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» » La espiritualidad perdida de E. M. Cioran

Para los que no conozcan Émile Michel Cioran (1911-1995), es uno de los libre-pensadores contemporáneos más profundos. Una persona sensible a toda la revolución de ideas que llevó aparejado el siglo, un ilustrado que miró con sobresalto el nacimiento y la muerte de las ideologías de su tiempo. Cierto que lo etiquetan de pesimista (abstenerse de su lectura personas depresivas); sin embargo, el ahogo por la cultura y su propio devenir dejan entrever a un hombre desengañado y desesperado por no encontrar esa armonía entre el intelecto y la experiencia directa de la vida.

Para quien quiera saber más de su pensamiento, puede ser una buena elección empezar con el "Breviario de podredumbre", editorial Taurus (1988). Encontraréis muchas referencias a este autor en la Red. Para hacer honor al título, más abajo os transcribo dos cortos artículos de este mismo libro.


La soledad, cisma del corazón

Estamos abocados a la perdición siempre que la vida no se revela como un milagro, siempre que el instante no gime ya bajo un escalofrío sobrenatural. ¿Cómo renovar esta sensación de plenitud, estos segundos de delirio, estos relámpagos volcánicos, estos prodigio de fervor que rebajan a Dios a simple accidente de nuestra arcilla? ¿Por medio de qué subterfugio revivir esta fulguración en la cual incluso la musica nos parece superficial, como el desecho de nuestro órgano interior?

No está en nuestra mano el lograr que vuelvan los arrebatos que nos hacían coincidir con el comienzo del movimiento, convirtiéndonos en dueños del primer momento del tiempo y artesanos repentinos de la Creación. De ésta no percibimos ya más que el despojamiento, la realidad lúgubre: vivimos para desaprender el éxtasis. Y no es el milagro lo que termina nuestra tradición y nuestra sustancia, sino el vacío de un universo privado de sus llamas, ahogado en sus propias ausencias, objeto exclusivo de nuestra rumia: un universo solitario ante un corazón solitario, predestinados, uno y otro, a desgarrarse, y a exasperarse en la antítesis. Cuando la soledad se acentúa hasta el punto de constituir no tanto nuestro dato como nuestra única fe, cesamos de ser solidarios con el todo: heréticos de la existencia, somos excluidos de la comunidad de los vivientes, cuya sola virtud es esperar, anhelantes, algo que no sea la muerte. Pero, liberados de la fascinación de esta espera, expulsados del ecumenismo de la ilusión, somos la secta más herética, pues nuestra misma alma ha nacido en la herejía.
«Cuando el alma está en estado de gracia, su belleza es tan sublime y admirable que sobrepasa incomparablemente todo lo que hay de hermoso en la naturaleza, y encanta los ojos de Dios y de los Angeles»
--Ignacio de Loyola.
He intentado establecerme en alguna gracia; he querido liquidar las interrogaciones y desaparecer en una luz ignorante, en cualquier luz desdeñosa del intelecto. Pero, ¿cómo alcanzar el suspiro de felicidad superior a los problemas, cuando ninguna «belleza» te ilumina, y Dios y los Ángeles están ciegos?

Antes, cuando Santa Teresa, patrona de España y de tu alma, te prescribía un trayecto de tentaciones y de vértigos, el abismo trascendente te maravillaba como una caída en los cielos. Pero esos cielos se han desvanecido -como las tentaciones y los vértigos- y, en el corazón frío, se han apagado para siempre las fiebres de Ávila.

¿Por qué rareza de la suerte, ciertos seres, llegados al punto en el que podrían coincidir con una fe, retroceden para seguir un camino que no les lleva más que a ellos mismos y por tanto a ninguna parte? ¿Es por miedo por lo que, una vez instalados en la gracia, pierden sus virtudes claras? Cada hombre es un místico que se rehusa: la tierra está poblada de gracias fallidas y de misterios pisoteados.

Los pobres de espíritu

Observad con qué acento un hombre pronuncia la palabra «verdad», la inflexión de seguridad o de reserva que pone en ella, el aspecto de credulidad o duda, y os informaréis sobre la naturaleza de sus opiniones y la calidad de su espíritu. No hay vocablo más vacío; sin embargo, los hombres se hacen de él un ídolo y convierten el sinsentido a la vez en criterio y meta del pensamiento. Esta superstición -que excusa al vulgo y descalifica al filósofo- resulta de la invasión de la esperanza en la lógica. Se os repite: la verdad es inaccesible; sin embargo, es preciso buscarla, tender a ella, afanarse por ella. He aquí una restricción que en nada os separa de los que afirman haberla encontrado: lo importante es creer que es posible: poseerla o aspirar a ella son dos actos que proceden de una misma actitud. de una u otra palabra, se hace una excepción: ¡terrible usurpación de lenguaje!

Llamo pobre de espíritu a todo hombre que habla de la Verdad con convicción: es que tiene mayúsculas en reserva, y se sirve ingenuamente de ellas, sin fraude ni desprecio. En lo que respecta al filósofo, la menor complacencia con esta idolatría le desenmascara: el ciudadano ha triunfado en él sobre el solitario. La esperanza que emerge de un pensamiento entristece o hace sonreir ... Hay una especie de indecencia en poner demasiada alma en las grandes palabras: el infantilismo de todo entusiasmo por el conocimiento ... Ya es hora de que la filosofía, lanzando el descrédito sobre la Verdad, se libere de todas las mayúsculas.

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Editor del blog Pedro Donaire

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