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» » La evolución de los prejuicios

Desde hace tiempo, los psicólogos saben que muchas personas adoptan prejuicios hacia los demás basados en sus afiliaciones de grupo, ya sean raciales, étnicas, religiosas, incluso políticas. Aunque todavía no se sabe bien por qué los individuos tienden hacia los prejuicios. Esta nueva investigación, que se ha tratado con monos, sugiere que las raíces se encuentran profundamente arraigadas en nuestro pasado evolutivo.

La estudiante graduada de Yale, Neha Mahajan, junto con un equipo de psicólogos, viajaron hasta Cayo Santiago, una isla deshabitada del sureste de Puerto Rico, también conocida como "Monkey Island", con el fin de estudiar el comportamiento de los macacos rhesus. Como los humanos, los monos rhesus viven en grupos y forman fuertes lazos sociales, y también tienden a desconfiar de aquellos que perciben como potencialmente peligrosos. Se trataba de averiguar si los monos distinguen entre los de dentro (es decir, aquellos que pertenecen a su grupo) y los de afuera (aquellos que no pertenecen); así que los investigadores midieron la cantidad de tiempo que los monos se quedaban mirando el rostro fotografiado de uno de dentro frente a un mono de fuera. A través de varios experimentos, descubrieron que los monos miraban más tiempo las caras de los forasteros. Esto nos da una idea de que los monos eran más cautelosos con los de fuera.

Sin embargo, también puede ser que los forasteros simplemente evoquen más curiosidad. Para arreglar esto, los investigadores aprovecharon el hecho de que rhesus machos abandonan los grupos de su infancia una vez que alcanzan la edad reproductiva. Esto permitió emparejar las
familiares caras de forasteros (los monos que habían abandonado recientemente el grupo) con las menos familiares caras de dentro (los monos que se han sumado recientemente al grupo). Cuando se presentaban en estas parejas, los monos siguían mirando más tiempo las caras de fuera, a pesar de que estaban más familiarizados con ellos. Los monos estaban haciendo muy claras distinciones en función de la pertenencia al grupo.

Mahajan y su equipo, idearon a su vez, un método para averiguar si los monos tenían sentimientos negativos hacia los forasteros. Crearon una versión adaptada del
Implicit Association Test (IAT). En los humanos, el IAT es una tarea informática que las mide los prejucios inconscientes mediante la determinación rápida de asociaciones con diversas palabras (p. ej., "bueno" y "malo") con grupos específicos (p. ej., los rostros de cualquier afro-americano o europeo-americano). Si una persona es más rápida asociando "malo" con caras afro-americanas, en comparación con las caras europeo-americanas, esto sugiere que él o ella alberga un prejucio implícito contra los afroamericanos.

Con los monos rhesus, los investigadores emparejaron las fotos de los monos de dentro y foráneos tanto con cosas buenas, como las frutas, como con cosas malas, como las arañas. Cuando una cara de dentro era emparejada con la fruta o cuando un rostro foráneo era emparejado con una araña, los monos
perdían rápidamente el interés. Y cuando la cara de dentro era emparejada con una araña, los monos entonces, de detenían más tiempo mirando las fotografías. Presumiblemente, los monos entraban en confusión cuando algo bueno se emparejaba con algo malo. Esto sugiere que no sólo distinguen entre propios y extraños, sino que en principio son asociados con cosas buenas o malas repectivamente.

En general, los resultados apoyan una base evolutiva para los prejuicios. Algunos piensan que los prejuicios son exclusivos de los humanos, ya que parecen depender de los procesos de un pensamiento complejo. Por ejemplo, en estudios anteriores hallaron que, la gente solía mostrar perjuicios después de recordar su mortalidad o recibir un golpe a su autoestima, ya que sólo los humanos somos capaces de contemplar nuestra muerte o tener una imagen de sí mismo. Pero el comportamiento de los monos rhesus implica que, nuestra tendencia básica a ver el mundo en términos de "nosotros" y "ellos" (los de dentro y los de fuera) tiene orígenes muy antiguos.

La psicóloga Catherine Cottrell, de la Universidad de Florida, y su colega Steven Neuberg, de la de Arizona, sostienen que los prejuicios humanos han evolucionado en función de la vida del grupo. El unirse en grupos permitió a los humanos tener acceso a los recursos necesarios para la supervivencia, como alimentos, agua y refugio. A sus vez, los grupos ofrecen numerosas ventajas, como una mayor facilidad para encontrar pareja, el cuidado de los niños y recibir la protección de los demás. No obstante, también tiene su lado negativo, nos convierte en recelosos con los extraños, ante el peligro de que pudieran dañar al grupo mediante la difusión de una enfermedad, por el daño o la muerte a miembros del grupo, o por el robo de valiosos recursos. Para protegernos a nosotros mismos, hemos desarrollado formas que identifican quién pertenece a nuestro grupo y quién no. Con el tiempo, este proceso de rápida evaluación de los demás  ha llegado a ser tan sutil que se ha vuelto inconsciente.

Los psicólogos saben desde hace tiempo que, muchos de nuestros prejuicios funcionan automáticamente, sin que seamos conscientes de ellos. La mayoría de la gente, incluso aquellos que se preocupan profundamente por la igualdad, muestran un cierto nivel de prejuicio hacia otros grupos en las pruebas con el IAT . A pesar de esta abrumadora evidencia de que nuestros cerebros están diseñados para este sesgo del razonamiento, los prejuicios, nuestra sociedad sigue pensando que los prejuicios son un comportamiento premeditado. Nuestras leyes actuales contra la discriminación, así como la mayoría de los programas de formación para la diversidad, asumen que los prejuicios son manifiestos e intencionales. Rara vez nos enseñan acerca de qué manera los prejuicios automáticos pueden contaminar nuestro comportamiento hacia los demás.

El hecho de que los prejuicios
se produzcan a menudo automáticamente, no significa que no haya manera de superar sus efectos negativos. Por ejemplo, hay pruebas de que cuando las personas se hacen conscientes de sus prejuicios automáticos, pueden corregirse a sí mismos. Y cuando se nos anima a adoptar la perspectiva de un extraño, se reducen nuestros prejuicios automáticos hacia el grupo de pertenencia de esa persona.

Dado que la muchos de los
difíciles conflictos a los que nos enfrentamos en el mundo de hoy provienen del enfrentamiento entre grupos sociales, tiene sentido dedicar tiempo a entender la manera de poder reducir nuestros prejuicios. Pero nuestro pasado evolutivo sugiere que, para ser eficaz, es necesario adoptar un nuevo enfoque. A menudo nos centramos más en los factores políticos, históricos y culturales, que en los patrones subyacentes de pensamiento que alimentan todos los conflictos. Si tenemos en cuenta hasta qué punto los prejuicios están profundamente arraigados en nuestros cerebros, tendremos una mejor oportunidad de encontrar soluciones con las que trabajar a largo plazo, en lugar de dedarnos llevar por esas tendencias naturales.

  • Referencia: ScientificAmerican.com, por Daisy Grewal 5 de abril 2011
  • Daisy Grewal es doctora en psicología social por la Universidad de Yale e investigadora en la Escuela de Medicina de Stanford, donde investiga cómo los estereotipos y prejuicios afectan a las carreras de las mujeres y a  las minoríaslos científicas.

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Editor del blog Pedro Donaire

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