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» » Idea de Constructivismo

El vocablo constructivismo es reciente, pero la problemática que expresa es un asunto antiguo con profundas raíces en la filosofía. Designa en lo fundamental una posición sobre el problema del conocimiento que concibe al sujeto que conoce y al objeto conocido como entidades interdependientes. Por lo mismo, el constructivismo asume que la realidad es en importante medida una construcción humana. La forma en que se utiliza o se invoca el constructivismo alcanza gran diversidad, pero es posible reconocer un sustrato común, un hilo de continuidad, que representa la identidad de esta epistemología. Este texto formula un contexto filosófico para comprender el significado del constructivismo y dos tesis para situar sus límites y alcances.

Probablemente la forma más directa, y a la vez económica, para expresar el sentido del constructivismo fue acuñada por Gregory Bateson: La realidad es cosa de fe. La frase no deja dudas, es la intervención humana la que otorga existencia. La idea de una realidad que está allí, sin depender de nuestra voluntad, no tiene cabida en esta concepción.

Se trata claramente de una tendencia en la discusión epistemológica actual. El cibernético Heinz von Foerster destruye toda forma de realismo: La objetividad es la ilusión de que las observaciones pueden hacerse sin observador. Paul Watzlawick tampoco se queda en eufemismos y afirma: Real es, al fin y al cabo, lo que es denominado real por un número suficientemente grande de hombres. En este sentido extremo, la realidad es una convención interpersonal. Por su parte, Humberto Maturana y Francisco Varela declaran: Todo lo dicho es dicho por alguien. (...) Una explicación siempre es una proposición que reformula o recrea las observaciones de un fenómeno en un sistema de conceptos aceptables para un grupo de personas que comparten un criterio de validación.

Ya a finales del siglo XIX el filósofo y psicólogo William James se preguntaba sobre las circunstancias en que las cosas cobran realidad para las personas. Planteaba que toda distinción entre lo real y lo irreal, toda psicología de la creencia, la incredulidad y la duda, se basa en dos hechos mentales complementarios. Por una parte, el hecho de que es posible pensar de manera diferente un mismo objeto, y, por otra, la posibilidad de elegir una de esas maneras de pensar y desechar otras. El origen de toda realidad es subjetivo. Realidad significa simplemente una relación con la vida emocional y activa; todo lo que excita y estimula nuestro interés es real: Cada mundo es real a su manera, mientras se atiende a él; sólo que su realidad desaparece cuando desaparece la atención.

Según James existen varios órdenes de realidad, tal vez un número infinito, que designa como subuniversos. Cada uno tiene su propio estilo, especial y separada de existencia, tal como ocurre con el mundo de las cosas físicas, el mundo de las relaciones ideales, el mundo de los ídolos de la tribu, los diversos mundos sobrenaturales de la mitología y la religión, los mundos interminables de la opinión individual, y los mundos de la locura y la divagación.

A mediados del siglo XX el sociólogo Alfred Schutz, que no se cansa de rendir homenaje a James expone: Todo nuestro conocimiento del mundo, tanto en el sentido común como en el pensamiento científico, supone construcciones, es decir, conjuntos de abstracciones, generalizaciones, formalizaciones e idealizaciones propias del nivel respectivo de organización del pensamiento. En términos estrictos, los hechos puros y simples no existen. Lo que constituye la realidad no es la estructura ontológica de los objetos, sino la interacción entre los sujetos y esos objetos.

Más recientemente Ernst von Glasersfeld aclara que el constructivismo no niega la posibilidad de conocer, sino que propone otros términos para explicar estos procesos: El constructivismo es una teoría del conocimiento activo, no una epistemología convencional que trata al conocimiento como una encarnación de la Verdad que refleja al mundo "en sí mismo", independiente del sujeto cognoscente. A partir de esta base el autor reconoce dos principios básicos del constructivismo radical. Por una parte, se entiende que el conocimiento no se recibe pasivamente, ni surge meramente por la acción de los sentidos, ni por medio de la comunicación, sino que es construido por el sujeto cognoscente. Por otra parte, se concibe que la función de la cognición es adaptativa y sirve a la organización del mundo experiencial del sujeto, y no simplemente al descubrimiento de una realidad ontológica objetiva.

En síntesis, el conocimiento no es más que una propuesta que responde a una forma de situarse frente a la experiencia. En estos términos es muy difícil hablar de objetividad. El constructivismo hace caer en el rango de la ingenuidad cualquier pretensión de atenerse al objeto con el propósito de generar una referencia indiscutible, de producir una estricta correspondencia entre las representaciones mentales y el objeto tal como es. El concepto de realidad, tan caro a la ciencia clásica, queda desterrado. La historia relata que Galileo al emplear por primera vez su telescopio, efectuó cuidadosos experimentos para asegurarse que sólo ampliaba la visión de los objetos, sin distorsionarlos ni crear otros nuevos. Este empeño honesto ya no cuenta con el aprecio del constructivismo.

Al alero de la creencia en la existencia de una realidad independiente de la experiencia, con un orden y un sentido propios, que por lo mismo puede ser conocida con certeza, hizo su exitosa carrera una cierta epistemología del objeto. Dominadora sin graves conflictos al menos desde la modernidad, encuentra ahora un contrapeso en el constructivismo, cuyo centro está en el reconocimiento de la interdependencia entre observador y mundo observado. Desde esta base se admite la imposibilidad de determinar si un enunciado se refiere al mundo tal como es o tal como lo vemos, se produce el cuestionamiento de las formas analíticas del pensar que acentúan exageradamente la distinción entre sujeto y objeto; y finalmente el abandono de las concepciones esencialistas en las que el sentido de cada cosa no depende más que de sí misma. Para el constructivismo el mundo de los significados, la realidad en suma, es una construcción humana y social, de modo que toda observación remite inevitablemente a las cualidades del observador y a las distintas interacciones comprometidas.

No hay base para sostener la existencia de una verdad idéntica para todos, inmutable y eterna, de modo que sólo podemos tratar con el mundo de la experiencia como la única realidad efectivamente accesible. Verdadero o falso son atribuciones que tienen sentido dentro de un universo específico de relaciones, y por tanto ocurren únicamente bajo condiciones sociales e históricas determinadas. Por tanto, al rechazar la idea de una verdad única, el constructivismo se pone a cubierto de la tentación de la certidumbre y levanta una declaración en favor de la diversidad. Niega la existencia de una mirada privilegiada, con autoridad para cerrar el paso a posturas alternativas, y establece carta de ciudadanía para el desacuerdo.

Un paso fuera de los límites de la epistemología, el constructivismo contiene una apelación a la responsabilidad. Las diferencias son precisamente el germen de los conflictos y éstos son causa de ruptura y desintegración social. Los seres humanos deben encontrar los medios para generar realidades compartidas, dentro de un marco de estabilidad suficientemente amplio como para garantizar el equilibrio entre lo social y lo individual. El constructivismo contiene una ética de la convivencia con especial reconocimiento para la tolerancia. Cuando nadie puede pretender la mirada correcta, y cuando el diálogo está por encima de la imposición, entonces tenemos el fundamento para el necesario respeto que exige la convivencia social. La argumentación es mejor recurso que la fuerza y las tradiciones heredadas tienen que pasar el examen de la reflexión crítica. La tarea es buscar colectivamente la mejor solución, aunque no sea posible alcanzar la verdadera. Así se crean acuerdos y se postulan valores, que sin ser definitivos mantienen un alto significado dentro de las condiciones en que se han creado.

Pero el constructivismo no es nuevo, ni nació por generación espontánea. El vocablo es reciente, pero designa un antiguo asunto con larga historia en la filosofía. La historia del pensamiento ha recorrido siglos y nada justifica acortar la memoria. A objeto de crear un contexto algo más completo, pero en parte con un afán de justicia, al modo de una muestra, es bueno agregar otras referencias.

Jenófanes, nacido alrededor del 570 de la era antigua, fue una mezcla de rapsoda y filósofo. Escribió en verso y los escasos fragmentos que se conservan muestran un autor de fino sentido crítico y decidido adversario de la religión. Formuló en sugerentes versos una teoría del conocimiento de tono constructivista: Pero respecto a la verdad certera, nadie la conoce, ni la conocerá. Ni acerca de los dioses, ni sobre todas las cosas de las que hablo. E incluso si por azar llegásemos a expresar la verdad perfecta, no lo sabríamos: Pues todo no es sino un entramado de conjeturas.

La tendencia a ver en la historia de la filosofía sólo el despliegue de un realismo metafísico, olvida la temprana aparición de formulaciones de profundo sentido crítico y fundado escepticismo, que reaparecerán una y otra vez como testimonio de un particular esfuerzo por comprender la experiencia bajo otros supuestos. Todavía en el mundo griego, durante en el periodo clásico, el formidable Protágoras, renunciando a cualquier criterio de objetividad, y abriendo un espacio ilimitado a la libertad de pensamiento, dirá: En todas las cosas hay dos razones contrarias entre sí. Enseguida, su verdadera carta de presentación, la sentencia con la que se inicia su texto Sobre la Verdad es claramente constructivista: El hombre es la medida de todas las cosas. De las que existen, como existentes, de las que no existen, como no existente. Surge por primera vez una formulación del hombre como constructor de realidad, y una propuesta no determinista relativa al origen, sentido y valor del conocimiento para los hombres: La verdad es solamente aquello que se manifiesta ante la conciencia; nada es en y para sí, pues todo encierra simplemente una verdad relativa.

Protágoras no se dejó seducir por ningún esencialismo. Los hombres son los únicos responsables del mundo en que viven: Sobre lo justo y lo injusto, lo santo y lo no santo, estoy dispuesto a sostener con toda firmeza que, por naturaleza, no hay nada que lo sea esencialmente, sino que es el parecer de la colectividad el que se hace verdadero cuando se formula y durante todo el tiempo que dura ese parecer. Desde luego, al tenor de estas ideas, no es curioso que Protágoras fuera una firme influencia intelectual en el desarrollo de la democracia de Pericles.

En el período helenístico se encuentra también un antecedente de notable interés. En el escepticismo, escuela filosófica nacida con Pirrón de Elis, se plantea por primera vez en forma sistemática un conjunto de argumentos para dudar de la posibilidad de un conocimiento objetivo, que se repetirán por siglos sin recordar a sus autores. El filósofo escéptico considera fracasado el intento de fijar un criterio firme para determinar la verdad o falsedad de las cosas. Estamos en presencia de una actitud radical que se levanta a partir de las pulsaciones de la duda, y desemboca en la suspensión del juicio y la liberación de la inquietud. La crítica se apoya en la convicción de que los hombres son incapaces de reconocer los objetos fuera de la percepción sensorial, y ésta no garantiza una aprehensión de las cosas tal como son. La percepción revela lo que aparece, pero no tenemos jamás testimonio directo de lo que es. De esta manera, si la naturaleza de las cosas no puede ser conocida, no existe una referencia sólida para decidir sobre la certeza del conocimiento.

Adicionalmente, hay un rasgo de grandeza poco divulgado en el filósofo escéptico, que lo acerca precisamente a los constructivismos actuales. Nunca aceptó criterio alguno para distinguir lo verdadero de lo falso, pero sí para conducirse en la vida. Su preocupación no estaba en problematizar sobre las convenciones sociales, insistiendo en cuestiones asociadas a su justificación racional o fundamento último, y sin conflicto se sometió a ellas aceptándolas como un criterio práctico. El escepticismo no se proyecta sobre los juicios relativos a la vida cotidiana, en cambio los acepta como una guía para actuar y convivir.

Más adelante, en el siglo XVII, Gianbattista Vico se opone a la reciente evidencia cartesiana, y su pretensión de ser un fundamento seguro para todas las ciencias. Fue de los primeros en rechazar este concepto e intentar demostrar que es unilateral y limitado. Contrapone lo verosímil a lo verdadero, y reivindica el valor de aquellas manifestaciones de la fantasía y el pensamiento que no pretenden la objetividad. Su acento está en el saber humano y su construcción: Así como la verdad es lo que Dios llega a conocer al crearlo y organizarlo, la verdad humana es lo que el hombre llega a conocer al construirlo, formándolo por sus acciones. Por eso la ciencia es el conocimiento de los orígenes, de las formas y la manera en que fueron hechas las cosas. Vico separa el conocimiento divino del humano, bajo el principio de que sólo podemos conocer lo que hemos creado. El acto de crear o de constituir algo es lo que permite llegar a la posesión de los elementos que harán posible el conocimiento. De este modo, concibe el conocimiento como una empresa humana y una construcción activa, en virtud de un esfuerzo por hacer corresponder unas cosas con otras en bellas proporciones.

Hacia fines del siglo XIX, un período propicio para los positivismos, la lucidez de Friedrich Nietzsche hará su parte para mantener viva la llama constructivista. Escribe en La Genealogía de la Moral: Guardémonos mejor, por tanto, de la peligrosa patraña conceptual que ha creado un sujeto puro del conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad, al dolor, al tiempo. Guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios, tales como razón pura, espiritualidad absoluta, conocimiento en sí: Aquí se nos pide siempre pensar en un ojo que de ninguna manera puede ser pensado, un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas, que son, sin embargo, las que hacen que ver sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un conocer perspectivista. (...) Pero eliminar en absoluto la voluntad, dejar en suspenso la totalidad de los afectos, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿Cómo? ¿Es que no significaría eso castrar el intelecto?

Contemporáneamente el constructivismo circula como moneda corriente con mayor o menor prestancia en diferentes ámbitos, asociado a numerosos autores y significados, pero normalmente marcando una diferencia con el positivismo en cualquiera de sus ropajes. El concepto gana o pierde según el discurso en que ocasionalmente aparezca instalado. Es llevado y traído según necesidades y situaciones. Los autores y las disciplinas se cruzan con discrecional seriedad y rigor. Muchas menciones para Piaget, Vigotsky, Coll, Ausubel, Novak o Bruner, y extrañamente James, en el mundo de la psicología y la educación. Regularmente una observación para Berger y Luckman desde la sociología, y con suerte un recuerdo para Schutz. También Watzlawick, Von Glasersfeld y los constructivistas radicales en el estudio de la comunicación y en terapia, y más recientemente los nombres de Gergen o Kelly. Por cierto también Maturana, Varela, Bateson o Von Foerster.

Con espíritu filosófico este es el punto en que el concepto mismo requiere ser convertido en objeto de discusión y examen. No ya por su valor explicativo o heurístico, no ya por su dimensión instrumental, sino por su propia resonancia. Un misterio con mérito propio y la necesidad de recorrerlo como una cuestión no sujeta a otras consideraciones.

Hay una gran diversidad en las distintas invocaciones al constructivismo, pero en todas ellas permanece un sustrato invisible, un hilo de continuidad, en donde adquiere identidad la epistemología constructivista. En síntesis, son dos los puntos que definen los límites del constructivismo, un adentro y un afuera, por así decirlo, a partir de los cuales pueden desarrollarse múltiples variaciones y matices. Estos puntos, presentados aquí como tesis, son los siguientes:

1. Conocimiento y experiencia son inseparables.
2. Hecho y valor no tienen una relación necesaria.

Es evidente que estos dos planteamientos se relacionan, pero pueden formularse por separado en la medida en que uno no contiene obligatoriamente al otro. En conjunto constituyen el sustento decantado de todo constructivismo. Ambas tesis parecen obvias, pero no olvidemos que lo son precisamente para una extendida sensibilidad modulada al tenor de estas interpretaciones cada vez más extendidas. Esto no era obvio para el espíritu de la modernidad. En el siglo XVII el implacable optimismo de Descartes, expresado sin reserva en su Discurso del Método, lo hacía decir que la razón es la cosa mejor repartida del mundo, naturalmente igual en todos los hombres, y presente toda entera en cada uno. A la vista de la increíble diversidad de los hombres y las sociedades, Descartes no vuelve atrás y más bien prepara el camino para su propuesta de un método absoluto: La diversidad de nuestras opiniones no proviene de que algunos sean más razonables que los otros, sino sólo de que conducimos nuestros pensamientos por diversos caminos y no consideramos las mismas cosas. Pues no es suficiente tener buen espíritu, lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios lo mismo que de las mayores virtudes; y los que sólo avanzan lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen siempre el camino recto, que los que corren y se alejan de él.

La diversidad es un espejismo, no hay mérito en ella. La experiencia particular que lleva a cada hombre a situarse de un modo propio frente a los hechos no tiene sustento, tampoco es inevitable. Descartes apuesta al camino recto, al método adecuado que permite utilizar toda la razón, que conduce sin sombras al mismo destino. La razón, y sólo ella, es el apoyo legítimo de la interpretación de lo real: Habiendo una sola verdad de cada cosa, cualquiera que la encuentre sabe acerca de ella todo lo que se puede saber.

En el extremo de esta postura, las Meditaciones Metafísicas descalifican la imaginación y la separan nítidamente de la intelección o concepción pura: Observo, además, que esta fuerza de imaginar que existe en mí, en cuanto es diferente de la potencia de concebir, no es de ningún modo necesaria a mi naturaleza o a mi esencia, es decir, a la esencia de mi espíritu; pues, aunque no la tuviera, no hay duda que seguiría siendo el mismo que soy ahora, de donde parece que se puede concluir que aquella depende de una cosa que se distingue de mi espíritu.

Comúnmente se culpa a Descartes de haber separado el alma del cuerpo. Eso es exagerado, las Meditaciones finalmente reconocen alma y cuerpo como un todo. En cambio, lo que permanece es una radical separación entre conocimiento y experiencia. Descartes declara, en un momento alto de escepticismo, que nada verdadero ha encontrado estudiando a los clásicos o viajando a tierras lejanas. Todo cuanto ha aprendido a lo largo de su vida en contacto directo con el mundo o a través de sus maestros le parece falso. La duda cartesiana se aplica entonces a destruir cuidadosamente todo rastro de experiencia pasada, pero se rinde frente a la indesmentible verdad del cogito, que no ha surgido de esa experiencia sino de un movimiento autoreflexivo del espíritu. Con todo, su increíble potencia permite a partir de ahora fundar una ciencia verdadera.

Un aspecto medular del constructivismo es reponer la unidad entre conocimiento y experiencia. La verdad objetiva, científica o de otra naturaleza, abre un espacio insalvable entre conocimiento y experiencia, porque uniforma, reduce los matices, reclama sumisión. Lo que es igual para todos por definición no ha podido surgir como resultado de la unicidad del ser humano, como individuo o grupo, y es indiferente que sea una propuesta de uno u otro. El constructivismo reconoce toda forma de saber desde la consideración de un sujeto activo, con historia, que interactúa con otros sujetos y con el mundo que lo rodea, y no como una copia mecánica y replicable de algo preexistente.

Algunos constructivistas, sin embargo, a ratos llevan las cosas demasiado lejos, de modo que la crítica finalmente tropieza en su propio exceso. Von Foerster, con una buena dosis de ironía, ha dicho que la objetividad equivale a pensar que puede haber observaciones sin observador, porque si todos pueden ver lo mismo no importa quien es el que ve. Se pretende desmontar así una bien constituida epistemología del objeto, pero el mismo autor a continuación reclama como respuesta una epistemología del sujeto: Toda descripción del mundo presupone a alguien que lo describa (lo observe). Lo que necesitamos es, pues, una descripción del "descriptor", o, en otras palabras, una teoría del observador. De un extremo se salta al otro y el proyecto de desarrollar una interpretación articulada se desvanece. Lo mismo ocurre con Maturana cuando concluye que el observador se encuentra a sí mismo como fuente de toda realidad. Nuevamente aquí es el sujeto el que contiene toda la autoridad para producir el conocimiento, con absoluta independencia del mundo que lo rodea. La epistemología del objeto es reemplazada por una epistemología del sujeto: todo cambia para que nada cambie. De este modo no se consigue trascender el pensamiento dicotómico, más bien éste resulta fortalecido.

El aspecto central del constructivismo está dado por su interés en reconocer el fenómeno del conocimiento como resultado de una interdependencia entre observador y mundo observado. Por esta razón, la distinción propuesta por Watzlawick entre una realidad de primer orden, constituida por objetos cuya existencia es objetivamente constatable, y una realidad de segundo orden, relativa al sentido, significado y valor que se otorga esos objetos, pese a su simpleza, es expresiva, porque se sitúa en el cruce entre sujeto y objeto. Watzlawick utiliza un grabado medieval que muestra a un hombre que luego de una larga marcha alcanza el fin del mundo. Lleno de júbilo, parado exactamente en el límite de lo interior y lo exterior, se convierte en un observador privilegiado, con una perspectiva propia de los dioses. Puede ver desde fuera el mundo tal como es, la verdad pura, objetiva, sin contaminación de ninguna especie. Una pretensión ciertamente peregrina, tal como ocurre con el Barón de Münchhausen, que se levanta a sí mismo tomándose de su coleta, y a su caballo entre las piernas, para salir del pantano. Pero las cosas difícilmente se fragmentan de ese modo.

Una metáfora más adecuada parece ser la litografía Galería de Cuadros del artista holandés M. C. Escher, que nos muestra un joven que observa un cuadro del cual forma parte. Un cuadro que contiene al propio observador, negándole una identidad autosuficiente, porque no le deja un espacio exclusivo en la medida en que no es posible trazar un límite. En este caso tenemos un observador que no es independiente de la situación en la que se encuentra. Está comprometido con ella. Observador y mundo observado forman una unidad inseparable, un extremo define al otro.

El conocimiento es una construcción, y como tal refleja principalmente el tipo de dilemas que los seres humanos enfrentan en el curso de su experiencia. No se origina en la simple actividad de los sentidos, ni comienza en una mera acumulación de datos, sino con algún problema. El conocimiento expresa orientaciones y posee por tanto un importante valor de uso, puesto que está en conexión con las distintas maneras de actuar y de cumplir objetivos. Más aún, tiene poderosas implicaciones en la constitución de la experiencia social, debido a que determina formas de vivir y de convivir, formas de relacionarse, de colaboración o rechazo, de aceptación o negación. En último término tanto el encuentro como el exterminio, en los extremos de la relación humana, son realidades construidas a partir de determinados supuestos.

El conocimiento, o el saber en cualquiera de sus formas, surge como construcción, pero rápidamente se separa de sus creadores y comienza a ser parte del mundo. Se convierte a continuación en parte de la interacción y pasa a tener repercusión sobre la vida de sus propios creadores. La interdependencia entre observador y mundo observado, cuya comprensión emprende el constructivismo, mantiene así una dinámica incesante en la que difícilmente podría volver a reponerse la distinción entre sujeto y objeto. Hay una retroalimentación permanente entre los hombres y sus construcciones.

Los hechos no tienen peso propio. Las conductas, los fenómenos y los objetos, no poseen de suyo un valor o un sentido. No hay una relación forzosa, obligada o natural, entre los hechos y la significación que adoptan en un contexto particular. Son los hombres, los grupos o las sociedades los que le otorgan o le niegan gravedad a los hechos. El Manual de Epicteto ya contiene esta concepción: Los hombres se ven perturbados no por las cosas, sino por las opiniones sobre las cosas. Por ejemplo, la muerte no es nada terrible, pues, de serlo, también se lo habría parecido a Sócrates, sino la opinión de que la muerte es terrible. En los distintos momentos de la experiencia de vida los seres humanos están obligados a elegir, a afirmar o negar, en una palabra a valorar. Las preguntas que se pueden dirigir a los hechos son infinitas, y finalmente frente a ellos cada cual se sitúa de un modo particular en ese cruce impredecible de expectativas, fantasías y posibilidades. En cada caso, sean conscientes o no las personas, hay siempre un sistema de valoración operando. Para Nietzsche hombre es, precisamente, el que realiza valoraciones. En Así Habló Zaratustra afirmó que una tabla de valores está siempre suspendida sobre cada pueblo, y que son los mismos hombres los que se dan todo el bien que disfrutan y todo el mal que padecen: Para conservarse, el hombre empezó implantando valores en las cosas, ¡él fue el primero en crear un sentido a las cosas, un sentido humano! Por ello se llama "hombre", es decir: el que realiza valoraciones... sin el valorar estaría vacía la nuez de la existencia.

Fue el filósofo David Hume quien señaló la falacia consistente en saltar alegremente del ser a la norma, de lo que es a lo que debe ser, y la llamó falacia naturalista. Lo importante es que ésta desemboca en un racionalismo que asigna una conexión obligada entre conocimiento y normatividad, de modo que cada hecho tiene desde el comienzo y para siempre un valor asignado. No cabe insistir en que esta es una versión del viejo deseo de lograr la objetividad, esta vez referido al modo en que los hombres deben reaccionar frente a los hechos.

La libertad humana es fundamentalmente la capacidad para otorgar valor a cada cosa. Somos libres porque recordamos el pasado y nos proyectamos al futuro, y el ejercicio concreto de esa libertad se produce en el acto mediante el cual concedemos sentido a algo que naturalmente no lo tiene. De manera que finalmente podemos admitir que el constructivismo tiene en su base el reconocimiento de la libertad humana.
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» Autor: Ricardo López Pérez  .
» Sitio del documento original (2003) en .pdf .
» Imágenes: en orden descendente: Gregory Bateson, Humberto Maturana, Francisco Varela, Heinz Von Foerster, Ernst Von Glasersfeld, Paul Watzlawick y Galería de cuadros de M. C. Escher.

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