Ads-728

Ads-728

Psicología

Astrofísica

Genética

Neurociencia

» » » » La Muerte: Historia natural de un cadáver

Referencia: NewScientist.com .
Por Caroline Williams, 22 de octubre 2012

Los egipcios tenían su ‘Libro de los Muertos’, en el Tibet también tienen el suyo, y prácticamente todas las religiones tienen sus sugerentes relatos acerca de la muerte. Desde un punto de vista menos alegórico y un tanto más prosaico, este artículo nos acerca a la cruda realidad. Atrévete a acompañarnos en este viaje no apto para aprensivos.

El último viaje del cuerpo humano no es precisamente algo bonito, pero al menos tiene algo de agitación. Una historia de truculentos sucesos de descomposición y desintegración.

Digamos que no es algo agradable de contemplar, pero dejando aparte las tribulaciones propias o de los seres queridos, y lo que sucede con nuestros restos mortales cuando ya no los estamos usando, resulta bastante fascinante. Aun sin que sirva para mucho, se demuestra que la naturaleza es despiadadamente eficiente a la hora de esclarecer los desastres.

Al menos, eso parece. Muy pocas personas en el mundo moderno consiguen que se les conserve una vez muertos, y que se expongan abiertamente a los elementos. De hecho, aquellos que lo hacen, la velocidad a la que el cuerpo se convierte en polvo depende de una combinación de factores, como la temperatura, la humedad y los animales, insectos y microbios, que pasan por allí. En un lugar relativamente cálido y húmedo y con un montón de insectos y carroñeros, el cuerpo humano puede quedarse en huesos en un par de semanas, y en unos meses desaparecer completamente.

Pero ¿qué les pasa a la mayoría de organismos, que son refrigerados inmediatamente después de la muerte, después embalsamados y metidos en un ataúd? Una vez más, depende. La temperatura y la humedad siguen siendo los factores más importantes, pero otros numerosos factores juegan su parte, desde lo bien que el cuerpo haya sido embalsamado a la estanqueidad de las juntas del ataúd, la acidez del suelo y las aguas subterráneas que eventualmente puedan filtrarse dentro. Todo esto hace imposible predecir cuánto tiempo llevará ese viaje final de un cuerpo en particular, que puede ser cualquiera, desde meses hasta años.

Lo que podemos decir, sin embargo, es que cualquiera que sea la escala de tiempo, la gran mayoría de organismos pasarán por las mismas etapas de descomposición.

Primero viene el "nuevo" escenario. A los pocos minutos después de la muerte, el dióxido de carbono comienza a acumularse en la sangre, haciéndola más ácida. Esto hace que las células abran y derramen las enzimas que empiezan a digerir los tejidos desde dentro.

El primer signo visible de descomposición se produce después de una media hora más o menos, conforme la sangre se va acumulando en las partes del cuerpo más cercana al suelo. Al principio tiene la apariencia de manchas rojas purpúreas, después de un día o así, se convierte en una marca violácea casi continua, conocida como livor mortis. El resto del cuerpo se vuelve pálido.

Aproximadamente al mismo tiempo, los músculos pasan de la flexibilidad a endurecerse cuando se establece el rigor mortis. En la vida, el bombeo de las membranas de las células musculares controlan la cantidad de iones de calcio de la célula, los altos niveles estimulan la contracción y niveles bajos permiten la relajación. Después de la muerte, este bombeo deja de funcionar, por lo que los iones de calcio se difunden dentro de las células provenientes de la mayor concentración del exterior, haciendo que los músculos se contraigan.

El rigor mortis dura de dos a tres días. Pero lo que parece ser una relajación, en realidad es el comienzo de la putrefacción, las enzimas descomponen las proteínas que mantenían a los músculos en su estado contraído.

Embalsamamiento del cuerpo detiene el recorrido de la putrefacción, al menos temporalmente. A diferencia de los antiguos embalsamadores egipcios, que pretendían mantener el cuerpo intacto para toda la eternidad, el embalsamamiento moderno está diseñado para hacer que un cadáver se vea presentable y se mantenga de una sola pieza el tiempo suficiente para organizar un funeral.

Esto se hace mediante la desinfección del cuerpo y la sustitución de la sangre y otros fluidos con una mezcla de agua, colorante y conservantes, que generalmente incluye el formaldehído. El colorante se utiliza paa restaurar algo parecido a un tono de piel saludable, mientras que el formaldehído conserva el cuerpo de varias maneras, primero repele insectos y mata las bacterias. También deja inactivas las enzimas del cuerpo y hace a los tejidos más resistentes a la descomposición, mediante la adición de enlaces cruzados a las cadenas de aminoácidos que forman las proteínas.

No obstante, este efecto protector no dura mucho tiempo, y deja el cuerpo más o menos de vuelta a donde empezó.

La siguiente etapa, la putrefacción, ya se pone un poco fea, por no decir otra cosa, cuando las enzimas, con la complicidad de los microbios, se ponen manos a la obra. Después de 48 horas más o menos, cuando el suficiente líquido rico en nutrientes se ha derramado de las células, estos microbios se propagan rápidamente. Los principales beneficiarios son algunas de las 100 billones de bacterias que se han pasado la vida viviendo en armonía con nosotros en nuestros intestinos. Al descomponerse las proteínas las bacterias producen en masa dos compuestos con nombres tan apestosos como sus olores, la putrescina y cadaverina, encargados de dar al cadáver su olor repulsivo.

Desde el exterior, putrefacción puede verse con una tonalidad verde, lentamente se extiende desde la parte frontal del abdomen a través del pecho y abajo del cuerpo. El color verde proviene de la acción de las bacterias anaeróbicas, que convierten la hemoglobina de la sangre en sulfohemoglobina.

Toda esta acción bacteriana también crea gases, entre ellos el hidrógeno, dióxido de carbono, metano, amoníaco, dióxido de azufre y sulfuro de hidrógeno. Esto contribuye a la peste y también a distorsionar el cuerpo, inflándolo como un globo y, finalmente, después de un mes más o menos, estallando hasta abrirlo. El sulfuro de hidrógeno también se combina con el hierro de la hemoglobina que lo hace de color negro del sulfuro de hierro, lo que vuelve la piel más oscura.

Esto anuncia el inicio de la tercera fase: la descomposición activa. La velocidad de descomposición se acelera, y ahora, lo que queda de la carne, se consume rápidamente, hasta que sólo queda el esqueleto. A veces, también sucede algo más. Si el cuerpo pasa a estar en un suelo especialmente frío, podría formarse una cubierta cerosa llamada adipocira, o cera de sepulcro. La adipocira es un efecto secundario, particularmente espeluznant,e consecuencia del trabajo de algunas bacterias anaeróbicas, como la Clostridium perfringens, mientras andan digiriendo la grasa corporal. Tarda alrededor de un mes en formarse y puede dejar el cadáver en lo que parece una capa de cera.

La etapa final, la ruptura del esqueleto, se toma más tiempo. Para que los huesos desaparezcan, las partes minerales duras deben romperse. Esto sucede si entran en contacto con el suelo o agua ácida, y se acelera si están mecánicamente rotos por las raíces de los árboles o animales. Una vez que el material duro se ha ido, las últimas proteínas del cuerpo, incluyendo el colágeno, que una vez le dio la flexibilidad a los huesos, sucumbe a las bacterias y los hongos hasta desaparecer.

Hay algunos casos en los que esta secuencia de eventos no se pone en marcha y que el cuerpo no tiene ocasión de corromperse. Si el cadáver se mantiene completamente seco las bacterias no pueden hacer su trabajo y los tejidos se momifican. Lo mismo ocurre con los cuerpos que caen dentro de conservantes naturales, como son los pantanos, marismas o la nieve, donde las bacterias no pueden proliferar y las enzimas del cuerpo dejan de funcionar.

Luego están los raros casos en que una persona muere en compañía de hambrientos carroñeros. En estos casos el cuerpo puede ser eliminado hasta los huesos y masticado en pequeños trozos en cuestión de días. Lo mismo puede ocurrir bajo el mar.

Por supuesto, si no hay pantano, perro, tiburón o una tumba de hielo a mano, la única manera de evitar la dura realidad de la decadencia es la cremación. En una cámara, calentada a 750 °C el ataúd y el cadáver entero puede ser quemado en menos de 3 horas. Después de eso, las cenizas se pasan por un molino llamado incinerador, que se hace cargo de los huesos grandes y tercos que no se quemaron completamente, y deja reducido todos los restos a ceniza fina.

Y tal como dicen, no somos nadie. Puede que no sea bonito, pero es uno de los pocos destinos definitivos de la vida: las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo, y al final no deja mucho que desear.


- Serie: "La Muerte: Informe especial sobre lo inevitable"
- Imagen: La muerte de Marat, de Jacques Louis David (1748–1825).

.

,

,

«
Next
Entrada más reciente
»
Previous
Entrada antigua
Editor del blog Pedro Donaire

Filosofía

Educación

Deporte

Tecnología

Materiales