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» » » » Las raíces de la resiliencia

Referencia: Nature.com .
Por Virginia Hughes, 10 de octubre 2012

La mayoría de las personas se recuperan de un trauma, pero otros nunca llegan a recuperarse. Los científicos están tratando de entender en qué reside esta diferencia.

Una noche fría de enero de 1986, Elizabeth Ebaugh llevaba una bolsa con la compra mientras atravesaba el tranquilo aparcamiento de un centro comercial en las afueras de Washington DC. Se metió en su coche y arrojó la bolsa sobre el asiento lateral vacío. Pero cuando trató de cerrar la puerta, la encontró bloqueada por un hombre delgado y desaliñado con un gran cuchillo. La obligó a desplazarse para tomar su asiento al volante.

El hombre iba conduciendo sin rumbo a lo largo de caminos rurales, despotricando sobre la infidelidad de su novia y el tiempo que había pasado en la cárcel. Ebaugh, una psicoterapeuta que tenía 30 años entonces, utilizó su formación para intentar calmar al hombre y negociar su libertad. Mas después de varias horas y unas cuantas paradas, la llevó a un motel, vieron una película pornográfica y la violó. Luego la obligó a subir al coche.

Ella le rogó que la dejara ir y él dijo que lo haría. Por eso, cuando se detuvo en un puente alrededor de las 2 de la madrugada y le espetó a que saliera del coche, ella pensó que ya estaba libre. Luego le indicó que saltara. "Ese es el momento en que mi sistema, creo que sucumbió", recuerda Ebaugh. Sucumbió al terror, al cansancio de la noche y se desmayó.

Ebaugh recobró la conciencia en plena caída libre. El hombre la había maniatado y arrojado desde el puente, desde una altura de cuatro pisos, a un embalse del río. Cuando golpeó con el agua helada, se volvió sobre su espalda y comenzó a patear. "En ese momento, no había ninguna parte de mí que pensara que no lo iba a hacer", contaba.

Pocas personas experimentan un abuso psicológico y físico tan terrible como el que sufrió Ebaugh esa noche. Pero el estrés extremo no es tan inusual. En Estados Unidos, se estima que el 50 ó 60% de la gente ha experimentado un evento traumático en algún momento de sus vidas, ya sea a través del combate militar, el asalto, un grave accidente automovilístico o un desastre natural. El estrés agudo provoca una respuesta fisiológica intensa y cimienta una asociación en los circuitos del cerebro entre el acontecimiento y el miedo. Si esta asociación perdura durante más de un mes, como de hecho acaece en aproximadamente el 8% de víctimas de trauma, se considera trastorno por estrés post-traumático (TEPT). Los tres principales criterios para su diagnosis son los recuerdos recurrentes y aterradores, la evitación de los potenciales desencadenantes de esos recuerdos y un estado de excitación.

Ebaugh experimentó estos síntomas en los meses posteriores a su ataque y fue diagnosticada con trastorno de estrés postraumático. Pero con la ayuda de amigos, psicólogos y prácticas espirituales, se recuperó. Después de cinco años, dejaron de cumplirse los criterios para el trastorno. Ella abrió su propia consulta privada, se casó y tuvo un hijo.

Alrededor de dos tercios de las personas diagnosticadas de TEPT se recuperan. "La gran mayoría de la gente realmente pulsa el botón “Aceptar” frente a las tensiones y traumas terribles", señala Robert Ursano, director del Centro de Estudios del Estrés Traumático, en la Uniformed Services University de Ciencias de la Salud en Bethesda, Maryland. Ursano y otros investigadores quieren saber ese fondo que subyace a la fuerza mental de las personas. "¿Cómo se puede entender la resiliencia del espíritu humano?", se pregunta.

Desde la década de 1970, los científicos han descubierto varios factores psicosociales, como redes sociales fuertes, recuerdos y temores confrontados y una perspectiva optimista, ayudan a las personas a recuperarse. Pero hoy en día, los científicos de campo buscan los factores biológicos involucrados. Algunos han descubierto variantes genéticas específicas en humanos y en animales que influyen en las probabilidades de que un individuo desarrolle TEPT. Otros grupos están investigando cómo cambia el cuerpo y el cerebro durante el proceso de recuperación y por qué las intervenciones psicológicas no siempre funcionan. La esperanza es que esta investigación pueda conducir a terapias que mejoren la capacidad de recuperación.

Una respuesta natural

Aunque nadie puede entender lo que estaba pasando en la mente de Ebaugh durante su ataque, los científicos sí tienen una idea de lo que estaba pasando en su cuerpo. Tan pronto como vio a su atacante y su cuchillo, la glándula pituitaria del cerebro envía señales a sus glándulas suprarrenales, por encima de los riñones, para que empiecen a bombear las hormonas del estrés, la adrenalina y el cortisol. A su vez, su pulso se acelera, su presión arterial se dispara y las gotas de sudor se van formando en su piel. Sus sentidos se agudizan y sus circuitos neuronales forman recuerdos fuertes, así que si alguna vez se encuentra esa amenaza en el futuro, ella recordaría el miedo y huiría.

Las repercusiones fueron profundas. Durante la primera semana después del secuestro, "Me sentí como un bebé recién nacido", relata Ebaugh, "como si tuviera que ser acogida, o por lo menos estar en presencia de alguien". Temblaba constantemente, se sorprendía con facilidad y sólo sentía miedo. No podía ir ni a una cercana tienda de comestibles.

Casi todas las víctimas de trauma experimentan los síntomas TEPT en algún grado. Muchas gente que han sido diagnosticados con el trastorno llegan a tener una depresión severa, problemas de abuso de sustancias o pensamientos suicidas. El TEPT puede cobrarse un peaje terrible. Entre 2005 y 2009, debido a un número creciente de soldados que enfrentaban múltiples despliegues en Irak y Afganistán, las tasas de suicidio en el Ejército y los Marines de EE.UU. casi se duplicó.

En las últimas dos décadas, los investigadores han utilizado varios tipos de técnicas de imagen para observar el interior de los cerebros de las víctimas de trauma. Estos estudios indicaron que en las personas con TEPT, hay dos áreas del cerebro que son sensibles al estrés: el hipocampo, una región profunda en el sistema límbico, importante para la memoria y la corteza cingulada anterior (ACC), una parte de la corteza prefrontal que está implicada en el razonamiento y la toma de decisiones. Las imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI), mide el flujo sanguíneo del cerebro, y revela que cuando las personas que tienen TEPT recuerdan el trauma, tienden a tener una baja actividad de la corteza prefrontal y una amígdala hiperactiva, otra región del cerebro límbico, que procesa el miedo y la emoción (ver imagen).



Hay gente que han experimentado traumas, pero no desarrollan TEPT, y por otra parte, muestran una mayor actividad en la corteza prefrontal. En agosto [1] , Kerry Ressler, neurocientífico de la Universidad de Emory en Atlanta, Georgia, y sus colegas, demostraron que estos individuos resilientes tienen fuertes conexiones físicas entre la ACC y el hipocampo. Esto sugiere que la resiliencia depende en parte de la comunicación entre los circuitos de razonamiento de la corteza y el circuito emocional del sistema límbico. "Es como si tuvieran una respuesta muy saludable a los estímulos negativos", señaló Dennis Charney, psiquiatra de la Escuela de Medicina Mount Sinai en Nueva York, que ha llevado a cabo diversos estudios de imagen cerebral de las víctimas de violación, en soldados y en otros supervivientes de traumas.

Protección ambiental

Después de su secuestro, Ebaugh comenzó a ver a un psicoterapeuta y a varios profesionales de medicina alternativa. Pero más que cualquier otra cosa, ella atribuye su capacidad de resiliencia a estar rodeada de personas que le ofrecieron cuidados, a pocos minutos de su huida.

Después de que Ebaugh se arrastró como pudo hasta la orilla rocosa, un conductor de camión la recogió, la llevó a una tienda cercana y le ofreció una taza de té caliente. Cuando llegó la policía, fueron comprensivos y pacientes. El médico del hospital, decía, la trataba como a una hija. Un amigo la protegió durante un tiempo. Y su familia le ofreció consuelo y apoyo emocional. "Durante el primer mes, casi tuve que decirle a la gente a dejara de venir porque estaba tan rodeada de amigos que aquello parecía una comunidad", dice ella.

Los estudios de muchos tipos de trauma han demostrado que el apoyo social es un sólido amortiguador del TEPT y de otros problemas psicológicos. James Coan, psicólogo de la Universidad de Virginia, en Charlottesville, ha realizado una serie de experimentos con fMRI en los que las mujeres se encuentran con “señales de amenaza" en una pantalla. Se les dice que entre 4 y 10 segundos más tarde, recibirán una pequeña descarga eléctrica en el tobillo. La señal provoca la enervación sensorial y activa las regiones del cerebro asociadas con el miedo y la ansiedad, pero cuando las mujeres sostienen las manos de sus maridos [2] o amigos [3], estas respuestas disminuyen.

Las interacciones sociales son complejas e implican muchos circuitos cerebrales y químicos, nadie sabe exactamente por qué proporcionan alivio. Ser tocado por alguien se cree que estimula la liberación de opiáceos naturales, como las endorfinas, en el cerebro. La ACC está repleta de receptores opioides, lo que sugiere que el tacto puede influir en la respuesta al estrés.

Otras pistas provienen de la hormona oxitocina, que recorre el cerebro durante las interacciones sociales y se ha demostrado que aumenta la confianza y reduce la ansiedad. En un estudio de imagen [4], los participantes vieron imágenes aterradoras después de recibir un spray nasal de oxitocina o un placebo. Los que olieron la oxitocina mostraban una activación reducida en la amígdala y conexiones débiles entre la amígdala y el tronco encefálico, que controlan algunas de las respuestas al estrés, entre ellas la frecuencia cardíaca. El aumento de la oxitocina que proviene del trato con otras personas podría, igual que las endorfinas, ayudar a reducir la respuesta al estrés.

Las interacciones sociales del pasado ​​también pueden afectar a la forma en que una persona responde a un trauma. La negligencia y el abuso crónico, ineludiblemente dan lugar a una serie de problemas psicológicos y un mayor riesgo de TEPT. Ressler, sin embargo, apunta a un factor que está bien reconocido pero mal entendido: la "inoculación de estrés". Los investigadores han descubierto que los roedores [5] y los monos [6], al menos, eran más resilientes a hechos en el futuro si experimentaban situaciones aisladas de tensión en la infancia temprana, como un golpe o una breve separación de sus madres.

Ebaugh dice que el estrés temprano, y la confianza que ganó en su manejo, le ayudó a recuperarse de su secuestro traumático. Ella nació con una enfermedad que le hacía girar su pie hacia adentro. A los diez años, se sometió a una cirugía para reconstruir sus rodillas, a lo que siguió un año de rehabilitación intensiva. "No tenía nada de extraño sentirse herida y tener que ir paso a paso andando el camino para encontrarse fuerte otra vez", relata. "Es como un músculo, que poco a poco vas regenerando."

Resiliente por naturaleza

Aunque la mayoría de la gente, como Ebaugh, puede recuperarse de un trauma, algunos nunca lo hacen. Algunos científicos buscan explicaciones para estas diferencias en el epigenoma, las modificaciones químicas que ayudan a cambiar y desactivar los genes. Otros están buscando en los propios genes. Tomemos, por ejemplo, el gen FKBP5, implicado en los circuitos de retroalimentación hormonales del cerebro que conducen a la respuesta al estrés. En 2008, Ressler y sus colegas, demostraron que los residentes de zonas urbanas deprimidas y bajos ingresos, que habían sido física o sexualmente abusados ​​de niños, tenían ciertas variantes en el FKBP5 que los predisponía a desarrollar síntomas TEPT de adultos. Otras variantes ofrecían protección [7].

El marcador biológico del que más se habla en la resiliencia es el neuropéptido Y (NPY), una hormona que se libera en el cerebro durante el estrés. A diferencia de las hormonas del estrés que ponen el cuerpo en estado de alerta en respuesta a un trauma, el NPY actúa en los receptores de varias partes del cerebro, incluyendo la amígdala, la corteza prefrontal, el hipocampo y el tronco cerebral, para ayudar a desactivar la alarma. "En la resiliencia, estos sistemas de freno se vuelven los más relevantes", apuntaba Renu Sah, neurocientífico de la Universidad de Cincinnati, en Ohio.

El interés por el NPY y la resiliencia se inició en el 2000, en parte debido a un estudio de salud de la Armada de Estados Unidos, cuyos soldados participaron en un curso de supervivencia diseñados para simular las condiciones sufridas por los prisioneros de guerra, como la alimentación y la falta de sueño, el aislamiento y los intensos interrogatorios [8]. Los niveles de NPY subieron en la sangre de los soldados en de los horarios de los interrogatorios. Los soldados de las Fuerzas Especiales que se habían entrenado para ser resilientes tenían niveles de NPY significativamente más altos que los soldados normales.

Los investigadores están llevando a cabo experimentos con animales para estudiar cómo funciona el NPY. En un experimento, un equipo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Indiana, en Indianápolis, encerraron a una rata en una bolsa de plástico hermética durante 30 minutos, luego la liberaron en una caja con otra rata [9]. El encierro hizo que la rata estuviera tan ansiosa que evitaba la interacción con el otro animal durante 90 minutos. Pero cuando se les inyectó NPY a las ratas antes, ellas interactuaban con sus compañeras de jaula como si nada hubiera pasado.

Este trabajo podría conducir a tratamientos. El Grupo de Charney, en la univ. Monte Sinaí, está realizando un ensayo clínico en fase II con un spray nasal de NPY para personas con TEPT. Otros están investigando pequeñas moléculas que pueden atravesar la barrera hematoencefálica y bloquear ciertos receptores que controlan la liberación de NPY.

Resolución de conflictos

El ejército de EE.UU. es líder en la búsqueda de marcadores biológicos adicionales de la resiliencia. Desde el año 2008, impulsado en parte por el aumento de las tasas de suicidio entre los soldados, el Ejército de EE.UU. ha colaborado con el Instituto Nacional de Salud Mental y varias instituciones académicas en un proyecto de 65 millones de dólares, llamado Army STARRS (Study to Assess Risk and Resilience in Servicemembers) . El proyecto se compone de muchas partes, incluyendo una mirada retrospectiva a los registros médicos y administrativos de 1,6 millones de soldados, en busca de alertas tempranas de suicidio, TEPT y otros problemas de salud mental. Los científicos de STARRS también están recogiendo datos, como muestras de sangre, historias clínicas y resultados de ensayos cognitivos de decenas de miles de soldados actuales. Los investigadores esperan publicar sus primeros resultados a principios del año que viene.

Los militares también están financiando la investigación en modelos  de resistencia con animales. La mayoría de los roedores rápidamente aprenderán a asociar choques dolorosos del pie con una pista determinada, como un tono o una jaula específica. Después de que hayan aprendido la asociación, los roedores congelan esa experiencia con la señal, incluso sin el shock. Hace varios años, Abraham Palmer, especialista en genética, actualmente en la Universidad de Chicago, en Illinois, crió una línea selectiva de ratones resistentes que se congelaban por períodos anormalmente cortos de tiempo. Después de cerca de cuatro generaciones, consiguieron ratones que se congelaban la mitad del tiempo que los normales [10]. El efecto no era debido a una diferencia en la sensibilidad al dolor o la capacidad de aprendizaje en general. Este mes, Luke Johnson, neurocientífico de la Uniformed Services University, presentó los datos de la Sociedad de Neurociencia reunida en Nueva Orleans, Louisiana, demostrando que estos ratones tienen una actividad extraordinariamente baja de la amígdala y el hipocampo, en consonancia con los estudios humanos de resiliencia TEPT. También tenían bajos niveles de corticosterona, una hormona del estrés, en su orina.

"Ellos tienen un sistema más silencioso, incluso en reposo", dice Johnson. "Esto sugiere que hay rasgos biológicos subyacentes que están asociados con la capacidad del animal para la memoria del miedo." En futuros experimentos, Johnson planea usar los ratones para estudiar el NPY y las potenciales nuevas terapias.

Ebaugh, quien ahora está especializada en el tratamiento de las víctimas de trauma, está de acuerdo en que los tratamientos a base de medicamentos podrían ayudar en la recuperación. Sin embargo, algunas personas pueden encontrar alivio en otras partes. Algunas prácticas religiosas, sobre todo aquellas que enfatizan el altruismo, la comunidad y el tener un propósito en la vida, parece que ayudan a las víctimas a superar el trauma TEPT. Ebaugh dice que para ella funcionó el yoga, la meditación, la acupuntura y algunos remedios naturales.

Hoy en día, va a comprar alimentos en la misma plaza donde fue secuestrada, conduce sobre el puente donde la arrojaron como si de cualquier otro camino se tratara. Ella dice que ha sabido perdonar al hombre que la secuestró. Cuando reflexiona sobre lo que él hizo, no lo hace con ira, tristeza ni miedo. "Siento que no afecta a mi vida en absoluto en este momento, al menos no de una manera negativa", dice ella. "Mirándolo de forma positiva, para mi ha sido un gran maestro".


- Nature 490, 165-167 ( 11 de octubre 2012 ) doi: 10.1038/490165a
- Imagen 1) Elizabeth Ebaugh visita cómodamente el puente donde fue arrojada hace 26 años. Erika Larsen/Redux.
- Imagen 2) La huella de estrés. Nature.com
- Referencias:
1. Fani, N. et al. Neuropsychopharmacology http://dx.doi.org/10.1038/npp.2012.146 (2012).
2. Coan, J. A., Schaefer, H. S. & Davidson, R. J. Psychol. Sci. 17, 1032–1039 (2006).
3. Coan, J. A., Beckes, L. & Allen J. P. Int. J. Psychophysiol. (in the press).
4. Kirsch, P. et al. J. Neurosci. 25, 11489–11493 (2005).
5. Maier, S. F. et al. Dialogues Clin. Neurosci. 8, 397–406 (2006).
6. Lyons, D. M. & Parker, K. J. J. Traum. Stress 20, 423–433 (2007).
7. Binder, E. B. et al. J. Am. Med. Assoc. 299, 1291–1305 (2008).
8. Morgan, C. A. III et al. Biol. Psychiatry 47, 902–909 (2000).
9. Sajdyk, T. J. et al. J. Neurosci. 28, 893–903 (2008).
10. Ponder, C. A. et al. Genes Brain Behav. 6, 736–749 (2007).

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