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» » Mary Anning y las desavenencias de la Paleontología

24/10/2009
Hija de un ebanista y coleccionista aficionado de fósiles, Anning dejó su marca en el campo de una paleontología que empezaba a caminar, a principios del siglo XIX en Inglaterra, con el descubrimiento del primer fósil completo de plesiosaurio.

Lo siguiente es un extracto de "La cazadora de fósiles: Dinosaurios, evolución, y la mujer cuyos descubrimientos cambiaron el mundo [The Fossil Hunter: Dinosaurs, Evolution and the Woman Whose Discoveries Changed the World], de Shelley Emling, publicado el 13 de octubre por Palgrave Macmillan. "La cazadora de fósiles" es la crónica de la obra de Mary Anning, una mujer nacida en 1799 en Lyme Regis, en la costa sur de Inglaterra, que descubrió el primer esqueleto de dinosaurio documentado. En el pasaje que sigue, del capítulo titulado "La belleza de un largo cuello", Anning descubre primero el esqueleto de un tipo de dinosaurio hasta entonces desconocido. Su hallazgo se recibía con gran escepticismo, ya que nadie podía creer que una criatura con un cuello tan largo podiera haber existido en la realidad.
Nota del editor (Scientific American)

Se trataba de un objeto liso, brillante, y circular, que sobresalía de un cúmulo vulgar de lutolitas grises oscuras. Lo más probable es que Mary se apresurara y escarbara entre las pizarras que lo rodeaba tan rápidamente como pudo. Estaba completamente lleno. Después de un tiempo, emergió el cráneo de una criatura. Pero no era alargado, con morro o puntiagudo, como el cráneo de un ictiosaurio. No tenía grandes cavidades óseas para los ojos. Probablemente estudió este nuevo hallazgo en silencio, sólo con los sonidos de las aves y las olas y de su confiado perro Tray, que guardaba su compañía. Seguramente su corazón se aceleró. Unos minutos antes, podría haber sentido tanto frío que se preguntara si valía la pena quedarse fuera. Pero ahora estaba segura de que había encontrado algo verdaderamente sensacional, pero vio dificultades en el horizonte y sintió miedo. Necesitaba ayuda, y rápido.

En aquel momento, todos en el pueblo estaban familiarizados con el trabajo de Mary. No fue difícil para ella obtener la ayuda de algunos aldeano
s en la excavación de la criatura. Pronto estuvieron trabajando duro a su lado, por la tarde noche y después, a la mañana siguiente. Y las recompensas llegaron pronto. Salieron las vértebras, los huesos de la pelvis, y una por una, toda la serie de costillas profundamente arraigadas en el acantilado. Primero fueron 4, luego 6, y finalmente, 14. Excavaron un poco más y también desenterraron lo que parecían ser los huesos finos de cuatro patas ¿o podrían ser remos?

La criatura no parecía un cocodrilo, sino algo parecido a una tortuga con una boca plana y de cola corta y rechoncha, y lo más extraño de todo, un cuello anormalmente largo. Mary se afanaba en el acantilado, hora tras hora, picando con su martillo y cincel, mientras que las olas fustigaban con fuerza sus enaguas y adormecía sus dedos. Conforme fue escarvando fueron llegando al aprisionado cuerpo de un fósil particularmente grande, en lo que le pareció una eternidad sin hacer ningún progreso. Pero ella estaba viendo algunos resultados, en especial viendo que otros podían ayudarla. Al final, después de varias horas de hurgar en el lodo, en las rocas y en las pizarras, el esqueleto se puso de manifiesto, era de unos nueve metros de largo y seis metros de ancho, pero con una cabeza que era sólo de unos 10 o 12 cm. de longitud. Al estudiar su hallazgo, Mary se maravillaba de la peculiaridad de su estructura, que no contaba con piernas o aletas, sino en unas especies de palas de muchos y delicados huesos.

Misterioso hallazgo

Esta no era la primera vez que María se había encontrado con restos de este tipo de criatura. Pero nunca antes había encontrado un cráneo, y, lo que es más, los trozos que había encontrado en el pasado eran tan frágiles, que casi se habían pulverizado en el tiempo de llagar a casa. Ahora tenía frente a ella algo mucho más importante, había encontrado un esqueleto completo. Y era una belleza.

Para entonces, María ya conocía por Henry De la Beche y William Buckland, lo que los
expertos en fósiles ya sospechaban hace mucho tiempo que, además de los ictiosaurios, un segundo tipo de monstruo marino dominaba en los océanos antiguos. William Conybeare, 12 años antes que María, había conocido a De la Beche, en las Salas de Asambleas, o salas públicas, de Lyme Regis, y se habían hecho buenos amigos. Mientras ayudaba a De la Beche a preparar sus propios comentarios escritos sobre el ictiosaurio en 1821, Conybeare lo instó a mencionar algunos huesos que poco se parecían a los de los ictiosaurios. De hecho, fue Conybeare quien, durante su visita a Somerset, Inglaterra, se había encontrado con algunas vértebras planas que dedujo no pertenecía a una criatura como el ictiosaurio. También encontró una mandíbula con dientes cónicos, además de un cráneo muy dañado. Y aumentando aún más las incógnitas estaban ese revoltijo de huesos con forma de pala o remo. Pese ha haber acumulado tal confusión de fragmentos de varias colecciones, Conybeare se sentía seguro de que estaba ante algo de aquel momento que incluso propuso un nombre para el animal desconocido: plesiosaurio, que significa "cercano al reptil". Sin embargo, su entusiasmo se vio atenuado por sus propias sospechas de que podría haber inventado una criatura ficticia, dada la yuxtaposición de los huesos pertenecientes a una variedad de especies.


Cuando María estudió la extraña criatura, se preguntó si podría ser el esqueleto de la criatura sobre la que había especulado Conybeare. Cuando la noticia del descubrimiento de María llegó finalmente a Conybeare, que cada vez era más conocido como uno de los fundadores de la Institución Filosófica de Bristol en 1822, el rector estaba tan emocionado que no pudo concluir la redacción de su sermón del domingo. Simplemente no pudo esperar ni un minuto más, antes de escribir una
eufórica carta a De la Beche, que estaba en Jamaica en aquel momento: "Buckland ... traigo noticias importantes, que Anning ha descubierto un plesiosaurio entero". Tres días más tarde, Conybeare recibió lo que él llamó:
"[...] la Srta. Anning ha hecho un dibujo muy adecuado de la pieza más hermosa [...] Era la noche también de nuestra Sociedad Filosófica en el Instituto Bristol y se puede imaginar el revuelo que ha ocasionado. Una de mis hermanas, que se encontraba conmigo, me tuvo que ayudar con mi sermón, que estaba a medio escribir, después me fui a la Sociedad [...] Una comunicación así no podía dejar de despertar un gran interés, algunos se fueron corriendo a la imprenta, donde estuve obligado a continuar para evitar errores extraños [...] no llegue a casa hasta la medianoche".
Conybeare estaba preocupado de que en la conmoción de la gente fuese todo tan rápido que propagara la desinformación. Se trataba simplemente de un esqueleto de otro fósil, pero, a juzgar por el entusiasmo que se está generando, podría muy bien haber sido un extraterrestre.

¿Historia o fraude?

Noticias del hallazgo se difundieron rápidamente y de forma exponencial, hasta llegar a Francia. Pero después de examinar los dibujos de Mary, el eminente Georges Cuvier del Museo Nacional de Historia Natural, expresó sus sospechas de que el nuevo animal podría ser una farsa. La longitud del cuello parecía imposible. De hecho, el volumen de aire necesario para llenar la tráquea de tan dilatado cuello, habría sido extraordinario. Para Cuvier, las características del animal violaba las casi universales leyes anatómicas que restringen el número de vértebras cervicales, o huesos del cuello, a no más de 7 en los animales que caminan a cuatro patas. En las aves, el número de vértebras cervicales es mayor, por lo general varían entre 13 y 25; los reptiles vivientes normalmente tienen de 3 a 8. Sin embargo, esta criatura supuestamente reptiliana, de la que Mary se jactaba de haber descubierto, podía tener hasta 35 vértebras en un solo cuello. Cuvier, simplemente no podía aceptar esa posibilidad.

Para la comunidad científica, Cuvier era muy bueno, pero lo que hizo estuvo equivocado. El anatomista estrella de Europa, Cuvier, se hizo famoso por describir la totalidad de animales, después de examinar tan solo un hueso d
e su esqueleto. Con una larga y distinguida historia, se quedó varios peldaños por encima de otros anatomistas y desde luego de los de Inglaterra. Casi por sí solo, había fundado la anatomía comparada, o paleontología de vertebrados, como una disciplina científica. En esa época también era conocido por su distintiva división de los animales en cuatro ramas principales: vertebrados, moluscos, articulados (artrópodos y gusanos segmentados), y radiados (cnidarios y equinodermos). Era el tipo de autoridad que no tenía que demostrar nada, en este caso, sólo sus expresiones de duda fueron suficientes para echar una sombra sobre el descubrimiento de Mary. Si él tenía dudas, entonces todos los demás hacían igual.

Cuvier tenía poco aprecio por la labor de los anatomistas ingleses, desde que trató con Sir Everard Home, el "cirujano del Rey", cuya ineptitud con los errores de identificación del primer ictiosaurio de Mary le habían granjeado el desprecio de toda Europa. Fue fácil para Cuvier, suponer que los así llamados expertos ingleses, estaban siendo engañados por
profanos en la recogida de los fósiles. Tal vez, Anning había cogido la cabeza y el cuello de una serpiente de mar y los había yuxtapuesto con el cuerpo de un ictiosaurio. Como para subrayar sus reservas, destacó la ubicación flagrante de una grieta en el hueso de la base del cuello, como posible prueba del engaño. Cuvier escribió a Conybeare advirtiéndole de que la criatura podría ser una gran decepción.

Para Mary, los recelos de Cuvier seguramente serían un desastre. Si convencía a los demás de que el nuevo fósil era una falsificación, la reputación de la familia Anning se arruinaría para siempre. Durante años, se sabía que los aficionados se tomaban libertades con sus hallazgo, en un esfuerzo por engañar a los profesionales al exagerar su valor. El
coleccionista inglés Thomas Hawkins, por ejemplo, fue un maestro del engaño. Justo antes, un ictiosaurio de 7,6 m. de Hawkins iba a ser colocado en la exhibición del Museo Británico, el cuidador Charles Konig lo examinó cuidadosamente. Le parecía perfecto. De hecho, bien mirado parecía demasiado perfecto. Konig comprobó el catálogo y descubrió que la aleta delantera derecha que parecía tan real estaba simplemente fuera del catálogo, indicando que faltaba. Un pedazo grande de la cola tampoco se encontraba en la versión del catálogo. Aunque el museo le había dado su visto bueno como hueso original, tras la inspección encontraron que el "fósil", en su mayor parte era de yeso.

El veredicto

Los rumores se extendieron rápidamente sobre la bestia de Lyme. ¿Y si hubiera sido inventado? Se celebró una reunión especial de arbitraje en la materia, en la Sociedad Geológica de Londres, para enero de 1824. A Mary no le pidieron que asistiera. La mayoría de los miembros estaban al corriente de los reparos de Cuvier, ellos mismos estaban perplejos por la forma en que cualquier animal podría compensar esa debilidad que hubiera producido tener un cuello tan largo. Pero cuando los caballeros del debate combinaron las improbables características de la criatura, reconocieron que sus éstas se correspondían perfectamente con todos los hallazgos fósiles que Conybeare, que con la ayuda de De la Beche, ya habían hecho antes en Somerset, resultados que llevaron al mismo Conybeare a proponer la existencia de dicho animal de cuello largo.

Después de un largo y con frecuencia acalorado
debate, estos primeros resultados finalmente convencieron a los miembros de la Sociedad que el esqueleto de Mary no era una falsificación. Al final de la tarde, la familia Anning fueron reivindicados, y, quizá por primera vez, las opiniones de Cuvier demostraron ser falibles. Más tarde, después de un más que cuidadoso estudio de los dibujos de Mary y después de los huesos aportados, Cuvier admitió abiertamente que se había apresurado en su juicio y cometió un gran error.


- Adaptación del artículo en Scientific American, de 21/10/09 por Shelley Emling
- Libro:
The Fossil Hunter: Dinosaurs, Evolution and the Woman Whose Discoveries Changed the World.
- Más artículos de Shelley Emling.
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