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» » ¿Cómo influyen nuestras sensaciones del mundo en el razonamiento, el juicio social y la percepción? (2)


Manos limpias, corazón puro
El cuerpo desempeña un papel igualmente importante en el razonamiento acerca de abstracciones. Consideremos, por ejemplo, la asociación entre la limpieza física y pureza moral, en una relación que Lady Macbeth, de Shakespeare, se sentía tan desesperada mientras intentaba limpiar sus pecados. En 2006, un estudio de los psicólogos Chen-Bo Zhong, de la Universidad de Toronto, y Katie Liljenquist, de la Universidad Northwestern, dieron a los participantes en su investigación las mismas oportunidades (aunque en circunstancias menos criminales). En primer lugar, les pidió recordar actos éticos o no éticos, a continuación, una tarea de completar palabras sin aparente relación. Los que rememoraron conductas no éticas tuvieron más tendencia que los que habían evocado conductas éticas para generar palabras relacionadas con la limpieza, como "lavar" y "jabón", en lugar de palabras como "deseo" y "paso". En este experimento, el 75 por ciento de las personas que había recordado los hechos no éticos seleccionaron un paño antiséptico (en lugar de un lápiz) como regalo de despedida, en comparación con sólo el 37,5 por ciento que recordaron hechos éticos.

A la vista está que, la asociación de la psique humana vinculando la limpieza física y pureza moral desafía la lógica, cualquier persona racional sabe que una pastilla de jabón no exime del delito; aunque, claramente, el vínculo es muy profundo. Los rituales de purificación con agua, por ejemplo, forman parte de la mayoría de las grandes religiones del mundo. Zhong y Liljenquist, especulan que la conexión puede deberse en parte a una necesidad cognitiva básica que enraíza cualidades abstractas de la experiencia corporal, y en parte por la repulsión implicada hacia los alimentos impuros. Algunos investigadores creen que, esa repulsa primaria, se ha extendido hasta asumir un más amplio significado cultural, de modo que las violaciones morales plantean el mismo tipo de amenaza que la impureza física.

La presencia de esta conexión resulta evidente en el lenguaje que usamos para describir violaciones morales, hablamos de guardar sucios secretos y anhelamos tener una conciencia limpia.  Nuestro lenguaje sugiere, además, que la cognición moral está estrechamente ligada a partes específicas del cuerpo responsables de la transgresión ética, por ejemplo, la boca que blasfema o las manos que tantean. "En el lenguaje natural, cuando la gente perjura, se dice que tienen la boca sucia", observa Spike (Wing Sing) Lee, estudiante graduad de psicología en la Universidad de Michigan en Ann Arbor. "Si alguien roba algo, podríamos decir que tiene los dedos pegajosos."

La particularidad de tales expresiones llevó a Lee, y al psicólogo Norbert Schwarz, también de Ann Arbor, a preguntarse si la gente proyecta los comportamientos inmorales sobre partes específicas del cuerpo. En un estudio en 2010, se pidió a los participantes que jugaran en un escenario de rol que requería contar una mentira malévola utilizando el correo de voz o el correo electrónico, entonces se calificaba la conveniencia de varios productos de consumo. Lee y Schwarz, encontraron que la gente calificó más alto un desinfectante para las manos después de la mentira a través del correo electrónico, más que por correo de voz, y calificó más alto un enjuague bucal después de la mentira por correo de voz, más que por correo electrónico. Así pues, la gente parecía tener una subconsciente conexión verbal entre una parte de su cuerpo y un tipo específico de hecho desagradable.

Así como el razonamiento moral se basa, aparentemente de forma ilógica, en la sensación corporal y la acción, también lo hace nuestro concepto del tiempo. En el estudio de 2010, se usaron sensores de movimiento para detectar pequeños movimientos, la psicólogo Lynden Miles, de la Universidad de Aberdeen en Escocia, y sus colegas, comprobaron que pensar en el pasado originaba que la gente oscilara unos dos milímetros hacia atrás, en tanto que pensar en el futuro les causaba, imperceptiblemente, una oscilación hacia adelante.

Otra investigación muestra que la gente piensa en el tiempo como el espacio físico que ocupan, con el pasado a la izquierda y el futuro a la derecha, un hallazgo muy coherente con el hecho de que en las culturas occidentales se escribe de izquierda a derecha. En otro estudio psicológico de 2010, Gün Semin de la Universidad de Utrecht, en los Países Bajos, descubrió que la misma asociación izquierda-derecha se infiltra, no sólo en nuestro sentido de vista espacial, sino también nuestro oído. Los participantes se pusieron los auriculares para escuchar palabras relacionadas con el tiempo, como "ayer" o "mañana", junto con palabras neutras como "idéntico" o "cerrado". Los experimentadores les dijeron que informaran si la palabra presentada era más sonora en su oído izquierdo o en el derecho. Las palabras se presentaron con igual volumen para ambos oídos, sin embargo, los oyentes percibían las palabras relacionadas con el pasado como más fuertes en el oído izquierdo y las relacionadas con el futuro como más fuertes en el oído derecho.

Existe la noción de que procesamos el tiempo fluyendo de izquierda a derecha en nuestros oídos y en nuestros ojos, "¡es alucinante!", exclamó Semin. "Superficialmente, no hay ninguna razón para que esto suceda"; sin embargo, se especula que, la experiencia cultural de la escritura de izquierda a derecha, de alguna manera influye en nuestra arquitectura cerebral, así que el cerebro representa el pasado en su hemisferio derecho, que toma la entrada desde el ojo y oído izquierdo, desde ese lado del cuerpo, y el futuro lo representa en su mitad izquierda, que interpreta los estímulos sensoriales del mundo físico desde su mitad derecha.

Tomando Medidas
Incluso la simple percepción visual es susceptible a los avatares del cuerpo. En un estudio realizado en 2008, por ejemplo, los psicólogos Dennis Proffitt, de la Universidad de Virginia, y Jessica Witt, de la Universidad de Purdue, hallaron que los participantes consideraban los objetos inalcanzables, como más cercanos, cuando se les decía que podían usar un bastón de 39 centímetros para alcanzarlos, en comparación con los participantes que no tenían bastón.

¿Por qué el simple hecho de tener una herramienta con la que llegar a los objetos nos hace parecer que están más cerca? Proffitt sostiene que, cuando se ve una acción y la intención es alcanzarlo, la medida de alcance del cuerpo es su "límite de acción", o sea, el límite de su potencial de acción. Contar con una herramienta que extiende el alcance, nos permite simular mentalmente con esa herramienta de mayor alcance. Esto hace que el límite de acción cambie, por lo que se percibe el objetivo más cercano. "La única vara de medir que realmente tenemos es el cuerpo, y eso es lo que hacemos, para medir nuestro medio ambiente utilizamos nuestros cuerpos", explica Proffitt.

Para considerar una distancia se requiere realmente que un individuo simule el acto de atravesar esa distancia. En un segundo experimento, Proffitt y Witt, dieron a los participantes un bastón para llegar a unos objetos a media distancia, pero les pidió que apretaran una pelota de goma con la mano, mientras consideraban sus valores sobre la distancia. Resultó que la pelota comprimida le hacía percibir los objetos como si estuviesen más lejos que aquellos que no tenían la pelota, lo que indica que la compresión de la bola había interferido en su capacidad mental para simular una acción de alcance diferente.

Comportamiento
Si los estados corporales se infiltran en la cognición con tanta frecuencia, ¿por qué no somos tan conscientes de este fenómeno? ¿Cómo es posible que la temperatura de una habitación pueda afectar a lo que siento por mi compañía, o que la dureza de la silla pueda afectar a mi capacidad de negociación, o que un olor desagradable pueda provocar el comportarme inmoralmente, y todo ello sin mi conocimiento? A veces nuestras sensaciones físicas y movimientos son, probablemente, demasiado fugaces o triviales para que nos demos cuenta de que afectan a nuestra vida mental. Otras veces, nuestro fracaso en reconocer la conexión entre ambos procesos puede surgir por el simple hecho de que parece absurdo. Si tengo que sentarme en una silla dura para una negociación salarial, puede que esté incómodo, pero es poco probable que preste mucha atención a mi malestar, centrado como estoy en la negociación. En estas circunstancias, si dirijo un duro negocio, es poco probable que me fije en la silla.

Sin embargo, el peso y la extensión de los datos sobre la cognición corpórea sugieren que, realizar algunos ajustes sutiles en nuestras acciones o en nuestro entorno físico podrían provocar grandes recompensas. El psicólogo John Bargh, de la Universidad de Yale, y sus colegas de investigación, muestran, por ejemplo, que las texturas ásperas tienden a convertirse en ásperas interacciones sociales, y que el tocar objetos duros nos lleva a juzgar a los demás con más rigidez. Entonces, ¿Si nos rodeáramos con texturas suaves y blandas nos ayudaría a suavizar nuestras relaciones personales? Si decido tomar un café caliente en lugar de una Coca-Cola con un nuevo conocido, ¿llegaré a sentirme más de forma más cálida con esa persona? ¿Si pulverizo mi casa con un limpiador, con las mejores fragancias me ayudará a cumplir con mis ideales de caridad? Las teorías sobre la cognición corpórea indican que los ajustes ambientales, junto con una atención que esté relacionada con la forma en que llevamos a cabo o disponemos nuestros cuerpos, pueden crear una diferencia sorprendente en nuestra vida mental y emocional.

Dicha cognición también podría tener implicaciones importantes para la educación. Se sabe que la gesticulación, al tiempo que se hacen problemas de matemáticas, ayuda a los niños a aprender y retener lo que han aprendido [ver "Hands in the Air", de Susan Goldin-Meadow, en la revista Scientific American Mind, de septiembre/octubre de 2010]. La acción física es igualmente valiosa para que los niños aprendan a leer. En una serie de estudios recientes, Glenberg y sus colegas, comprobaron que los niños de primaria, al leer, manipulaban juguetes o imágenes en una pantalla de ordenador, para simular la acción en lo que están leyendo, demostrando una mejor comprensión de la lectura y un mayor crecimiento de vocabulario.

Basándose en estos hallazgos, el equipo de Glenberg aprendió que la acción simulada ayuda a los niños a resolver problemas de matemáticas de manera más eficiente. En cierto escenario, los niños leen la narración de un problema incolucrando los movimientos de un robot y se pide calcular el número total de pasos que dio el robot. En el texto también se proporciona información numérica irrelevante, tal como el número de personas que saludaron al robot. El estudio encontró que, los niños que recibieron instrucciones para manipular físicamente las imágenes en una pantalla de ordenador, procurando imitar las acciones del robot, estaban mejor preparados para ignorar la información irrelevante. Es más, después de conocer el procedimiento físico de la manipulación para su aprendizaje, los niños obtenían los mismos beneficios con sólo imaginar cómo se movían las imágenes para simular la acción de la narración, una técnica que puede ser más práctica en las aulas, donde probablemente falte el soporte necesario para cada narración.

"La idea de que la comprensión del lenguaje requiere de simulación es algo que no se enseña", señala Glenberg. "Confiamos que los niños den este salto de la palabra escrita a la simulación, pero algunos niños no dan ese paso, sólo dicen palabras". Enseñar a los niños a simular la acción durante la lectura, dice, puede dar ese empujón a los que luchan por mantenerse al día con sus compañeros.

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Editor del blog Pedro Donaire

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