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» » ¿Cómo influyen nuestras sensaciones del mundo en el razonamiento, el juicio social y la percepción? (1)

Las sensaciones fugaces y los movimientos del cuerpo tienen una gran influencia sobre lo que sentimos y cómo pensamos. ¿Por qué observamos a los que respetamos, nos rebajamos al nivel de aquellos a los que despreciamos o pensamos gustosamente sobre los que amamos? ¿Por qué ocultamos secretos sucios o nos lavamos las manos ante las preocupaciones? ¿Por qué al reflexionar sobre temas de peso y haber tomado una decisión, sentimos después una carga? ¿Por qué mirar hacia atrás, hacia el pasado o hacia el futuro?

Estos giros oratorios invocan una realidad física que descansa en conceptos intangibles y pueden parecer vuelos lingüísticos de fantasía. Pero en investigaciones recientes se indica que las metáforas aunan el cuerpo y la mente y reflejan la forma en que pensamos: que la mente utiliza el cuerpo para dar sentido a los conceptos abstractos. Por lo tanto, las sensaciones y acciones aparentemente triviales, como el imitar una sonrisa, fruncir el entrecejo, el asentir con la cabeza o levantar el pulgar, pueden influir en los procesos psicológicos de alto nivel como el juicio social, la comprensión del lenguaje, la percepción visual e incluso el razonar sobre nociones insustanciales como el tiempo.

Las consecuencias parecen disparatadas. ¿Tomar un café caliente me hará ver a los demás de forma más cálida? Entrar en una habitación perfumada propiciará un buen comportamiento en mí? ¿Tener buena memoria cuando se responde a una encuesta le dará a los temas mayor seriedad? Por descabellado que nos parezca, la evidencia de una cognición "corpórea" o "enraizada" es persuasiva. "La evidencia empírica es cada vez más abrumadora", señala el psicólogo Lawrence Barsalou, de la Universidad de Emory. "La cognición emerge desde todas estas cosas, como el calor, la limpieza y la importancia, que antes pensábamos irrelevantes para la cognición".

En dichas investigaciones se sugiere, por ejemplo, que la flexión de los músculos faciales no sólo refleja nuestras emociones, sino que es necesario para nosotros experimentarlas. Con aparente menos lógica, nuestra mente asocia la moral con la limpieza, en una conexión que pone de relieve hasta qué punto nuestro proceso de abstracciones cuelga desesperadamente de los atributos físicos. Y aún más chocante, las personas se representan conceptos de pasado y futuro en un código corporal que incluye la dirección del movimiento y la percepción del espacio. Nuestro concepto del espacio en sí mismo, depende de las simulaciones mentales que hacemos de los movimientos necesarios para atravesar una distancia.

Estas extrañas interacciones implican que nuestros cerebros realmente no diferencian entre nuestra interfaz física, junto con el medio ambiente y el pensamiento abstracto de alto nivel. La idea de que la mente está anclada a las acciones del cuerpo y su entorno "nos ofrece la mejor manera de entender cómo trabaja la gente, sobre nuestro comportamiento social, nuestra vida emocional y nuestra vida cognitiva", observa el psicólogo Arthur Glenberg, de la Universidad Estatal de Arizona. De hecho, armados con esta nueva concepción de cómo funciona el pensamiento, podemos lograr comprender nuestros propios sentimientos, opiniones y acciones, mirando más allá de nuestras mentes y nuestros cuerpos, y observando el mundo que nos rodea. Esta perspectiva apunta hacia las acciones que pueden cambiar nuestra forma de pensar y aprender.

Desafiando los dogmas
Desde la década de 1960, la mayoría de los científicos cognitivos han comparado los mecanismos neuronales responsables de la cognición superior en un ordenador autónomo, separando las áreas del cerebro responsables de la sensación corporal y de las de la acción. Según esta idea, el cerebro recibe información sobre los lugares, olores, sonidos, etc., de los sistemas sensoriales y motores del cuerpo, y después convierte esos datos en símbolos y reglas sin relación con el cuerpo, semejante en gran parte, a la forma en que un ordenador convierte cada pieza de información, por ejemplo, el color rojo, una foto o una palabra, en ceros y unos. Sobre estos símbolos, despojados de su origen natural y físico, el cerebro realiza numerosos y complejos cálculos cuya resultante es lo que llamamos pensamiento.

A finales de la década de 1980, sin embargo, algunos científicos cuestionaron la visión de que el cuerpo es sólo un dispositivo de entrada-salida para el cerebro. Proponiendo en su lugar que, los procesos cognitivos superiores se basan en la experiencia corporal y en los sistemas neuronales que gobiernan el cuerpo. Desde este punto de vista, los circuitos motores y de bajo nivel sensorial no sólo se alimentan de la cognición, sino que son la cognición.

En aquel tiempo la idea tuvo poco respaldo científico. "Parecía completamente ridículo y la gente no se lo tomó en serio", recuerda Barsalou. Pero a finales de la década de1990, las pruebas comenzaron a acumularse. Sólo en los últimos años, los estudios han demostrado que con una taza de café caliente o el estar en una confortable habitación con calefacción influye en los sentimientos de calidez de una persona hacia los extraños; que un abierto conflicto, empuja a la gente a tomar decisiones más audaces; que usar un mochila pesada hace que uno mire las colinas como más empinadas; que el agua de la botella se ve más cercana cuando tienes sed; que el movimiento de los objetos que suben frente a los que bajan se recuerden respectivamente como positivos o negativos en la memoria, y que sentarse en una silla dura vuelva suave los modales de los estudiantes y obstinados a los negociadores.

Que la mente depende fuertemente de la información del cuerpo no debiera sorprendernos. Después de todo, el cuerpo es nuestra más real atadura con el mundo, todo el conocimiento que se adquiere, se obtiene a través de los sentidos. Este vínculo tan estrecho entre el cuerpo y el pensamiento también cobra sentido desde una perspectiva evolutiva. Durante millones de años, nuestra capacidad cognitiva se ha ido incrementando paralelamente con el sistema neuronal implicado en tareas físicas más simples, tales como la detección visual o la navegación espacial.

Según esta visión, pensar es revivir: no puedo reflexionar sobre el viaje del verano pasado al Gran Cañón, sin hacer participar algunas de las células del mismo cerebro que grabó esa vista de sus majestuosas paredes. No puedo procesar la trama de una novela sin simular las sensaciones que el texto describe, ni juzgar la altura de una colina por delante de mí sin escalarla mentalmente. "El cerebro simula la experiencia real a fin de dar sentido al mundo", explica Barsalou.

Recomposición facial
Cualquiera que haya sudado una entrevista de trabajo o haya cerrado el puño con ira sabe que vivir una experiencia emocional es un evento fisiológico. Este fenómeno se refleja en las expresiones idiomáticas que utilizamos para describir nuestros sentimientos: un corazón hundido, el estómago que da vueltas, dar saltos de alegría ... "Los estados emocionales se asocian con una tendencia a la acción", dice la psicóloga Paula Niedenthal, de la Universidad Blaise Pascal de Francia.

Además de los sistemas fisiológicos que regulan la frecuencia cardíaca, la sudoración y el movimiento del cuerpo, la activación de las emociones implica la activación aproximadamente de unos 20 músculos de la cara que controlan la expresión emocional. Este plantea la cuestión de la forma en que la fisiología periférica afecta al pensamiento: ¿Cambiar la configuración de los músculos faciales de una persona, afectaría al modo en que esa persona piensa sobre la emoción?

Los resultados de un estudio ya clásico, dirigido por el psicólogo Fritz Strack, ahora en la Universidad de Würzburg, en Alemania, muestran que el simple acto de crear una expresión facial afecta a cómo nos sentimos y cómo interpretar la información emocional. Strack y sus colegas, encontraron que los expertos dibujantes de Far Side saben que es más divertido cuando se sostiene un lápiz entre los dientes, sin permitir que toque los labios (una pose que activa los músculos utilizados para sonreír), que cuando se sostiene un lápiz entre sus labios (lo que impide sonreír). Los resultados indican que la cara envía información importante al cerebro, y que éste utiliza para interpretar información sobre el mundo.

Muchos investigadores, incluyendo Niedenthal, creen que el cerebro no puede pensar enteramente la emoción, sin volver a representar, o simular físicamente, ese sentimiento. En un estudio de 2009, donde ella y sus colegas utilizaron la electromiografía para medir la actividad de los músculos faciales, descubrieron que la lectura de palabras emocionales, mientras consideraban su significado, activaba la misma sutil actividad muscular que la gente muestra cuando experimenta esas emociones. Las palabras que suelen evocar repulsa, como "vómito" y "mal", estimulaban una mayor actividad de los músculos faciales que participaban en la mueca del labio superior, arrugando la nariz y frunciendo el ceño. Palabras que denotan enojo, como "asesinato" y "furioso", también provocaron la actividad del músculo que frunce el sobrecejo. Y las palabras que connotan alegría, como "sonrisa" y "encantado", provocaban que los músculos responsables elevaran las mejillas y arrugaran los ojos en la sonrisa.

En otras palabras, los investigadores concluyeron que, cuando la gente razonó sobre los conceptos emocionales les causó simular una experiencia corporal de la emoción, una evidencia de que el razonamiento y la actividad muscular están relacionados. "Si alguien me pide que vaya a ver una película de terror," comenta Niedenthal, "puedo re-experimentar la sensación de miedo que he tenido otras veces al ver películas así, y decidir si es una experiencia que deseo buscar o evitar. De lo contrario, ¿cómo podría saberlo?"

¿Qué sucede cuando la capacidad de las personas para simular determinadas expresiones emocionales se bloquea? En el año 2009, el neurólogo Bernhard Haslinger y sus colegas, de la Universidad de Tecnología de Munich, inyectaron a los participantes Botox en la frente, paralizando temporalmente los músculos responsables de fruncir el ceño. El tratamiento enmudeció la actividad de la amígdala, un centro clave de la emoción, cuando los participantes intentaban imitar expresiones infelices, pero no así con las expresiones felices. Estos resultados sugieren que, al impedir la actividad muscular, el tratamiento de Botox atascó de alguna manera los circuitos neuronales necesarios para procesar plenamente las emociones negativas. Un estudio de 2010, dirigido por Glenberg y el estudiante graduado David Havas, de la Universidad de Wisconsin-Madison, refuerza esta conclusión, demostrando que los participantes que se sometieron al tratamiento de Botox para el fruncimiento del entrecejo, posteriormente fueron más lentos para comprender frases tristes o enojadas, pero no las felices.


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