Cualquier diccionario de sinónimos medianamente decente te ofrecerá una larga lista de sinónimos al vocablo miedo, y ninguno será muy tranquilizador. Nadie confundirá tener los pelos de punta con estar aterrorizado. Es extraño que tengamos tantas palabras para miedo, cuando el miedo es un unitario, un sentimiento primordial. Tal vez todos los sinónimos sean una invención lingüística. Quizá, si miramos dentro de nuestros cerebros, sólo encontremos un miedo simple y llano.
Esto es, sin duda, cómo las cosas parecían a principios de 1900, cuando los científicos empezaron a estudiar cómo llegamos a tener tanto miedo de las cosas. Se basaban en los clásicos experimentos de Ivan Pavlov con los perros, en los que Pavlov hacía sonar una campana antes de dar alimento a sus perros. Estos aprendieron a asociar la campana con la comida y empezaron a salivar por la anticipación. Los psicólogos llevaron a cabo experimentos para ver si el mismo tipo de aprendizaje también podía infundir miedo. El supuesto implícito era que el miedo, como el hambre, fue una simple respuesta provocada.
En uno de los más famosos (e infames) de estos experimentos, el psicólogo estadounidense John Watson decidió ver si podía enseñar a un niño de 11 meses de edad, llamado Albert, a asustarse de cosas arbitrarias. Él le presentaba a Albert una rata, y cada vez que el bebé se disponía a tocarla, Watson golpeaba una barra de acero con un martillo, produciendo un ruido espantoso. Después de varias rondas con la rata y la barra, Watson representaba a la rata por su cuenta. "En el momento en que mostraba a la rata, el bebé comenzaba a llorar", escribió Watson en su informe en 1920. "Casi al instante se reincorporaba sobre su lado izquierdo, y a cuatro patas comenzaba a gatear con tanta rapidez que había que atraparlo con dificultad antes de que llegara al borde de la mesa".
El estudio del "pequeño Albert", además de ser cruel, estuvo mal diseñado. Watson no controlaba el descarte de una amplia gama de interpretaciones posibles. En décadas posteriores, otros científicos hicieron estudios sobre el miedo mucho más rigurosos, en muchos casos recurriendo a las ratas en lugar de personas como sujetos de la prueba. En un típico experimento, la rata era colocada en una jaula con una luz. Al principio, la luz se encendía un par de veces para que el animal pudiese acostumbrarse a ella. Después, cuando encendían la luz le daban a las ratas una pequeña descarga eléctrica. Después de unas cuantas rondas, las ratas respondían con miedo a la luz, aun cuando no hubiese descarga.
Otros estudios revelaron que la amígdala, una especie de racimo de neuronas con forma de almendra, en lo profundo del cerebro, juega un papel fundamental en la respuesta asociada de temor de las ratas. Descubrieron que la amígdala instrumentaba el miedo humano. La vista de un arma cargada, por ejemplo, desencadena una actividad en esta parte del cerebro. Las personas con la amígdala dañada habían atenuado sus respuestas emocionales y no aprendían a temer cosas nuevas a través de la asociación. La ciencia parecía haber identificado el nexo del miedo.
Aunque esta línea de investigación dio algunas ideas importantes, tenía una falla evidente. En el mundo real, las ratas no se pasan la vida en unas jaulas esperando que se enciendan las luces, estos experimentos no reflejan el complejo papel que juega el miedo en la vida de una rata salvaje.
En la década de los 1980, Caroline y Robert Blanchard, trabajando juntos en la Universidad de Hawai, llevaron a cabo un estudio pionero sobre la historia natural del miedo. Ellos colocaron ratas silvestres en jaulas y luego, gradualmente, fueron acercando unos gatos hacia ellas. En cada etapa, se observa con cuidado cómo van reaccionando las ratas. Los Blanchard se encontraron que, las ratas respondían a cada tipo de amenaza con un conjunto distinto de comportamientos.
El primer tipo de comportamiento es la reacción a una amenaza potencial, en la que un depredador no es visible, pero hay buenas razones para preocuparse ya que podría estar cerca. Una rata puede entrar en un prado que se ve libre de depredadores, por ejemplo, pero que apesta a orina fresca de gato. En tal caso, la rata explorará con cautela la pradera, evaluando el riesgo de quedarse allí. Un segundo tipo más concreto de amenaza, surge cuando la rata ve a un gato al otro lado de la pradera. La rata se paraliza y luego toma una decisión sobre qué hacer a continuación. Puede escabullirse, o permanecer inmóvil con la esperanza de que el gato se aleje sin darse cuenta. Por último, la amenaza más activa: El gato observa, nota algo, y camina hacia la rata para investigar. En este punto, la rata huye si tiene una ruta de escape. Si el gato se acerca, la rata elige luchar o correr por su vida.
Dean Mobbs, neurocientífico del Consejo de Investigación Médica en Cambridge, Inglaterra, se preguntaba si las respuestas de miedo de los seres humanos también pasaba por varias etapas. Como no estaban dispuestos a enviar personas a una pradera infestada de tigres, se les ocurrió una inteligente alternativa: programaron un videojuego con temas de supervivencia que los sujetos debían jugar mientras estaban recostados en un escáner fMRI. El juego es similar al Pac-Man. Te ves a ti mismo en un un laberinto triangular y presionas las teclas para maniobrar a través de él. En algún momento aparece un círculo. Esto es un depredador virtual, guiado por un programa de inteligencia artificial que te busca. Si el depredador te captura, recibes una pequeña descarga eléctrica en la parte posterior de tu mano.
Este depredador, y engañosamente minimalista juego de presa, provoca algunos sentimientos muy intensos. Mobbs midió la conductividad de la piel de sus jugadores engañándolos con un dispositivo similar a un detector de mentiras. Se encontró que cuando el depredador estaba dirigiéndose hacia los jugadores, a menudo experimentaban los mismos cambios en su piel que los observados en las personas con ataques de pánico. Mobbs desató dos tipos de depredadores sobre sus jugadores, uno inexperto del que era fácil de escapar, y otro más inteligente que lo más probable era que capturara a su víctima. Cuando los jugadores eran perseguidos por los mejores depredadores, mostraban una respuesta más fuerte de pánico en su piel, y se estrellaban contra las paredes del laberinto con más frecuencia.
Entre tanto, los cambios iban sucediéndose dentro de los cerebros de los jugadores. Los depredadores primero aparecían al otro lado del laberinto. Aunque ellos se mantenían a distancia, las mismas regiones cerebrales tendían a activarse en los jugadores, una red que incluye partes de la amígdala, así como otras estructuras de la parte frontal del cerebro. Pero cuando el depredador se acercaba, esas regiones del cerebro se cerraban y una red de regiones del cerebro medio, que hasta ahora estaban tranquilas, comenzaban a activarse.
Los resultados de Mobbs encaja muy bien no sólo con el trabajo de los Blanchard, sino también con algunos otros, los estudios más recientes de la neurología de la rata. Por ejemplo, una de las regiones del cerebro medio que observaron que se activaba en los humanos, cuando un "depredador" estaba cerca de la zona llamada la sustancia gris periacueductal. Esta área mostró una mayor actividad en las personas que se estrellaban con las paredes con más frecuencia, dando una más fuerte evidencia del importante papel que desempeña en el pánico. Los investigadores han estudiado la anatomía del miedo más directamente en las ratas, a través de la manipulación de las diferentes áreas del cerebro de rata, y han sido capaces de alterar las partes de la secuencia de comportamiento estándar que impulsa el miedo. Cuando los neurocientíficos ponen electrodos en la región gris periacueductal del cerebro de la rata, y estimulan las neuronas de allí, las criaturas de inmediato comenzaron a correr y saltar sin control.
Los nuevos resultados sugieren que el miedo no es una sola cosa después de todo; más bien, es un compleja y siempre cambiante estrategia de los cerebros de mamíferos para hacer frente al peligro. Cuando un depredador está situado a distancia, su presa, ya sea rata o humano, activa la red frontal cerebral [prosencéfalo]. Esta red prepara al cuerpo, aumentando los latidos del corazón y lo preparan para la acción rápida. Al mismo tiempo, esta red agudiza la atención del cerebro con el mundo exterior, evaluando las amenazas, hciendo un seguimiento de los cambios más sutiles, y acelerando la búsqueda de posibles respuestas. Otro trabajo importante que realiza es, mantener la red media cerebral [mesencéfalo] cerrada, para que en lugar de huir a toda velocidad, la presa aún se mantenga inmóvil en el sitio. A medida que el depredador se acerca, sin embargo, el prosencéfalo suelta su control sobre el mesencéfalo. A partir de que el cerebro medio se activa, se orquesta una poderosa y rápida respuesta: luchar o huir. Simultáneamente, se apaga el más lento y deliberativo prosencéfalo. Este no es momento para pensar.
Puede ser inquietante descubrir que nuestro cerebro trabaja como el de una rata. Pero la amígdala y la sustancia gris periacueductal son partes primitivas del cerebro, que se remontan a cientos de millones de años. Nuestros pequeños antepasados homínidos, probablemente, reaccionaban a los tipos de amenazas tal como lo hacen hoy los babuinos de los leopardos, las águilas y otros predadores. Incluso después de que se desarrollara la capacidad de utilizar las armas y se convirtieran ellos mismos en depredadores, este circuito cerebral primitivo aún ofrecía una defensa útil contra los miembros de nuestra propia especie.
Lamentablemente, nuestros exquisitamente sofisticados cerebros pueden hacer que este circuito depredador de defensa sea vulnerable y tenga fallos. En lugar de vigilar las amenazas enfrente nuestra, también podemos imaginar que las amenazas no existen. Alimentando esta imaginación en el sistema de alerta temprana se puede conducir a una ansiedad crónica invalidante. En otros casos, las personas no son capaces de mantener las regiones gris periacueductal y otras regiones del cerebro medio bajo control. Conforme percibimos a los depredadores cada vez más cerca, nuestro cerebro suele hacer un cambio desde el cerebro anterior a las regiones del cerebro medio. Las personas que sufren trastornos de pánico pueden malinterpretar las amenazas, viéndolas más inminentes de lo que realmente son.
Para probar estas posibilidades, Mobbs y sus colegas están empezando a estudiar a las personas que sufren de trastornos relacionados con el miedo, como en el juego de depredadores. Dicho trabajo tratará de descubrir la distinción biológica entre la angustia y el sumo nerviosismo, lo que podrá mostrar en la medida de lo posible el poder entendernos a nosotros mismos y dominar nuestros demonios internos, a la vez que apreciar las muchas dimensiones del miedo.
.20/02/2010.