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» » » » » Cuidado con las grietas que arrastran los sesgos

Cada vez se acumulan más pruebas que señalan que la investigación está plagada de errores sistemáticos. Si no se controla, esto podría socavar la confianza pública, advierte Daniel Sarewitz .

Grietas alarmantes están empezando a penetrar profundamente en el edificio científico. Amenazan el estatus de la ciencia y su valor para la sociedad. Y no se puede culpar a los sospechosos de siempre, la financiación insuficiente, la falta de ética profesional, la interferencia política o un público científico-analfabeto. La causa es el sesgo, y la amenaza que plantea está en el mismo corazón de la investigación.


El sesgo es un elemento ineludible de la investigación, especialmente en los campos de la biomedicina, donde se esfuerzan por aislar relaciones de causa-efecto en los sistemas complejos en los que las variables relevantes y fenómenos no pueden ser plenamente identificados o caracterizados. No obstante, aunque los sesgos sean aleatorios, los múltiples estudios deberían converger hacia la verdad. Pero las evidencias se amontonan señalando que los sesgos no son aleatorios. Un comentario de marzo en Nature informaba que los investigadores de Amgen consiguieron confirmar los resultados de tan sólo seis de los 53 'estudios de referencia' sobre la investigación del cáncer preclínico (C. G. Begley & L. M. Ellis Nature 483, 531–533; 2012). Durante más de una década, y con una frecuencia creciente, los científicos y periodistas han señalado problemas similares.

Los primeros signos de problemas ya se dejaron ver a mediados de la década de 1990, cuando los investigadores comenzaron a documentar un sesgo positivo sistemático en los ensayos clínicos financiados por la industria farmacéutica. Al principio, estos sesgos parecían fáciles de abordar, y en algunos aspectos, eso nos reportaba una comodidad psicológica. El problema, después de todo, no estaba en la ciencia, sino en el veneno del afán de lucro. Podía ser contrarrestado con estrictos requerimientos que destaparan conflictos de intereses e informaran todos los ensayos clínicos.

Sin embargo, un examen más cercano comenzó a mostrar que el problema tenía un recorrido más profundo. Los controles internos de la ciencia sobre el sesgo fallaban, y el sesgo y el error tendían en la misma dirección: hacia la omnipresente sobre-selección y sobre-presentación de informes con resultados positivos falsos. El problema fue aseverado de forma más provocativa en un ahora famoso artículo de John Ioannidis, en 2005, actualmente en la Universidad de Stanford en California, titulado "Why Most Published Research Findings Are False" [¿Por qué la mayoría de los resultados publicados de investigación son falsos] (J. P. A. Ioannidis PLoS Med. 2, e124; 2005). La evidencia de un sesgo positivo sistemático apunta en un rango que va desde la investigación básica a la clínica, y en los temas de estudio, desde los marcadores de enfermedades genéticas al testeo de las prácticas médicas tradicionales chinas.

¿Cómo se puede explicar un sesgo tan generalizado? Al igual que un campo magnético atrae las limaduras de hierro en una alineación, una potente creencia cultural es capaz de alinear múltiples fuentes de sesgo científico en la misma dirección. Una creencia subyacente es que el progreso en la ciencia significa una producción continua de resultados positivos, y que todo beneficio viene de los resultados positivos y de una apariencia de progreso. Los científicos se ven recompensados ​​tanto intelectual como profesionalmente, los administradores científicos se ven facultados, y el deseo del público de un mundo mejor también se ve contestado. La falta de incentivos reporta resultados negativos, replicar los experimentos o reconocer incongruencias, ambigüedades e incertidumbres es ampliamente apreciado, pero todo ello es difícil de conseguir sin el necesario cambio cultural.

Los investigadores intentan reducir el sesgo controlando firmemente las investigaciones experimentales. Al hacerlo, sin embargo, también se mueven más allá de la complejidad del mundo real en el que los resultados científicos deben implementarse para resolver problemas. Las consecuencias de esta estrategia se han convertido en sumamente evidente en la investigación con el modelo-ratón. La tecnología produce un número ilimitado de idénticos ratones transgénicos que atrae a legiones de investigadores y una financiación abundante, ya que permite experimentos controlados, replicables y rigurosos en el testeo de hipótesis, los preceptos dogmáticos de la «excelencia científica». Sin embargo, los resultados de tales investigaciones a menudo no resultan válidos cuando se aplican a los humanos.

Un resultado sesgado científico no es diferente de uno inútil. Tampoco se puede aplicar al mundo real. Por lo tanto, no es sorprendente que las grietas del edificio se están presentando por primera vez en el ámbito biomédico, ya que los resultados de investigación son constantemente puestos a prueba en la mejora de la salud humana. Tampoco sorprende, aunque es dolorosamente irónico, que algunas de las investigaciones más preocupantes que documentan estos problemas, hayan venido de la industria, precisamente porque el beneficio de la industria depende de los resultados de la ciencia básica biomédica capaz de ayudar a guiar el desarrollo de drogas alternativas.

Los científicos, correctamente, ensalzan la capacidad de investigación para autocorregirse. Pero la lección que proviene de la biomedicina es que dicha auto-corrección no depende sólo de la competencia entre los investigadores, sino también en los estrechos vínculos entre la ciencia y su aplicación, algo que debe permitir a la sociedad rechazar los sesgos y los resultados inútiles.

Así pues, sería ingenuo creer que el error sistemático es un problema únicamente de la biomedicina. Es probable que sea común en cualquier campo que busque predecir el comportamiento de los sistemas complejos, llámese economía, ecología, ciencias ambientales, epidemiología, etc. Las grietas estarán ahí, sólo que son más difíciles de detectar porque es más difícil de probar los resultados de una investigación a través de aplicaciones tecnológicas directamente (por ejemplo, drogas), y de indicadores inequívocos de resultados deseados (por ejemplo, la reducción de la morbilidad y mortalidad).

Nada corroe más la confianza del público que la conciencia progresiva de que los científicos son incapaces de vivir de acuerdo con las normas que se han fijado para sí mismos. Las medidas útiles para hacer frente a esta amenaza pueden variar desde la reducción de la publicidad exagerada de las universidades y revistas sobre proyectos específicos, hasta fortalecer la colaboración entre los implicados en la investigación fundamental y los que implementarán esos resultados para su uso en el mundo real. No hay soluciones fáciles. El primer paso es hacer frente al problema, antes de que las grietas socaven los cimientos mismos de la ciencia.



- Referencia: Nature.com, 9 de mayo 2012, por Daniel Sarewitz
- Ref. biblográfica: Nature 485, 149 (10 mayo 2012) Doi: 10.1038/485149a
- Imagen: Daniel Sarewitz. Nature.com .

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