caracteriza a una persona, su manera de pensar, de actuar, o de reaccionar, aquello que la diferencia de otras personas y que permite que exista cierta consistencia o estabilidad a través de diferentes situaciones o circunstancias. Asimismo, lo que una persona describe sobre sí misma se considera fundamental para determinar y conocer su personalidad; esto es lo que se denomina autoconocimiento, como la descripción que uno hace de sus actuaciones, sus preferencias y valores, del talante o forma de reaccionar ante diferentes situaciones, o sea sus comportamientos autorreferidos (Fierro, 1983, 1996c), piedra angular de la evaluación formal de la personalidad (Pervin, 1996). La importancia de la personalidad, del temperamento, se observa desde la primera infancia. Por ejemplo, se apunta a que el bebé tiene ya gustos y modos de expresarlos que son particulares a “su personalidad”. Se comenta sobre sus preferencias y sensibilidades, que se entienden intrínsecas al niño en cuestión. Es fácilmente observable, en el ámbito de las interacciones cotidianas, la necesidad de dar explicación a esas características personales. Se dice, “es así, va con él desde que nació, es algo genético, es como su abuelo, o su padre, cada niño es cada niño con sus peculiaridades tan diferentes como el color de los ojos”. No cabe duda de que esta información tiene que proporcionar algún beneficio, ya que valorar y conjeturar sobre el recién nacido es una de las interacciones entre adultos más frecuentes en la vida del bebé aunque éste no pueda captar aún nada de ello.

De igual forma, la importancia del conocimiento sobre los otros está presente en casi toda nuestra interacción con el medio social (por ejemplo, los temas de los programas de TV, de las películas, de las conversaciones en el trabajo, de la investigación social, etcétera). El interés de los adultos en que desde bien pronto los niños aprendan a entender a otros, a detectar las claves que les digan cómo otros funcionan y lo que les gusta o disgusta, es algo que perpetuamos en las interacciones cotidianas con nuestros hijos, en el trabajo y otros ámbitos; y esto ocurre a la par que –como organismos sociales- estamos involucrados en el mismo proceso de socialización.

Como comunidad, nos resulta enormemente beneficioso conocer los gustos, preferencias, modos de funcionamiento de otros (por ejemplo, saber si una persona “es” tímida o si “es muy abierta a la aventura”, si “le gusta estar con los demás” o al contrario “le gusta estar solo”, “si le gusta preguntar” o “prefiere escuchar y observar”, si “le gusta que le mimen, o bien no”, si “tiende a la mentira”, si “busca su bienestar por encima de todo”, etcétera) en tanto que esa información puede generar las condiciones que faciliten o prevengan situaciones puntuales, a la par que confiere cierta seguridad y estabilidad en la relación con los otros. Lo contrario sería el caos, ya que conocer la “personalidad de alguien” (cómo piensa, qué le gusta, cómo reacciona, etcétera) nos sitúa en mejor posición para estar al lado, o frente a esa persona. El interés por saber de los otros gira desde la organización de actividades comunitarias que atraigan al máximo de individuos, hasta la organización de actividades (proyección de ideas) que paulatinamente conduzcan de unas preferencias a otras, incluyendo la organización de las políticas electorales.

Cuando nos centramos en el ámbito de la infancia, aunque en apariencia simplificado, el asunto es harto complicado ya que las preferencias a la par que los modos de conseguirlas, están en plena formación. Es por el hecho de que todo el repertorio está en formación -y que cada interacción es un ingrediente más a los que ya se han proporcionado- que los posicionamientos y las actuaciones de los adultos –tanto padres como profesionales- adquieren el máximo valor y, sin embargo, con frecuencia se oponen “como si unos tirasen del brazo izquierdo del niño y otros del derecho”. Un ejemplo frecuente delata estos problemas: a veces una madre entiende que dadas las preferencias del niño hay que dejar que las tenga señalando que “es su modo de expresar su personalidad” y de “realizarse”, mientras que el padre entiende que hay que moldear (léase guiar o encaminar) esas preferencias hacia otras que puedan resultar más adecuadas para su futuro. Es fácil para todos observar estas discrepancias, por ejemplo entre los padres y profesores al educar a los niños, o entre los políticos en esos ámbitos al ofrecernos sus programas electorales y así conseguir, o no, nuestros votos.

Teniendo las definiciones cotidianas presentes, a continuación se delimitan las aportaciones de los estudiosos de la personalidad, haciendo especial énfasis en su capacidad para ofrecer respuesta a las preguntas sobre las que se asienta la importancia de la personalidad; por ejemplo, a las siguientes cuestiones: ¿cómo se comportará una persona en ciertas condiciones? ¿Cómo se forma la personalidad? ¿Cómo se puede impedir que se conforme una personalidad en la niñez y la adolescencia que finalmente conduzca a limitaciones en la vida adulta?, o ¿cómo se puede cambiar la personalidad si fuese el caso?

APROXIMACIONES AL ESTUDIO DE LA PERSONALIDAD

En el marco de las ciencias sociales, más allá del análisis cotidiano, el estudio de la personalidad muestra un amplio abanico de definiciones y modelos explicativos. No se pretende abordar en este trabajo un análisis pormenorizado de las diferentes maneras de conceptuar y explicar la personalidad (véase una recopilación de modelos de la personalidad en Fierro, 1996a; Pelechano, 1993; Pervin, 1996; entre otros), aunque sí apuntar a la diversidad de aproximaciones existentes y, principalmente, si éstasresponden, o no, eficazmente a las cuestiones antes señaladas.

De hecho, la literatura especializada muestra que no existe consenso sobre la manera de conceptuar la personalidad ni sobre su tipología, así la tónica general es eludir la definición de personalidad y su caracterización en dimensiones concretas. Sin embargo, el maremagnum de categorías o tipos de personalidad es un hecho. Para hacernos una idea, Allport señalaba ya en 1937 alrededor de cincuenta definiciones. No obstante, una característica que las aúna es entender que “algo en” la persona le hace distinto a los demás y da cuenta de su patrón consistente de funcionamiento. Consecuentemente, la detección de ese algo sería necesario para predecir lo que esa persona hará en particulares condiciones (véase revisión en Andreu, 1996; Pervin, 1989; entre otros). Estos puntos de vista están diseminados en el mundo cotidiano y, por tanto, no ha de extrañar que coincidan las explicaciones y conjeturas en la comunidad no científica y en aquella que estudia la personalidad bajo un marco científico. A estos aspectos dedicamos los siguientes párrafos.

La aproximación dominante en psicología a la hora de conceptuar y categorizar la personalidad ha sido el modelo de rasgos, como los elementos estructurales de la personalidad. Los diferentes modelos de rasgos apoyan su naturaleza biológica-hereditaria, así como su capacidad de predecir. La taxonomía de los rasgos ha sido el trabajo de innumerables investigadores, a pesar de lo cual se ha pasado desde la multitud de rasgos propuesta por Allport, hasta una reducción de 16 rasgos elaborada por Cattell a través de análisis factoriales y reflejada en el test de personalidad 16PF; seguido por la clásica y más divulgada aproximación de Eysenck que delimita la personalidad en tres dimensiones (introversión-extraversión, neuroticismo y psicoticismo); y, por último, el modelo de los “cinco factores” o “cinco grandes” (en concreto, grado de apertura a la experiencia, nivel de conciencia, extraversión, neuroticismo, y afabilidad) (Golberg, 1993).

Genéricamente, todos estos modelos han sido criticados en su papel predictor del comportamiento (Fierro, 1996b; Pervin, 1996). Fruto de tales análisis críticos, se abren paso aproximaciones, antes en estado latente, en las que predomina la idea de la personalidad como una construcción sociohistórica, concebida más como dimensiones que como rasgos. Un ejemplo es el modelo circumplejo de la conducta interpersonal (véase en Pervin, 1996) con dos dimensiones, dominancia-sumisión y extroversión y, al menos, ocho tipos o dimensiones interpersonales (insensible-cruel, gregario-extroversión, seguro-dominante, reservado-introvertido, etcétera).

De manera genérica, los modelos clásicos (cada uno en mayor o menor medida) delimitan tipos de personalidad de manera exclusivamente formal, topográfica y descontextualizada, y contienen, a un nivel u otro, los mismos problemas. De hecho, se refieren a relaciones entre unas cosas y otras que a su vez son explicadas sobre la base de factores genéticos, o de un homúnculo cada vez más sofisticado que finalmente acaba teniendo medidas neurofisiológicas y, por tanto, convirtiendo al cerebro en el “fantasma en la máquina” que expresara Ryle (1949) como metáfora a la del “homúnculo” en la persona.

Entendida así la personalidad, su desarrollo ha de hacerse a partir del conocimiento de ese “algo interno”, que una vez localizado o detectado permitiría gastar el resto de nuestro tiempo en predecir su funcionamiento. Por ejemplo, cada vez que el niño muestre un comportamiento agresivo, diremos que “su algo” lo ha generado y, si cambia su comportamiento, diremos que ha cambiado “ese algo”. Esto es lo que de modo reiterado en psicología se ha considerado una explicación circular en tanto que no explica nada y siempre se autoperpetúa (MacCorquordale y Meehl, 1948). Todo ello sería correcto si fuera útil para cambiar el funcionamiento psicológico, es decir, no sólo para predecir que una acción ocurrirá si se da el “rasgo oportuno” sino principalmente para prevenir o generar un tipo de tendencia desde la infancia, o para alterar un tipo de funcionamiento que esté resultando limitante (por ejemplo, la preferencia por conseguir siempre lo que se quiere a través de métodos agresivos, o la preferencia por sentirse bien de inmediato a costa de dejar de hacer aquello que al final es importante para uno).

Entre otras aproximaciones distantes a la corriente de los rasgos cabe destacar el modelo de parámetros de Pelechano (1973, 1996), con un énfasis sociocultural que conceptúa la personalidad en términos de parámetros de estímulo, de persona y de respuesta en continua interacción apelando a diferentes procesos de aprendizaje en el contexto cultural. Por otro lado, se ha postulado como perspectiva integradora el modelo interaccionista holístico-dinámico de Magnusson y Torestäd (1993) –véase análisis detallado y comparativo del mismo en López Soler (1996). Aproximaciones complejas y de sumo interés que necesitarían de un estudio detallado, que no es el objetivo de este artículo.

Los modelos conductuales de la personalidad resultan escasamente compatibles con los anteriores modos de entenderla, no tanto al definirla en estilos, rasgos, o dimensiones, establecidos de un modo correlacional, como principalmente al dar razón de la misma. O sea, al explicar los tipos de pensamientos, la procedencia de las preferencias o los valores (en los adultos), los modos distintos para conseguirlos y la formación del uno mismo como eje de la personalidad. En las aproximaciones conductuales, la personalidad se explica por la historia individual, como el resto de los aspectos psicológicos. Sirvan de ejemplo las definiciones y explicaciones de algunos autores clásicos en el marco conductual. Skinner (1974) definía el yo y la personalidad como “un repertorio de conducta impartido por una serie organizada de contingencias”... y resaltaba que “una personalidad particular está unida a un tipo particular de ocasión...” y, por tanto, “a unas contingencias identificables”. En la misma dirección, Kantor y Smith (1975) definían la personalidad –y su cambio- por las características de las instituciones culturales (incluyendo el lenguaje) a las que cada individuo se expone desde su nacimiento, apelando a ellas tanto para explicar la personalidad de poblaciones (por ejemplo, la taciturnidad de los ingleses o la vivacidad de los franceses) como para explicar la personalidad tímida, la valiente, la emotiva y la magnética. Bijou y Baer (1961) señalaban que la personalidad es el desarrollo evolutivo, en las contingencias naturales y sociales, de destrezas, percepciones y motivaciones que hacen a un niño un ser diferencialmente socializado. Organizan el desarrollo de la personalidad a través de todos los ámbitos de la vida de un niño con especial hincapié en la importancia del lenguaje para el desarrollo que calificaron como moral o regulado verbalmente por instancias múltiples (véase una síntesis de esta aproximación en Luciano y López, 1994). Entre otros autores relevantes en un marco conductual destacan Staats (1975), quien organiza la personalidad como repertorios conductuales básicos, y Ribes (1990) quien intenta aislar estilos interactivos. En todos los casos, se apela a la historia individual para pormenorizar sobre la personalidad, aunque no se han sistematizado las diferentes historias de un modo que resulte útil para establecer ciertas tipologías (patrones o estilos) de personalidad.

En sintonía con estas afirmaciones, la explicación de la personalidad estaría en la comprensión de la historia individual, lo que inexcusablemente implica la aportación de la filogenia en cada persona y del sistema sociocultural e histórico de los individuos. Para lo que aquí interesa, lo importante es que todas las aproximaciones conductuales (desde las más clásicas hasta las más recientes) tienen como punto común el hecho de que niegan que la personalidad sea un producto de un esquema de funcionamiento previo a las interacciones sociales y que sea una variable causal que explique el comportamiento. Más bien al contrario, han de ser explicados su origen y la forma de alterarla.

Desde esta perspectiva funcional, y al margen de la crítica y el análisis histórico conceptual que los trabajos sobre el establecimiento de rasgos merezca (véase al respecto Fierro, 1996b; Pelechano, 1993; entre otros), ninguno de los factores aislados resulta “explicativo” de la personalidad sino que, en cualquier caso, tales factores han de ser explicados tanto en su contenido como en su relación con otras conductas. Pero, a la par, los modelos conductuales tampoco han informado sobre qué historias puntuales son responsables de los tipos de personalidad o de los rasgos aislados de un modo u otro, o dicho en otros términos, de los grupos de respuestas que definen un “rasgo”. Por tanto, unas aproximaciones se han quedado en el punto de la descripción entre variables diversas y tipos de respuestas, y otras han rechazado esos modos de afrontar la personalidad y han apuntado a la historia individual, pero tampoco han proporcionado información suficiente sobre la específica historia para un grupo de respuestas. En consecuencia, se hace necesario un punto de ajuste, que sería el análisis experimental de los rasgos o estilos personales diferenciados.

Cabe señalar que la escasa vitalidad experimental que las aproximaciones conductuales han tenido, es una trayectoria que en la actualidad está cambiando, habiendo surgido en los últimos años un interés por el análisis experimental de la personalidad que acoja y pueda explicar de un modo realmente funcional los datos correlacionales aportados desde el estudio clásico de la personalidad. Es así que los rasgos y estilos de personalidad identificados o aislados a nivel correlacional son entendidos, desde las aproximaciones conductual-funcionales más recientes, como clases de respuestas (Harrington, Fink, y Dougher, 2001; Harzem, 1984; Lubinski y Thompson, 1986; Luciano, 1996a; Luciano y Hayes, 2001; Meehl, 1986; Parker, Bolling y Kohlenberg, 1998; Tustin, 2000). Por ejemplo, Tustin (2000) especifica que los rasgos de personalidad pueden ser entendidos como unidades funcionales que consisten en elementos de contingencias de reforzamiento, lo que permite ver las diferencias individuales como diferencias en las contingencias potenciales de reforzamiento. Siguiendo esta lógica y tomando el ejemplo de la introversión, Harrington, Fink y Dougher (2001), señalan que ésta no es simplemente la tendencia a ser tímido, o a estar callado y a evitar a otros, sino una descripción de reforzadores. Esto es, a las personas introvertidas les resultaría reforzante evitar a las multitudes y preferirían gastar tiempo solos o con pocas personas.

Atendiendo a su formación (que se presenta de manera más detallada en el siguiente apartado), la personalidad se conforma a través de clases de respuestas seleccionadas por las contingencias relevantes (por ejemplo, estar lejos de otros en el caso mencionado en tanto que los otros se hubieran perpetuado como estímulos aversivos condicionados). Más aún, con el desarrollo del lenguaje se forman clases de respuestas seleccionadas a través de los valores simbólicos hasta el punto de regular el comportamiento hacia la consecución de reforzadores morales, lejanos en el tiempo (por ejemplo, el valor reforzante de la salud, o el valor simbólico del compromiso con ciertas ideas, el valor del esfuerzo para conseguir objetivos a largo plazo y altruistas, etcétera).

La personalidad entendida de esta manera (tanto en lo relativo a su naturaleza y estructura como a su formación) no sólo permite predecir cómo podrá reaccionar un individuo a nivel de lo que piense, sienta o haga, sino que conociendo la función que define una clase de respuestas en una persona particular, resultan comprensibles los mecanismos a los que responde su manera de proceder y su cambio cuando así se requiera.

Dado que el interés de este trabajo se dirige al inicio del desarrollo de la personalidad, nos detendremos principalmente en aspectos que son básicos para el establecimiento de las preferencias, los valores o reforzadores y de las clases de respuestas que quedan seleccionadas por los mismos. También nos adentraremos en el proceso paralelo que da cuenta de la formación del yo, y de las condiciones por las cuales uno llega a tener conocimiento de su persona (como ser singular, como algo único, genuino, verdadero e intransferible), de sus pensamientos y sentimientos, así como de los intereses y mecanismos para conseguirlos.





- Contacto: Dra. M. Carmen Luciano, Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos, Universidad de Almería, 04120-Almería, España.
- Imagen M. Carmen Luciano Soriano . Imagen Inmaculada Gómez Becerra . Imagen Sonsoles Valdivia Salas .
- Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal (UAEM), Universidad de Almería, España. © International Journal of Psychology and Psychological Therapy 2002, Vol. 2, Nº 2, pp. 173-197
- Citación: M. Carmen Luciano Soriano, Inmaculada Gómez Becerra, Sonsoles Valdivia Salas. Consideraciones acerca del desarrollo de la personalidad desde un marco funcional-contextualInternational Journal of Psychology and Psychological Therapy 2002, 2 (december): Disponible en pdf en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=56020204 ISSN 1577-7057 .


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