Ads-728

Ads-728

Psicología

Astrofísica

Genética

Neurociencia

» » » Ha llegado la revolución en la nutrición

Desde hace ya bastante tiempo, las organizaciones e instituciones sanitarias, intentan corregir los malos hábitos alimenticios, responsables en gran medida de numerosos problemas de salud que están llegando a ser realmente preocupantes. Estos problemas a los que me refiero son los derivados de la vida moderna y, dentro de ese concepto de modernidad, adquiere un papel de gran relevancia la nutrición actual. La obesidad, las enfermedades cardiovasculares y el cáncer, van in crescendo, a pesar de los esfuerzos de las organizaciones sanitarias y las campañas que abogan por dietas equilibradas y demás recomendaciones.

La cuestión, pese a todas estas recomendaciones, es que estas enfermedades siguen extendiéndose, por lo que se puede decir que no surten efecto, pero, ¿a qué se debe? Lo primero que se nos viene a la cabeza, puede ser que no cumplimos con las recomendaciones dietéticas y que todavía mucha gente tiene malos hábitos alimenticios. El caso es que todo esto es una verdad a medias, según veremos a continuación, estas recomendaciones no parecen ir por el buen camino de lo más “saludable” para el cuerpo humano, sino más bien, se dejan llevar por los intereses económicos y errores científicos asumidos en el pasado, y desde entonces, difíciles de cambiar, dada la estandarización a nivel global.

Las dietas que normalmente nos proponen siguen unas premisas bien conocidas por todos: disminuir las grasas, especialmente las grasas de origen animal (saturadas), pues se les atribuye los problemas de colesterol, y aumentar el consumo de vegetales, cereales, frutas y lácteos, ricos en hidratos de carbono complejos, bajos en grasa y comedidos en proteínas. Por lo tanto, los alimentos a evitar o reducir su consumo (según tales recomendaciones), serían las carnes rojas, huevos y grasas animales como la mantequilla, dicho de otra manera, los alimentos de origen animal. Suponemos que las grasas animales son las responsables de la cantidad de colesterol en sangre, pero, tampoco podemos estar tan seguros de ello, debido a que la cuestión es mucho más compleja y no basta con echar la culpa a las grasas y quedarnos tan tranquilos, de hecho, hay mucha gente que sin comer apenas los alimentos antes mencionados siguen presentando un alto riesgo de enfermedades coronarias y obesidad.

Como decía, el problema es bastante complejo y requeriría de una amplia explicación y de la inclusión de muchos tecnicismos pero voy a intentar  lo más sintético y conciso posible, para dejar las cosas claras e ir directo al grano:

Si echamos una mirada a las sociedades pre-agrícolas, podremos darnos cuenta que no consumían ni cereales, ni legumbres y la mayor parte de su energía provenía de las carnes y pescados, y tan sólo una pequeña parte de las frutas y verduras recolectadas en el campo. Estudiando estas poblaciones (algunas aún sobreviven, por ejemplo, los esquimales), se ha encontrado que los problemas inherentes a la sociedad moderna, allí son totalmente desconocidos: el cáncer apenas existe, tampoco la obesidad ni las enfermedades de corazón. Si fuera por las recomendaciones actuales de la medicina tendrían que tener unos niveles de colesterol altísimos y problemas de corazón, así como tendencia a la obesidad, puesto que basan su dieta en las grasas animales, proteínas y son casi nulas en hidratos de carbono.

Pues bien, basándose en lo anterior y otros estudios, se han obtenido conclusiones bastante interesantes acerca de la nutrición, buscando la más óptima para el ser humano. Lo que surge a continuación es esclarecedor: el problema no son las grasas, sino la combinación de éstas con los hidratos de carbono, ya que éstos impiden que las grasas se “quemen” (catabolización),  favoreciendo así su acumulación y, por ende, se incremente el colesterol y el sobrepeso. Además el colesterol no es malo en sí  mismo, sino que su nivel aumenta conforme más se dañan las membranas celulares por los radicales libres (agentes oxidantes responsables del envejecimiento y enfermedades). Si el colesterol está alto, lo que nos indica es una situación de “oxidación” acelerada, nuestro cuerpo está siendo atacado y el colesterol aparece para “reparar” los daños en las membranas celulares.

Por otro lado, las grasas animales son las mejores para el organismo (todas son necesarias y cada una en su justa proporción), dado que son las más resistentes a los radicales libres, y por tanto, nos protegen. De hecho, de forma natural, todos los animales, incluidos los humanos, tenemos una preeminencia de grasas saturadas en nuestros tejidos por esta razón. Si nosotros no tomamos grasas animales o saturadas y las sustituimos por las insaturadas o las típicas de los vegetales, como los aceites vegetales, nuestro perfil lipídico cambiará y será más vulnerable a los ataques de los radicales libres. La reacción del cuerpo ante esta situación consistirá en producir más cantidad de colesterol para reparar esos daños; pero ¿cómo, entonces, se sigue demonizando  las grasas saturadas? Pues porque la grasa saturada es la materia prima del colesterol, sin grasa saturada no podría haber colesterol pero, he ahí el error, en lugar de disminuir las necesidades de colesterol en el cuerpo lo que hacemos es privarlo de la materia prima.

Transversal a estas razones, surge la cuestión de la necesidad de los hidratos de carbono para el cerebro, ya que éste no puede consumir energía de otra fuente (ya sea grasa o proteínica); sin embargo, aunque privemos radicalmente al cuerpo de los azúcares, no pasa nada, ya que las proteínas y el glicerol (producto de la degradación de las grasas) pueden transformarse en glucosa para servir de combustible para el cerebro, de ahí que, la necesidad de hidratos de carbono no está justificada. Por otro lado, si se restringe el consumo de los hidratos de carbono (HC) durante largo tiempo a 30 ó menos gramos, el cuerpo se adapta cambiando su principal fuente de energía a las grasas, dejando así la dependencia de los azúcares e hidratos de carbono en general. Se produce entonces la cetosis, un proceso en el cual las grasas se transforman en cuerpos cetónicos y son enviados desde el hígado a la sangre para satisfacer la demanda energética en ausencia de los hidratos de carbono. Las consecuencias, lejos de ser malignas, son altamente beneficiosas, ya que las grasas es un combustible que no se agota y siempre está disponible, por consiguiente, no tendremos ni bajadas de azúcar ni nos sentiremos adormilados por ayunar, por lo que podemos mantener durante más tiempo nuestra atención sin la necesidad comer algo; las grasas se queman y nuestro metabolismo no se ralentiza, como pasa cuando dejamos de comer en una dieta convencional rica en HC. Por el contrario, esta dieta nos ayuda a perder líquidos, a controlar el hambre y a que desaparezca ese apetito entre comidas, nos ayuda a controlar el peso con mucha más facilidad, de hecho, con llamada “paleodieta”, sería casi imposible la obesidad.

A través de este proceso, llamado cetosis, resulta posible explicar como los cazadores del paleolítico, después de dos o tres días sin probar bocado, tenían fuerzas para correr y cazar, y se mantenían fuertes y delgados, además, como se ha observado en tribus de África, como los Masai, y en el norte los esquimales, carecen de las enfermedades típicas de la modernidad.

En conclusión, la dieta debería basarse en las carnes, pescados y huevos que se situarían en la base de la cadena alimentaria, en lugar de los cereales; las verduras estarían en el escalón superior al igual que en la pirámide actual, y arriba del todo encontraríamos las frutas y raíces, en la punta de la pirámide, donde ahora residen las carnes rojas y snacks. Los cereales, legumbres y productos industriales desaparecerían de la alimentación.

Como apunte final, cabe reseñar la idea equivocada que se tiene de la cetosis, ya que ésta se confunde a menudo con la cetoacidosis diabética. La cetoacidosis es un proceso similar a la cetosis pero descontrolado y que sólo se da en casos de diabetes, en el cual, el cuerpo no puede controlar la cantidad de cuerpos cetónicos generados y la consiguiente acidificación de la sangre acompañada de vómitos, dolores de cabeza, aceleración de la respiración, etc. Qué duda cabe que un diabético no debería seguir esta dieta, pero esto no debiera influir en las demás personas sanas.

  • - Imagen de la pirámide de alimentación “paleo”.

- Sobre el autor: 
David Donaire es estudiante de Economía
y de Dietética y Nutrición.
Contacto: ddonaire@ymail.com

,

«
Next
Entrada más reciente
»
Previous
Entrada antigua
Editor del blog Pedro Donaire

Filosofía

Educación

Deporte

Tecnología

Materiales