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Referencia: NewScientist.com .
Por Catherine Brahic 26 de noviembre 2012


La edad de oro

Los finales de 1990 y principios de 2000, fue una época dorada de descubrimientos para los paleoantropólogos. En el espacio de una década, fueron descubiertos los restos de tres homínidos nuevos en los desiertos de África oriental y central. El más completo fue Ardipithecus ramidus, un esqueleto de 4,4 millones de años de edad, en Afar, Etiopía, apodado Ardi. A éste se unieron más tarde el Sahelanthropus tchadensis, de hace 6 a 7 millones de años, y el Orrorin tugenensis, de unos 6 millones de años.

El Ardipithecus es, con mucho, el más conocido de los tres. Aproximadamente del tamaño de un chimpancé, el esqueleto incluye dientes como los humanos, un cráneo pequeño y las extremidades inferiores de un animal que podía caminar en posición vertical (aunque también tenía un dedo gordo del pie oponible para agarrarse a las ramas). También fue identificada una posible relación, el Ardipithecus kadabba, por los dientes y fragmentos de unos pocos huesos, haciendo retroceder el origen del género alrededor de hace 5,8 millones de años.

Del Sahelanthropus se conoce un solo cráneo en el Chad, apodado Toumaï. Tal que el Ardipithecus, sus dientes eran pequeños y de forma humana, y la mitad de su cara es corta, otro rasgo humano. La forma del agujero donde se inserta la columna vertebral en la base del cráneo sugiere que podría caminar sobre dos piernas, aunque esto es objeto de acalorados debates.

Del Orrorin, por su parte, se sabe solamente de un puñado de dientes, además de algunos huesos de las piernas y los dedos, lo que da a entender que también caminaba erguido, pero que aún trepaba a los árboles.

Todos los huesos juntos apenas llenarían dos cajas de zapatos, pero hicieron un gran ruido. En general, se pensaba que, cuando finalmente se lograra desenterrar los primeros homínidos, nos encontraríamos con algo que se parecía a un chimpancé. Y sin embargo, Ardi, Toumai y Orrorin tiene características netamente humanas. "Reina el desconcierto entre lo que sabemos", dice Tim White de la Universidad de California, Berkeley, quien dirigió el descubrimiento de Ardi.

Algunos se apresuraron a reclamarlos como ancestros humanos. Pero el reloj de edad molecular decía otra cosa: era demasiado pronto. Y así, se les descartó como ramas laterales del árbol familiar, experimentos evolutivos sin salida con poca o ninguna relevancia para el evento principal.

Ahora, con las nuevas estimaciones del reloj molecular, se les ha vuelto a dar la bienvenida al redil. "El argumento de que son demasiado tempranos se ha evaporado", apunta White, que piensa que los tres son miembros del mismo género.

Con el tiempo ciertamente las cosas se ven mejor. "Si nos fijamos en el consenso de las recientes tasas de mutación, Sahelanthropus está casi en el límite", dice Scally, que recientemente publicó una revisión de las revisiones y de sus consecuencias para la evolución (Nature Review Genetics, vol 13, p 745) . "Si se trata de un humano, un proto-humano, o dentro de un período en el que los humanos se iban separando de los chimpancés, no creo que nadie pueda decirlo. Pero desde la perspectiva genética, desde luego que no creo que deba descartarse, que es lo que la gente solía hacer."

La anatomía también tiene sentido, agrega White. "Parece que para aquellos de nosotros que estudiamos los fósiles, que la forma de obtener el último ancestro común es un Australopithecus, a través de algo parecido al Ardi. Se había vuelto una dirección preconcebida la del Australopithecus. Y dicho de otro manera, esto es posterior a la escisión".

"¿Representa el Ardi una especie que está en línea directa?", continúa. "No lo sé, porque no tenemos suficientes fósiles de otros lugares todavía. Pero tampoco podemos descartarlo".

Otra posibilidad, no descartable, es que la división sea aún más atrás en el tiempo. La lenta acumulación de mutaciones significa que las nuevas estimaciones de la tasa de mutación tengan incluso más grandes márgenes de error. En general, los genetistas y los paleoantropólogos se sienten cómodos con una cifra revisada de 7 a 8 millones de años. Algunos, incluso, van más allá.

"Para mí, una división de 13 millones de años de antigüedad, podría en el fondo estar en lo cierto", dice Lovejoy. "Si te vas atrás 10 ó 15 millones de años, el planeta estaba cubierto de monos, muchos de empezaron a mostrar algunos tipos de adaptaciones anatómicas que se observan en los humanos modernos".

Lovejoy, no obstante, va por su cuenta. Una semana después de que A. Kong y sus colegas publicaran su nueva estimación, otro equipo, incluyendo muchos de los mismos investigadores, publicaron otra. Ellos analizaron el ADN de más de 85.000 islandeses, centrándose en los tramos cortos de ADN llamados microsatélites. Según su coautor David Reich, de la Universidad de Harvard se trata del registro más fiable de mutaciones.

La tasa que encontraron no era tan lenta como la de A. Kong. A consecuencia de ello, su estimación de la fecha de la escisión es más restringida, 7,5 millones años (Nature Genetics, vol 44, p 1161).

Hay unos cuantos otros extremos sueltos a poner en orden. Otro problema con la estimación A. Kong, dice Reich, es que si se utiliza hasta la fecha la escisión entre orangutanes y monos africanos, humanos, chimpancés y gorilas, entonces conseguimos algo que entra en el rango de 30 millones de años, salvajemente inconsistente con el máximo de 20 millones de años sugeridos por el registro fósil.

En un intento de reconciliar ambos, Scally ha propuesto que a medida que nuestros ancestros evolucionaban desde los pequeños primates a monos de gran tamaño, el número de mutaciones acumuladas con cada generación decrecía. Esto concuerda con lo que se ve en otros mamíferos. "Se observa con bastante amplitud, incluso en primates, que las especies con mayor tamaño corporal tienden a tener tiempos más largos de generación", dice Scally. Las generaciones más largas significan menores tasas de mutación.

Esto sería plausible, dice Reich, si no fuera porque, caso de tener razón, las tasas de mutación de nuestros antepasados ​​y de los orangutanes habrían caído exactamente al mismo tiempo. "Me parece algo en extremo difícil de creer"; a pesar de ello, prosiguió Reich, "la hipótesis de Scally es probablemente la mejor que tenemos."

Sutilezas aparte, lo que sí parece seguro es que nuestro linaje es considerablemente mayor de lo que se pensaba. Y eso tiene consecuencias para el resto de la prehistoria humana. El reloj molecular se ha utilizado hasta la fecha para una serie de eventos clave, no menos, al menos cuando nuestros ancestros salieron de África. Eso ha sido estimado observando las diferencias genéticas entre los Yoruba de Nigeria y los europeos y los asiáticos.

Los primeros cálculos genéticos proponían que esto ocurrió hace 50.000 años. Así que cuando se descubrieron los restos fósiles de Israel y de los sitios arqueológicos de la India con alrededor de 100.000 años de antigüedad, hubo que dar algunas explicaciones. Los huesos israelíes fueron descartados como los restos de una solución temprana de una opción sin salida, y los sitios de la India como un error, puro y simple. El reloj molecular de nuevo resuelve la discrepancia, empujando la divergencia de vuelta entre 90.000 y 130.000 años atrás.

Algo similar ocurre con la división entre nosotros y los neandertales. Los huesos descubiertos en una cueva en Atapuerca, España, y atribuidos al probable antepasado de los neandertales, el Homo heidelbergensis, datan de hace entre 400.000 y 600.000 años. Pero esto creó un problema, ya que el reloj molecular sugería que H. heidelbergensis apareció después de eso. Sin embargo, las nuevas estimaciones decen que, de hecho, tienen alrededor de 500.000 años de antigüedad.

Otros hechos relevantes esperan revisión; no obstante, la principal conclusión está clara. El linaje humano es mucho mayor, y nuestros parientes más cercanos vivos son más lejanos de lo que se pensaba. Estamos acostumbrados a pensar en nosotros mismos como algo separado y distinto del resto del reino animal. Pues ya tenemos un poco más de separación, y un poco más claro.


- Precisando nuestros orígenes (1) .
- Precisando nuestros orígenes (2).

- Artículo original: "Our true dawn: Pinning down human origins"
- Imagen y diagrama: Istockphoto y New.Scientist.com
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